Juankiblog

Gentleman

 
Si no recuerdo mal, fue el verano pasado cuando mi querido amigo Mateu prácticamente me forzó a abrirme una cuenta en Badoo. Se pasaba todos los días hablándome de ello y pidiéndome una y otra vez que me registrara, argumentando que era la polla y que me iba a encantar.

No es que tuviera yo demasiado interés por intentar hincar porra en la que se ha ganado por méritos propios ser considerada la mejor página web dedicada al apareamiento cani del mundo, pero ya que estas cosas siempre tienden a garantizar risas mil, acabé cediendo por mera inercia y abriéndome la cuenta. Huelga decir que el mismo día que me registré Mateu empezó a echar pestes del sitio, diciendo que se iba a borrar la cuenta porque era una mierda que no servía para nada. Sigo dirigiéndole la palabra, por algún motivo que definitivamente escapa a mi entendimiento.

Pero decidí darle un mínimo de crédito a la página y ver qué era exactamente lo que podía ofrecerme, y la verdad es que no me decepcionó en absoluto: En cuestión de unas horas ya habían intentado ligar conmigo cuatro chonis y un travesti. Bueno, debo matizar que creo que una de esas chonis era en realidad un par de niñas de siete años cachondas y aburridas en una fiesta de pijama. Y, aquí es cuando tengo que ser totalmente sincero con vosotros, el travesti no tenía la menor intención de ligar conmigo, sólo quería hacer publicidad de un salón de masajes con final feliz cercano a mi barrio.

Y aunque no le presté mayor atención a dicha plataforma ya pasados unos días, las propuestas de las sirenas (aka. mujeres con cola) no cesaron ni lo más mínimo. Y el problema es que no hacían más que hundir mi ya de por sí difunta autoestima, pues no sólo no se conformaban con tener unos penes que me dejarían en evidencia a mí y al 45% de las razas equinas, sino que además sólo pretendían contactar conmigo con el objetivo de ofrecerme prostitución. No quieren ligar conmigo y por si fuera poco me ven cara de putero. Y de putero gay.

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Creo que es mucha mujer para mí…

Finalmente acabé borrándome la cuenta, aunque debo reconocer que tardé bastante más de lo aconsejable. Quizá debido a que en el fondo me causó más carcajadas de las que tenía previstas, quizá debido a lo mucho que me puede el morbo, pero llegó un punto en el que ya no daba abasto, viéndome abrumado ante semejante jauría de rabo perfumado.

Y es que me he dado cuenta de que soy una especie de imán de shemales. El otro día, sin ir más lejos, estaba haciendo mi inspección rutinaria por las páginas pornográficas que suelo frecuentar, recopilando en pestañas un surtido de vídeos en streaming para mi inminente goce personal junto a mi sonrojado samurai cíclope, cuando de repente me encontré con un vídeo que por la miniatura parecía bastante apetecible. De hecho, pintaba tan bien que me lo guardé para el final, para que fuera el plato fuerte.

Una vez en plena faena, cuando me paré a verlo me di cuenta de que el nombre de dicho vídeo era «Massively Hung Shemale». Lo cual es curioso, porque de entre todos los equívocos que podría tener en este tipo de situaciones, me tuvo que tocar precisamente el más embarazoso de todos ellos. No tendría la suerte de que el vídeo, por algún casual, se llamase «A Little Bit Hung Shemale». ¡No, no! Tenía que ser «MASSIVELY». Por sus cojones, me tuve que topar con el travelo con la polla más gorda de todo Internet.

Y yo creo que todo esto debe de tener algún sentido. Si nos paramos a pensarlo, todo son indicios que me llevan a creer que el universo está tratando de decirme algo. Demasiadas señales desde todas partes, no puede ser casualidad. No puedo seguir fingiendo que no pasa nada, no quiero seguir ignorando las señales como si la cosa no fuera conmigo. Se acabó hacer oídos sordos. ¿Quién soy yo para luchar contra el destino?

Así que, si me lo permitís, me tengo que ir ausentando ya, que me acabo de alquilar una habitación para esta tarde en el Perla Negra. Por un tema. Ya si eso os voy contando luego.

Deseadme suerte ‘o algo’.

Chica del Metro

 
Esto que os voy a contar ocurrió hace unas cuantas semanas ya. La historia, para variar, empieza conmigo, como cada tarde, volviendo a mi casa en mi rutinario viaje de Metro.

Estaba yo tan tranquilo con mis cosas, escuchando música, pero pronto me di cuenta de que estaba compartiendo vagón con una preciosa chica pelirroja, que no aparentaba más de diecisiete años, y de la que si bien no capté demasiado su atención, en el fondo eso me aliviaba de sobremanera. Pues ya os he comentado alguna vez que yo, es subirme en el Metro y mutar en un repugnante ser que inspira de todo menos confianza.

Y os juro que no lo digo por exagerar. Como últimamente hace un frío de cojones, me veo obligado a llevar un abrigo gigantesco que, si bien me protege del frío durante mi trayecto por la calle, al llegar al Metro me entra el bajón repentino y el sudor empieza a rodear y empapar todo mi cuerpo, a pegarse por todo mi pelo. Mi pelo, que ya es un hijo de la gran puta de por sí, en cuanto se moja un poco parece que lleve un comb over en toda regla.

El abrigo me hace aparentar 10 kilos de más, el peinado Anasagasti que se me forma me aviejuna, y el sudor directamente desintegra por completo cualquier diferencia que pudiera tener físicamente mi cuerpo con el de Philip Seymour Hoffman en ‘Happiness. Bueno, y en la vida real también.

Como me daba vergüenza que una chica tan mona me viera con el look de violador en serie, y pese a tener la certeza de que jamás la volvería a ver, rápidamente me dirigí hacia la puerta del vagón justo cuando el Metro se aproximaba a mi parada. Yo ya tenía el dedo puesto sobre el botón de la puerta, para abrirla en cuanto llegara. Ya sabéis, esos momentos de tensión extrema en los que estás esperando a que se pare el Metro y se ilumine la lucecita verde que rodea el botón, esos Quick Time Events del Mundo Real™.

Pero para mi sorpresa, veo que la chica también se baja en esa misma parada. Y me cago un poco en la puta, porque me percato de que ya me ha echado el ojo. Y me dirigió una mirada no precisamente agradable. Puso una cara d’ensumar merda que acojonaría a cualquiera. Por lo tanto, huí lo más rápido que pude por el largo pasillo de la estación. Como tengo que hacer un transbordo, me fui corriendo hacia la otra línea donde tengo que coger el siguiente Metro. Bajé las escaleras muy deprisa, como una exhalación, sólo para llenarme de frustración al ver que la chica me iba detrás y se subía exactamente en el mismo vagón que yo. Otra vez.

Ahí es más o menos cuando todo empieza a importarme una mierda. Asumo que ya me ha visto, que ya tiene plena constancia de que soy un despojo humano, así que decido dejar a un lado toda esa mierda y seguir con mi vida como si nada hubiera pasado. Pero lo más jodido aún estaba por llegar.
 


Dramatización: La imagen que doy en el Metro.

 
En cuanto llego a mi parada y salgo por la puerta, veo que la chica también se baja. Es más, en esta ocasión toma la iniciativa y se me adelanta ella, subiendo las escaleras a toda prisa. No contenta con bajarse por segunda vez consecutiva en la misma parada que yo, descubro que al salir al exterior se pone a subir exactamente por la misma calle por la que tengo que subir yo a diario. Y es una calle cuya cuesta arriba puede durar más de siete minutos.

Siete minutos que se tornan agonizantes. Ella camina rápido, pero yo también. Da totalmente la impresión de que la estoy siguiendo. No quiero ralentizar mi ritmo, pero no por ella, sino porque tengo prisa. Intento adelantarla, es peor, acorto la distancia con ella y nos quedamos a apenas unos centímetros el uno del otro. Es muy tétrico. Soy muy tétrico. Sólo quiero llegar a mi casa y acabar con esto de una vez. Al final, la chica me dio esquinazo desviándose por una dirección contraria a la mía, y todo terminó.

O al menos así habría sido si esta situación no se hubiera repetido una y otra vez desde ese día en adelante. Y cada vez noto que se percata antes de mi presencia, y cada día me mira peor, desconfía sistemáticamente de mí. No la culpo, tengo la palabra ‘violador’ escrita en la frente.

Sí, sé que hay posibles formas de solucionar esto. Por supuesto que puedo cambiar de calle, por ejemplo, pero yo a esas horas tengo prisa por llegar a casa y en su momento diseñé el camino más óptimo para llegar cuanto antes. El problema es que ella piensa igual que yo: En la primera estación, nos esperamos justo en el centro del andén, que es donde más cerca nos queda del pasillo que nos lleva a la otra línea; en la segunda estación nos ponemos en el último vagón que nos deja delante de la salida; subimos por la calle que nos lleva más directos a nuestros respectivos hogares. Ergo estamos condenados, por nuestra extrema cabezonería y meticulosidad, a coincidir sí o sí.

Pero cada vez resulta más incómodo. A cada día que pasa tengo la impresión de parecer más un yonki, un mendigo o un violador. Y como la situación se me antoja insostenible por todas partes, lo único que se me ha ocurrido para suavizar la tensión entre ambos es dedicarle este vídeo para hacer las paces, y que sea lo que Dios quiera:
 


Esto va por ti, chica del Metro.

Desenfoque Gaussiano Permanente (y sus jugosas ventajas)

 
Como ya he manifestado en muchas otras ocasiones, soy una persona extremadamente fetichista. Y uno de los fetiches que he tenido toda mi vida han sido las gafas. Últimamente esto está jodiéndose un poco a raíz de que se pusieran de moda las gafas gigantes de puta moderna, por culpa de las cuales está desapareciendo poco a poco mi adorado cliché de chica mona de gafitas y está sustituyéndose por el de zorra hipster indeseable. Eso en ningún momento ha impedido que sigan encantándome, pero tengo muchas más reservas que antaño.

Llevo usando gafas desde que tenía ocho años, y en ningún momento eso representó una desgracia para mí, más bien al contrario, siempre había envidiado a la gente que las llevaba. Si bien no di con mi modelo adecuado hasta verano de 2007, cuando encontré mi montura definitiva. Montura que fui comprando año tras año conforme me la iba cargando (por suerte me la reventaban siempre en el instituto, me solían destrozar las gafas de un pelotazo en la cara en las fatídicas clases de Educación Física, y me la pagaba el seguro del centro).

 

El SWAG era esto.
 

Eran maravillosas. Tenían el punto medio ideal entre pasta y metal. No eran demasiado grandes ni demasiado pequeñas. No llamaban mucho la atención, pero tenían ese rollete carismático y desenfadado que mi triste careto necesita desesperadamente para no parecer un depredador sexual. Por eso me resistí muchísimo a desprenderme de ellas, haciéndome con el mismo modelo año tras año.

Pero la mierda ocurre, los años pasan, las monturas dejan de fabricarse… Y tras dos años sin graduarme la vista, ésta se me jode y la montura también. Al final, la situación era insostenible y yo necesitaba con cierta urgencia unas gafas nuevas. Y esta vez tenían que ser nuevas de verdad.

Si bien no llegué a encontrar nada parecido a la montura de la que estaba tan enamorado años ha, terminé haciéndome con unas que no estaban nada mal. Tenían un rollo más maduro que, después de todo, no me iba a ir del todo mal ahora que soy una persona adulta. ¿El problema? Como dije, también me graduaron la vista.

 

Están bien, pero no tienen tanto flow.
 

Y en ese momento en el que estoy en la óptica, me entregan mis gafas nuevas ya graduadas, me las pongo y puedo ver por fin mi cara en el espejo, y es entonces cuando años y años de haber conseguido cierta seguridad en mí mismo se van al garete, cuando todos esos complejos ya enterrados desde el fin de mi preadolescencia afloran de nuevo, cuando de repente tengo que afrontar en apenas unas décimas de segundo que era en ESO en lo que me había convertido todo este tiempo y que no me había percatado de ello hasta ahora.

Es ahí cuando caigo en lo feliz que era con mi desenfoque gaussiano permanente. Ahora que veo la realidad en Blu-Ray, que tengo que volver a asumir el verme en HD delante del espejo, es cuando me doy cuenta del bajón que he pegado durante estos años. Impacta todavía más por culpa del espejo de la óptica, que tiene muy mala leche. Yo ya sabía que no estaba bien, era algo que más o menos podía intuir, pero no llegaba a darme cuenta de cuán jodida estaba la situación hasta que me la encontré delante de mis narices.

Ya mencioné hace tiempo que mi familia suele echarme en cara lo guapo que era de pequeño y lo mucho que me he venido a menos con el paso de los años. Mi tía suele referirse a ese fenómeno como a ‘La Metamorfosis de Juanca’. Sí, en cualquier otro contexto sería cojonudo que mi tía citara a Kafka, lo jodido es cuando lo hace para llamarme cucaracha. De todas maneras, a día de hoy puedo corroborar más que nunca que tenía razón. Algo demoníaco ha ocurrido con mi cara.

 

Así están las cosas. Así de mal.

Y como darme cuenta a estas alturas de la vida de lo mucho que me parezco a Haley Joel Osment (pero no en El Sexto Sentido, no, me refiero a él a día de hoy) no es bonito, así a bote pronto he decidido dejar la Coca-Cola, apuntarme a un gimnasio, no picar entre horas y no volver a pisar un McDonald’s en todo lo que me queda de vida.

Ya que lo más seguro es que tarde menos de cinco minutos después de haber publicado este post en incumplir una de estas decisiones que acabo de tomar, no me quedará otra que añorar este año y medio en el que he estado viviendo en la deliciosa ignorancia, en este maravilloso espejismo que me había hecho olvidar por un segundo lo jodidamente MAL que luzco. Esto no está bien. No está nada bien. Quiero volver a vivir en Matrix.

 

Uno más en el club…

Feliz 2013 ‘o algo’

 

Pues eso.

‘Tampón’: Mi primera inclusión en el Tontipop

 
Recuperándome aún del exitazo sin precedentes de Cáncer de Sida (se han vendido ya casi treinta ejemplares, ¡estoy on fire!), y dado que mi hiperactiva mente creativa no puede tomarse un respiro en ningún momento, os comunico que he decidido poner al fin en marcha mi carrera como compositor musical. Bueno, ‘o algo’.

La coña empezó hace un mesecillo, cuando Evey, una queridísima amiga de voz angelical, me animó a que escribiera una letra para una canción que ella misma cantaría. Yo, como soy la peor persona del mundo, le dije que sí. E inspirándome en la peor Ana Torroja, escribí la letra más nauseabunda y ofensiva que se me ocurrió, con la única esperanza de que la muchacha no se atreviera a cantarla jamás. No sólo se atrevió a hacerlo, sino que lo hizo bien. Superó ampliamente mis expectativas.

Y así, de la nada, surgió Tampón: un nuevo grupo de tontipop formado por Evey y un servidor. Lo que vamos a ofrecer es musicalmente un cruce entre La Casa Azul’ y ‘Los Punsetes, como si estos dos grupos decidieran juntarse de repente para grabar un disco en el infierno.

De momento, me complace poder presentar en primicia aquí en este humilde blog nuestra primera canción:‘Manos de Topo’ están bien (El Holocausto fue un montaje). Un huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno.
 


 
Y la letra:

El holocausto fue un montaje,
votar a Rajoy no fue un ultraje,
y Manos de Topo molan un huevo.

Mi serie favorita es Skins,
la compagino con Misfits,
y pese a todo os juro que no soy bollera.

Tengo quince años, lo sé todo del mundo,
Twitter, Instagram y mi Tumblr profundo…

Ayer fui a un concierto de MUSE,
y no veáis que contenta me puse,
y para celebrarlo quemé a un mendigo.

Me tomé una Coca-Cola Cherry,
le hice una foto con la Blackberry,
si quieres te la mando luego en un WhatsApp.

Tengo quince años, lo sé todo del mundo,
Twitter, Instagram y mi Tumblr profundo…

Siempre leo Cuanto Cabrón,
cada noche en mi habitación,
y cada día que pasa me hace más risa.

Cuando pido un Frapuccino Venti,
le hago fotos y las subo a Tuenti,
porque han escrito mi nombre en el vaso.

Tengo quince años, lo sé todo del mundo,
Twitter, Instagram y mi Tumblr profundo…

Y Manos de Topo están bien,
y Manos de Topo están bien,
y Manos de Topo están bien…

 

Como os habéis dado cuenta, este repugnante a la par que delicioso tema ha sido creado con el único objetivo de hacer amigos (¡Hola, fans de Manos de Topo!) y de que su melodía se apodere de vuestros cerebros y no haya tiempo muerto en el que podáis evitar tararearla. Está todo muy estudiado. Es imposible escapar. Espero que os haya gustado, porque a partir de ahora no os lo podréis quitar de la cabeza.

También lo tenéis en Spotify, por si queréis compartir el asco con vuestros conocidos en dicha plataforma. La mala noticia es que seguramente habrá más canciones en un futuro a corto-medio plazo, por lo que os iré spammeando vilmente poniendo al corriente por aquí de vez en cuando.

A partir de ahora ya sabéis: si queréis escuchar buena música os vais a tener que poner ‘Tampón.