Juankiblog

Exhibicionismo Preteen

 
Hace poco más de cinco años, más o menos cuando empecé a escribir en este blog, yo era un doceañero de lo más exhibicionista. Ahora conservo parte de ello, pero soy mucho menos propenso a enseñar la chorra como años ha.

Y la verdad es que por aquella época éramos todos bastante iguales. Recuerdo los números que solíamos montar mis compañeros y yo en los vestuarios de mi instituto, una especie de guerra de penes en la que sólo nos faltaba usarlas de sable láser y simular una batalla Jedi. También había gente mucho más tímida y reservada, sí, pero estos eran los que coreaban una y otra vez que les hiciera el numerito de la polla automática.

Pero recuerdo perfectamente lo que me pasó una vez.

Yo estaba haciendo canelo por primera vez delante de mis (relativamente) nuevos compañeros de clase en los vestuarios del instituto (para variar), y recuerdo que acabé haciendo una especie de bailecito que culminó en enseñar la picha y hacer el ventilador. Con lo que no contaba era con que, por aquel entonces, los móviles con cámara ya empezaban a rular entre los chavales de mi edad. Y mi querido amigo Guillem, grabó todo el numerito.

Apenas unas horas después medio colegio me había visto la picha. Cosa que, insisto, no me molestaba ya que normalmente la veían los chicos de mi clase un par de veces por semana; el problema es que cuando Guillem grabó hacía frío, y mi rabo no estaba lo suficientemente decente en ese vídeo como para usarlo de carta de presentación. Mi verga no estaba lista en ese momento para lanzarse al público mainstream. Y me cabreé.

Cuando vino la chica que me acosaba a decirme que la tenía pequeña, se me cayó el mundo encima. Ese fue el detonante. Esto no podía ser. No podía permitirlo. Bajo ningún concepto. Por lo que tuve que pasar a la acción.

Usé la cámara de mi recién comprado Samsung Z230 y grabé una serie de vídeos donde mi sonrojado samurai cíclope adquiría total protagonismo, llevando todo el peso de la trama, revelándose como un actor polifacético que no sólo podía interpretar cualquier papel (normalmente llevando puestas las gafas de mi madre encima) sino que además no necesitaba especialista en las escenas de acción (donde, en esencia, me limitaba a golpear un armario o darle un pollazo a un CD que ponía encima de una lata de Coca-Cola y ver hasta dónde salía disparado) y demostraba un carisma totalmente impropio de un cipote que realmente conectaba con el público.

No hablo yo, hablan los hechos: esos vídeos se convirtieron en un hit instantáneo. Eso sí, no permití que se convirtiera en algo viral, pues nunca salieron de mi móvil y se los enseñaba sólo a un círculo limitado de gente. Preferí que fuera algo pequeño, que quedaran como fenómeno de culto.

Esos vídeos los llegó a ver una compañera de clase con la que no me llevaba especialmente bien. No es que nos cayéramos mal, es que de entrada ella iba a la defensiva y yo intentaba ser de lo más prudente (sí, me vais a creer ahora por los cojones, yo ya he perdido la credibilidad hace cinco párrafos, pero soy consciente de ello). Y lo jodido es que no se los creyó. No la culpo. En el primer vídeo que vio, el asunto no pasaba de percebe anecdótico, pero lo que vio después ya era otra cosa muy diferente. Ahí hablábamos ya de un miembro importante. Ni muy grande ni muy largo, tampoco os quiero engañar, pero por aquel entonces lo suficientemente digno y gordo como para destacar entre los micropenes de mis compañeros de clase (pronto se equilibró la balanza).

La chica estuvo insistiendo durante días y semanas en que le enseñara la picha. No sé si realmente quería comprobar que lo que tenía entre las piernas era lo mismo que lucía alegremente en los vídeos o si en realidad sólo quería mandanga. Realmente llegó a ponerse pesada, y no sólo ella, sus amigas. Llegamos a un punto crítico en el que salía al patio del recreo y me abordaba una muchedumbre de treceañeras ansiosas por que les enseñara el rabo. Eran como unas paparazzi de las pollas. Una vez llegaron a encerrarme en el baño de las chicas: yo acorralado contra la pared del retrete con siete u ocho niñatas dentro forzándome a que me bajara los pantalones. Pero rápidamente llegó nuestro profesor de Educación Física (la única vez en la vida que ese hombre me resultó útil) y nos echó de ahí.

No quiero ni pensar en si hubiera sido al revés, y fuéramos un grupo de tíos acosando a una chica para que nos enseñara el chumino.

Al final yo mismo me acabé picando e intenté mostrarle mis atributos alguna que otra vez a la muchacha, pero volvíamos a las mismas: No había ningún sitio donde tener cierta intimidad, y en la calle hace frío. Pero un día lo conseguí.

Íbamos Mateu y yo por la calle y esa chica nos siguió. Tendría alguna movida con Mateu y estaban hablando de sus cosas. De repente tuve una revelación, un espasmo, un algo. Y conseguí empalmarme muy fuerte. Lo siguiente que hice fue sacarme el miembro en plena calle, reluciente y vigoroso, darle un toquecito en el hombro a la chica, y cuando se giró la conversación fue corta pero intensa:

Ella: ¿Qué quieres?
Yo: Mira abajo.
Ella: ¿Qué?
Yo: Que mires abajo.

Cuando miró abajo, se puso roja como un tomate y salió corriendo despavorida. No volvió a preguntar, no volvió a sacar el tema y, de hecho, no volvió a dirigirme la palabra en su puta vida. No puedo negar que, en cierto modo, lo entiendo. Pero se lo buscó. Se lo buscó fuerte. Eso sí, me dio mucha rabia que, después de todo el espectáculo, ni siquiera se dignase a hacer una review de mi pene. Me habría gustado recibir un poco de feedback, pero bueno, ya os he dicho que era un poco rancia.

Y me gustaría decir que ésta fue la única experiencia del estilo que tuve. Pero no fue así.

Cuando mi verga dejó de captar la atención mediática y el ambiente se calmó ya casi por completo, tuve la desgracia de que me castigaron (supongo que por acumulación de retrasos a primera hora) y me obligaron a ir un miércoles por la tarde al colegio. Normalmente se quedaban los alumnos más conflictivos, distribuidos entre varias aulas en grupos no superiores a tres chavales, donde hacían los deberes del día siguiente o les ponían a estudiar cualquier cosa. Los profesores ni siquiera estaban en dichas aulas, iban haciendo guardia dando vueltas por los pasillos, entrando de vez en cuando para comprobar si nos tocábamos mucho los huevos o no, y frecuentando la máquina de café.

Me dejaron solo en un aula con una compañera de clase que, en realidad, me caía bastante bien y nos habíamos llevado más o menos con normalidad. No éramos amigos pero las pocas veces que nos habíamos relacionado (sobre todo en las convivencias de primaria y cosas así) había buen feeling entre nosotros. A priori no tenía nada que temer.

Hasta que me pidió que le enseñara la polla.

Mientras yo intentaba hacer unos ejercicios de inglés en el workbook, ella insistía una y otra vez en que se la enseñara. Preguntándome por qué no quería hacerlo, intentando picarme diciendo que seguro que no se la enseñaba porque la tenía pequeña, incluso ofreciéndose a desnudarse un poco para ponerme a tono, o tirándome unos kleenex a la cabeza para que me masturbara y así poder enseñársela en todo su esplendor, me ofrecía dinero incluso (aunque me lo daría mañana porque tenía que coger el Metro). Cada vez insistía con más violencia: me insultaba, gritaba, tiraba del pelo, golpeaba el hombro… Pensaba que lo de sentirme violado sería mucho más divertido, pero luego descubrí que no lo es tanto. Bueno, qué coño, en realidad sí.

Al final, no recuerdo por qué, terminé cediendo. Lo único que me frenaba era la posibilidad de que llegara mi profesora en aquel momento, eso habría sido lo realmente jodido.

Me la acabé sacando, aún sentado en la mesa, y cuando me la vio recuerdo perfectamente la expresión de su cara: sus pupilas se dilataron y se mantuvo boquiabierta un par de segundos hasta que exclamó (y os juro que no me estoy tirando al carro para nada):

“¡Qué cacho polla!”

Se pasó, y no exagero, diez minutos alabando a mi falo. Repitiéndome una y otra vez lo grande que la tenía, confesándome que le encantaría tener un novio que la tuviera así (a mí me descartaba, claro, era demasiado margi en aquel momento), incluso se levantó y cogió una regla que había en la estantería sólo para medírmela. Fue una situación violenta y embarazosa, pero tampoco puedo negar que llegué a mi casa con la autoestima tocando techo. Después de todo fue la primera vez que una chica me tocó la viruerga. Para mí fue una victoria clara.

Y después de cinco años no puedo evitar echar la vista atrás y recordar esto con cierta nostalgia, pensar en lo tremendamente enfermo que estaba (aunque bueno, era un niño), reflexionar y darme cuenta de que, en realidad, no he cambiado tanto, sólo que ahora soy más grande y quizá algo más prudente en estos aspectos, pero tampoco demasiado.

Y además ahora la tengo mucho más grande.

Estabilidad

 
Estaba en un vagón de Metro medio vacío. Eran las diez de la noche y estaba volviendo a casa. Me encanta viajar en Metro, además iba escuchando música, por lo que se podía decir que permanecía en un estado de calma total.

A tres paradas de llegar a mi casa, entra en el vagón una chica preciosa que llevaba un gorro en la cabeza y un abrigo negro a botones. A simple vista parecía un atuendo de lo más hipster, pero al no llevar esas características gafas de pasta al estilo Piedrahíta se ganó mi simpatía al instante.

Se sentó no muy lejos de mí, y tal y como nos habíamos sentado estábamos orientados el uno al otro formando una línea diagonal. Como me gustó bastante, me la quedé mirando unos segundos y me di cuenta de que ella también estaba mirándome a mí. Inmediatamente bajé la mirada, soy un tipo vergonzoso y no me apetece que me tomen por un stalker. Segundos después volví a mirarla, y ella seguía mirándome. Sonrió tímidamente. Le devolví la sonrisa.

Me hice el loco mirando hacia otro sitio, pero al volver la mirada vi cómo seguía clavando sus ojos en mí. Ella me gustaba, y sé que yo le gustaba a ella (o por lo menos había llamado su atención). No dejaba de sonreírme. Y no parecía estar riéndose de mí, era una sonrisa dulce, una empatía total, una extraña conexión, algo que no me había pasado nunca. Aunque igual sólo me estaba montando yo la película.

Ya que no sabía qué hacer, alcé la mirada para ver cuántas paradas me quedaban. Sólo una, pero el trayecto era lo suficientemente largo como para darme unos cuatro minutos de maniobra. Al volver mi mirada hacia ella, ella ya no me estaba mirando. Se había quedado muy prendada de otro tipo: un gafapasta que rondaría la veintena y que estaba haciendo el capullo con su smartphone de turno. El prototipo de twittero imbécil. En ese momento me puse extremadamente celoso. No soy una persona celosa, pero qué demonios, hirieron mi orgullo. Me dio un arrebato de quinceañera muy fuerte.

La chica se giró de nuevo, volvió a mirarme, me sonrió otra vez pero sin esa dulzura que la caracterizaba dos minutos antes. Se había aburrido de mí. Yo hice una extraña mueca y le retiré la mirada. Apenas veinte segundos después, se levantó y se fue. Ni siquiera habíamos parado en la estación aún, simplemente se alejó del vagón hasta que mi terrible miopía (tengo que volver a graduarme las gafas) la convirtió en una mancha borrosa que se desvaneció.

Joder, y que siempre tenga que acabar así…

Raparse la huevada

 
Ahora que ya estoy rozando la mayoría de edad (aún sigo con mi crisis existencial, pero ya se me pasará), a uno le da por pensar nostálgicamente en esa larga transición en la que pasas de ser un inocente infante a un adulto responsable. Te paras a pensar en los mejores y peores momentos de tu adolescencia. Te paras a pensar en cómo afrontaste tu pubertad. Y precisamente una de las cosas que recuerdo con menos cariño de ésta fue la aparición repentina de vello púbico.

Porque tú al principio lo ves y lo dejas estar, no te importa demasiado. Depende de cómo, te puede hacer hasta ilusión. Permites que la cosa vaya creciendo y no empiezas a preocuparte hasta que te das cuenta de que tu pene se echa ya un airecillo a Hugh Jackman (vosotros pensáis en Lobezno, yo pienso en Jean Valjean). Así que, como no te hace mucha gracia que tu miembro viril luzca un desaliñado aspecto de mendigo (es como si tu polla estuviera a punto de pedirte cambio), un día por las buenas decides experimentar cosas nuevas y probar suerte con la depilación. Mala idea.

El primer error que puedes cometer en tu primera depilación genital es hacértela con la maquinilla de afeitar. Y es un error, porque aunque en un principio la idea de manipular tus partes nobles con una cuchilla te impone bastante respeto (siempre empiezas despacito y con mucho amor), enseguida te das cuenta de que no duele (como en un principio podías creer) y de que además la cuchilla va de lo más fina. Entonces es cuando la primera salvajada tiene lugar, ahí es cuando empiezas a emocionarte muy fuerte y pasas a desenvolverte por tu escroto con mayor soltura.

Te abres de piernas con mayor confianza, vas rasurando más a ciegas, cada vez más rápido, sin pararte a pensar en nada. Haciendo unos arcos y unas cabriolas muy raras. Si tienes un día muy idiota, hasta pasarás la cuchilla por el ojete sin temor alguno. Ya te has olvidado de que son tus cojones los que están en juego. Crees que no puede pasarte nada malo. Cuando directamente te pasas la cuchilla por los huevos, te sientes como si estuvieras peinándole la cabeza a un murciélago con un cepillo de dientes.

Y una vez has acabado, te sientes especialmente orgulloso de tu proeza. De repente, tu viejo amigo ha crecido, está más guapo, se le ve más aseado, más bonito. Ha quedado bien. Te echas un poquito de agua por encima (o te das una ducha) y disfrutas de la ligereza y el alivio que supone haberse desprendido de ese matorral. Esa sensación que te retrotrae a la infancia otra vez. Lo malo es que después, si te fijas, tu entrepierna comienza a adquirir un tono un pelín rojizo bastante sospechoso. Pero no empiezas a mosquearte hasta que te vistes.

Primero notas un intenso picor, después ese picor se transforma en un escozor cada vez más doloroso. Te das cuenta de que no puedes hacer ni un maldito movimiento sin acabar llorando sangre. Pronto, el ser humano que hasta la fecha habías sido involuciona hasta convertirse en un cangrejo incapaz de caminar con normalidad sin que vea toda su vida pasar por delante de sus ojos. Te arrepientes del error que has cometido, pero ya es demasiado tarde: Te desplazas de lado por los pasillos de casa, los tejanos se convierten en tu peor enemigo y debes restringir por completo la masturbación hasta pasados, mínimo seis o siete días. Os aseguro que a un treceañero esto último se le hace cuesta arriba. Te prometes a ti mismo que nunca, jamás, volverás a cometer ese error.

Pero ocho meses después lo vuelves a hacer. Porque eres gilipollas.

PD: ¿Consejos? ¿Alternativas? Estoy abierto a sugerencias. Mis cojones están ardiendo en este preciso momento.

Papada espontánea

 
Estaba sentado en el sofá del comedor, y por casualidades de la vida estaban emitiendo Sálvame. Por motivos ajenos a mi voluntad, cambiar de canal no era una opción viable, así que decidí ignorarlo y seguir a mis cosas como si nada. Pero como en realidad soy débil, no pude evitar echar alguna mirada de vez en cuando al televisor que, después de todo, tenía justo a mi lado y no podía evitar oír.

En uno de esos alzamientos de mirada, veo una de estas escenas típicas de famosilla por la calle haciendo declaraciones (no recuerdo de quién se trataba exactamente) en su portal. Honestamente, me encantan este tipo de escenas. No por la famosa de turno, sino por la gente que aparece por detrás (no, no me refiero al mocito feliz, creo que no existe tipo más creepy en el universo) haciendo el subnormal y dando vergüenza ajena.

Pero en esta ocasión, vi a alguien que realmente colmó todas y cada una de mis expectativas. Era una señora que… ¡Qué digo! Era el máximo exponente de señora mayor marujona que he visto en toda mi vida. No sólo reunía todas las características sino que las potenciaba. Era una ‘señora que…’ al cuadrado.

Para empezar, no parecía una mujer, era un extraño amasijo de carne embutido en un pseudo-pijama azul y delantal (supongo que estaría en su casa hasta que se ha enterado de que en la calle estaba ‘la tele’ y ha bajado corriendo a chupar cámara). Estaba gorda, muy gorda. Y lucía un pelo rizado (a efectos prácticos: púbico) horrible y desaliñado. Su cara era amorfa y sus diminutas gafas se veían eclipsadas ante la magnitud de sus mofletes y, sobre todo, su papada. Era una especie de gran papada andante. Era como un monstruo de Pixar. Era horrible. Sólo me habría dado más asco si llevara una escoba.

Y además estaba roja. Muy roja. Estaba partiéndose de risa. En su retorcida mente de señora mayor, ella creía estar ante el mayor acto de rebeldía de su vida. Se estaba desmelenando por completo. Estaba burlando la ley. Ella se creía la futura comidilla del barrio y la envidia de sus amigas. Era feliz. La famosa en cuestión era lo de menos, toda la atención estaba puesta sobre ese clon rosado y peludo de Jabba. Ha tenido sus dos o tres inmerecidos y oportunistas minutos de fama, pero no ha defraudado a nadie.

No, pero en serio, me parece fascinante.

Técnicas de supervivencia gitanas: El Frigodedo

 
Lo más jodido del nuevo instituto al que voy es lo quisquillosos que suelen ser con el tema de la puntualidad. Si no llegas a las ocho en punto, en el 70% de los casos (a veces se enrollan) puedes darte por jodido, porque no te dejan entrar hasta la siguiente hora.

A principio de curso no pasaba nada. Es decir, daba por culo pero no demasiado, si te pasaba alguna vez tampoco había que montar ningún drama, no era para tanto. Pero ahora hace frío. Un frío de la hostia. Y eso que yo tengo una tolerancia al frío bastante grande, pero ahora es horrible. Voy temblando por la calle, temblando mucho, y si lo juntamos con el sueño que suelo tener a primera hora, si me da por bostezar monto un espectáculo muy similar al de una impresora encendiéndose.

Esto me ocurrió hace varias semanas, pero fue tan triste que creo que puede merecer la pena compartirlo aquí:

El despertador sonó tarde (o no sonó, yo qué sé, el puto Alarm Clock que hace lo que le da gana a veces). Jodidamente tarde, vamos, como que me desperté a las ocho menos cuarto. Pero no perdí la esperanza. Me desperté de un salto, me vestí a toda prisa, me acicalé en el espejo del ascensor (bueno, eso lo hago cada día) y conseguí llegar a la puerta de mi instituto a las ocho y seis minutos. No pude entrar. Primero me cagué en todo lo cagable, pero luego me concentré en buscar un asiento donde pasar el rato.

Una vez sentado, saqué mi iPhone 3GS (menudo anacronismo, ¿no? ni que esto fuera 2009…) y tiré de Google Reader para entretenerme un rato. Pero claro, al pasar los minutos empiezo a notar que mi mano responde cada vez peor, que se me está petrificando, que cada segundo que pasa la voy notando menos, que voy perdiendo la sensibilidad en los dedos y entonces empiezo a replantearme muchas cosas. Cuando más al borde de la amputación me vi, dejé estar el iPhone y me guardé las manos en los bolsillos.

Aún con las manos de nuevo en el bolsillo de la chaqueta (que no es precisamente fina), seguían congeladas, y viendo que la cosa no tenía solución, tuve una idea de bombero que al final resultó ser bastante efectiva: Chuparme el pulgar. Estaba en la gloria. Al ver lo bien que me había funcionado, y después de girar mi cabeza hacia ambos lados por si divisaba a alguna persona conocida (o no) a mi alrededor, empecé a meterme todos los dedos en la boca, uno por uno.

Os juro que estaba acojonado. Cualquier persona que apareciera por ahí me tomaría inmediatamente por monguer. Y con razón, seguramente. Pero no podía parar. Tenía que seguir calentándomelos, como si me fuera la vida en ello. Y os juro que era como lamer un cubito, un Frigodedo, qué sé yo. Pero estaba en la gloria. El Nirvana, la vida, era eso.

Aunque desde ese día, procuro no llegar tarde.