[Previously on Juankiblog: Mateu (ese amigo que, en ocasiones, es como un grano en el capullo) nos hizo salir a todos 'a ligar' una tarde y acabamos en una panadería tomándonos un granizado de limón en vaso de porexpán.]
Tengo diecisiete años y me doy cuenta de que mi vida hasta ahora se ha basado en tocarme los cojones frente al ordenador hora tras hora, dedicándome en cuerpo y alma a tan agradecido (aunque agotador) hobby de cascarme pajote tras otro como si no existiera un mañana (sí, bueno, también hago eso de actualizar este blog, aunque muy de vez en cuando). Por lo que últimamente estoy socializando un poco más. Intento no apolillarme en casa, salir de vez en cuando, conocer gente nueva; en fin, todas esas cosas que debí haber empezado a hacer hace tres años. Pero aún no es tarde para subsanar mis errores.
No os confundáis, no tengo intención alguna de dejar de tocarme la viruerga en casa, o de despegarme un día entero de mi Macbook Pro, pero soy consciente de que tengo que tener experiencias que contar. Algunos os quejáis de que no actualizo y os creéis que me estoy pegando la vidorra padre, y qué coño, lo que pasa es que no se me ocurre nada interesante que contar acerca de la textura y/o rugosidad de mis huevos (para eso ya está mi Twitter). Así que, en realidad, saliendo un poco más le hago un favor a mi doble vida internetil. Pero tampoco os asustéis, no penséis en ‘Skins‘ porque ni llego a ‘The Inbetweeners‘.
La madre de Mateu me semi-obligó a acompañar a su hijo durante la noche de fin de año. Ni siquiera estaría con mi grupo de amigos habituales, sino con sus compañeros de water-polo. La idea era ir a un garito donde ellos van siempre. Tener una noche particularmente cani, rebosante de alcohol y sexo, en la Villa Olímpica (gente de Barcelona, ya sabéis de lo que estoy hablando, y ya sabéis lo particularmente jodido que es). No os voy a ocultar que a Mateu no le hacía especial gracia que yo apareciera por allí. No porque yo le molestara, quiero creer, sino porque es lo bastante inteligente como para saber que no estoy hecho para cierto tipo de ambientes. Aún así, hizo lo que pudo por concienciarme (me voy a limitar a copiar y pegar dos conversaciones de Gtalk):
–
Mateu: ¿Estás seguro de que quieres ir?
Yo: Sí.
Mateu: Pero vístete decentemente. Nada de camisetas de ‘Sevilla’ ni mierdas por el estilo.
Yo: Tranquilo, llevaré alguna camisa decente.
Mateu: En serio. Es muy importante. Sin pantalones rotos. Y que huelas bien. Una vez dentro te tocas la polla, pero fuera es cuando te dejan entrar o no.
Yo: No te preocupes, iré arreglado. Me peinaré bien el rabo.
–
Mateu: Eh, putifar. Mañana saldremos de allí a las cinco.
Yo: Vale.
Mateu: ¿Estás seguro? Porque vas a ver lo que son nardos allí. Y no te querrás ir.
Yo: A mí mientras haya algún negro…
Mateu: Y llévate calzoncillos rojos. El sujetador te dejo elegir.
Yo: Tú llévate la peluca, por si al final no ligamos.
–
Llegó Nochevieja. Después de conseguir no atragantarme con las uvas (qué tópico de mierda, ¿no? lo de atragantarse con las uvas, digo, ¿a quién le pasa realmente?) celebrando el fin de año con Paquirrín y la Pantoja, hice un par de llamadas, me vestí de un modo más que decente (esto es: no trajeado pero tampoco en chándal), me perfumé y me dirigí a casa de Mateu. Una vez allí, su madre (la única persona del mundo capaz de llamarme ‘guarrona’ más veces en una conversación que su propio hijo) me repasó de arriba a abajo, llegando a la misma conclusión que mi amigo: Que yo iba hecho una puta mierda, pero que me había visto en situaciones peores.
Mateu no dejó de reprocharme el no ir vestido elegante, a su vez que él llevaba una camisa impecable y unos zapatos a la altura. Yo no iba mal, insisto, pero a su lado era muy fácil quedar en evidencia. Y ahí se cebaron. Es difícil de explicar qué se siente cuando te ponen a parir Mateu y su madre a la vez y enfrente de tus narices, pero es algo muy parecido a cuando dos personas rajan (muy fuerte) de un tercero a sus espaldas, sólo que sin esperar a hacerlo a sus espaldas. Dato curioso: su madre empezó a ponerme a caer de un burro antes de felicitarme el año nuevo. Luego cayó en la cuenta. Luego me siguió insultando. Quiero casarme con esa mujer.

¡2012 fetén!
Su padre nos llevó en coche hasta Villa Olímpica y una vez allí esperamos a sus amigos (a los que, insisto, yo no conocía absolutamente de nada), y cuando llegaron nos fuimos hasta el garito ese que conocían tan bien y al que habían ido otras veces. Lo gracioso es que esa noche no sólo estaba medio vacío, sino que además cobraban la entrada (y a nada menos que veinte pavos). Nos rajamos inmediatamente (como haría cualquier persona sensata) y decidimos buscar un plan alternativo (que nunca llegaríamos a encontrar, en realidad). Odisea para encontrar un taxi, odisea para encontrar una estación de Bicing, odisea para decidir qué hacer y acabar cogiendo el Metro para volver de donde habíamos venido sólo media hora antes en coche.
No exagero demasiado si digo que nos recorrimos media ciudad sin encontrar absolutamente nada (al menos nada particularmente asequible). Podíamos ver cómo el resto de la gente se lo estaba pasando de puta madre, incluso nos constaba que la gran mayoría de nuestros conocidos estaban pillando cacho, mientras que nosotros no hacíamos otra cosa que dar vueltas de un lado para otro e incubar un resfriado de tres pares de cojones.
“Piensa que hasta la Pantoja se lo está pasando mejor que tú esta noche”, fue la frase más recurrente durante esas cuatro horas que nos pasamos caminando como gilipollas mientras íbamos rebajando progresivamente el listón de lo que pretendíamos hacer (pasamos del
“este sitio no está a nuestra altura” al
“vamos a colarnos en el Casinet a beber ponche y ligar con viejas”). Al final acabamos al lado de la
Estación de Sants, en un puesto muy jodido de churros y mierdas varias,
comiéndonos una hamburguesa a las cuatro de la mañana. Por el camino nos libramos de varios atropellos de puro milagro.
Durante la vuelta, pude descargar todo mi odio y toda mi bilis contra Mateu. Diciéndole una y otra vez que menos mal que iba elegante, que de lo contrario puede que no nos hubieran servido las hamburguesas. Animándole a repetir la experiencia el año que viene. “Ésta ha sido la mejor noche de nuestras vidas. A partir de hoy no creo que vuelva a salir, porque todo me sabría a poco en comparación”.

En esencia, eso
Tampoco tardé demasiado en mofarme de que
por culpa de su (por otra parte brillante)
decisión estética de llevar zapatos se hubiera destrozado los pies. De hecho, acabó quitándoselos y
volviendo descalzo a casa. Saboreé cada segundo de su agonía. Disfruté de cada calle con la acera mojada. Deseé una y otra vez que se clavara algún jodido cristal (aunque no cayó esa breva).
Ojalá conservara una fotografía de ese momento. Lamenté no haberme llevado la cámara de vídeo, no os voy a engañar.
Llegando a casa, una vez nos habíamos despedido ya de sus compañeros, empezamos a teorizar sobre qué sería mejor contarles a nuestras familias:
Mateu: Esto que quede entre nosotros, ¿eh? La gente no puede saber lo que nos ha pasado hoy. Esto hay que llevarlo a la tumba.
Yo: De puertas afuera hemos pasado una noche cojonuda, TODOS hemos follado y nos hemos puesto de ácido hasta las cejas.
Mateu: Es que a mí me da vergüenza llegar a casa. Yo no sé qué decirle a mi madre.
Yo: Miéntele. Igual te castiga, pero al menos no se va a reír.
Mateu: Es que me va a castigar por no haber hecho nada.
Yo: Al final el truco va a ser llegar a casa, abrir el mini-bar, hincharte a whisky a palo seco hasta terminar fatal. Mañana despertarás como el jodido culo y no te acordarás de nada, pero pensarás que te lo has debido de pasar de puta madre.
Nos despedimos. Volví a mi casa solo. No estoy a más de cinco minutos de su casa, así que no hay mucho riesgo. En realidad, estaba esperando a que me violara alguien por la calle, no sé con tal de pillar cacho; o que me atracaran, por aquello de darle un poco de vidilla a la noche. Pero nada. Llegué a casa y me tiré en la cama. Al final, fiesta por la parte de los cojones. Y lo único que bebí fue agua y al llegar a casa (al menos no era del grifo, lo cual a estas alturas es un consuelo).
La moraleja: No salgáis de vuestra puta casa en fin de año. Y si lo hacéis, procurad tener la mayoría de edad y estar lo suficientemente alejado de gente como nosotros, que tendemos a gafarlo todo. A estas alturas, no creo que exista mayor imán para las desgracias que yo. Pero lo positivo (y con lo que me voy a quedar de la experiencia) es que nos reímos bastante y que, al menos, tenemos la certeza de que a partir de ahora el año no puede hacer más que ir a mejor. O no, pero lo tiene jodido para empeorar la propuesta.
Categorías: Vivencias |