Juankiblog » La Maldición del Starbucks de Universitat

La Maldición del Starbucks de Universitat

 
Os voy a contar una cosa que, probablemente, habiéndome visto la cara en la cabecera de este blog —y más si tenéis la desgracia de que os sale aquella en la que voy medio travestido—, ya os imaginaréis: no soy lo que se dice un experto en lo que al tema del ligoteo se refiere.

He tenido que ir aprendiendo de mis (estrepitosos) errores con el paso de los años, y aun así a día de hoy me considero un auténtico desastre en ese aspecto.

Y de lo poco que he llegado a aprender, de las pocas cosas a las que eventualmente he llegado a una conclusión, es en el hecho de que hay un lugar que ningún residente en Barcelona debería pisar jamás en su primera cita, a no ser que quiera que la cosa acabe, ya no en fracaso, sino en tragedia.

Nunca he sido una persona supersticiosa, y en realidad ni siquiera creo que se trate exclusivamente de un tema de gaferío, sino que estoy seguro que intervienen muchos factores no cuantificables ni empíricamente demostrables siquiera, que se acumulan uno detrás de otro para terminar culminando en una cita que jamás llegará a buen puerto.

Estoy hablando del Starbucks situado en la plaza Universitat. Sé lo que estáis pensando: es un lugar a priori idóneo para una primera cita. Una charla tranquila con la persona a la que esencialmente estás tratando de seducir resulta una propuesta más que tentadora. Y, si además la chica es un poco hipster, la tendremos mojando las bragas desde el mismo momento en el que le propongamos ir. Además, hay sofás, y vayas a la hora que vayas casi siempre tienes garantizada una mesa libre porque el Starbucks que se llena hasta reventar es el de Plaza Catalunya que además está justo al lado.

Pero cuál fue mi asombro cuando, hace unos días, en una puesta en común con mi querido amigo Mateu ambos dedujimos que, cada vez que hemos llevado a una chica allí en nuestra primera cita, no hemos vuelto a tener relación alguna con ella. Ni siquiera dirigirnos la palabra. En el mejor de los casos, quizá terminásemos retomando brevemente el contacto pero no hasta después de varios meses.

Captura de pantalla 2015-10-03 a las 23.47.55 copia

El eje del mal

Y hoy he decidido que voy a hablaros del caso relacionado con este fenómeno más jodido ante el que me he enfrentado hasta ahora. Aprovechando que ya ha pasado un tiempo más que prudencial desde lo ocurrido y que puedo contar estas cosas sin temer posibles represalias legales. Lo único que podría perjudicarme un poco sería mi imagen pública, pero creo que ya está lo suficientemente deteriorada. Tampoco me vais a coger mucho más asco.

Allá voy.

Era una tarde de verano bastante aburrida en la que ya me había masturbado todas las veces que el cuerpo humano considera soportables. Y quizá unas dos o tres más. No tenía nada más que hacer, todas las series que seguía estaban de parón y la idea de aprovechar el tiempo libre para desarrollar mi vena creativa y/o tratar de canalizar mi aburrimiento hacia algo productivo estaba descartada desde el principio.

Y entonces ocurrió aquello.

Recibí una solicitud de amistad en Facebook. De alguien del sexo opuesto. Sí, eso que a las mujeres os pasa a razón de veinte veces por día, pero cuando nos pasa a un tío nos ponemos inmediatamente a descorchar una botella de cava, porque ese es el asco que damos. Acepté, cómo no, por el simple hecho de querer saber qué le traía a esa muchacha, llamémosla Agnés (es el nombre que más rabia me ha dado imaginar que tiene), a agregarme sin venir a cuento.

Antes de dirigirle la palabra, y tal como dicta el protocolo de toda red social existente, procedí a ejercer una inspección rutinaria por su perfil, echándole un ojo a todas y cada una de sus fotos en un tiempo récord de menos de dos minutos. No le había dado tiempo a decirme el primer «Hola» que yo ya estaba capacitado para diseñar un modelo tridimensional de ella con el 3D Studio Max (¿Esa mierda aún existe? Porque yo me compré un montón de fascículos cuando vendían aquel cursillo en los quioscos).

chris-hansen

Parecía una chica bastante agraciada, pero un poco a medio cocer. Aun así, sólo era un par de años menor que yo (o eso decía), por lo que un hipotético escarceo sexual entre nosotros todavía entraba dentro de la legalidad vigente en nuestro país, así que no vi problema alguno. Quizá las fotos no eran recientes, después de todo.

Al preguntarle quién era y por qué me agregó, me sorprendió diciéndome que me conocía a raíz de este blog. «¡Genial, una gruppie!», pensé, como el auténtico gilipollas miserable y baboso que soy.

Como ya tenía la mitad del trabajo hecho y no tenía que fingir ser una persona menos perturbada de la que soy en realidad, pude dedicarme pura y llanamente al cortejo. Ella, después de todo, parecía más que receptiva así que la cosa iba sobre ruedas. La conversación entre los dos se alargó hasta altas horas de la madrugada, y subiendo de tono cada vez más. Tocamos todos los palos, dicho sea de paso. De la ñoñería irracional a la obscenidad más viciosa.

 
Nos precipitamos, acordamos quedar para conocernos en persona esa misma semana. La conversación subió de tono de nuevo. Nos precipitamos más, acordamos quedar para el día siguiente mismo. La conversación siguió alargándose, entre varias promesas de besos y abrazos en cuanto se propiciara el encuentro. Intercambiamos números de teléfono, acordamos el sitio y la hora. Nos quedamos dormidos hablando. Lo tenía completamente a testículo. Nada podía fallar.

Hasta que al día siguiente, en el punto de encuentro y a la hora acordada, no se veía ni rastro de la señorita Agnés. Pasaron los minutos mientras largas gotas de sudor frío recorrían mi frente. No contestaba por WhatsApp, no contestaba por Facebook. Al llamarla directamente al móvil para saber dónde estaba, descubrí gracias a mi operadora que su número de teléfono no existía. Genial.

Después de esperar durante 45 interminables minutos, la chica terminó apareciendo. Se disculpó sin tener cara de estar sintiéndolo demasiado, poniendo alguna excusa perezosa que no recuerdo. De lo que sí me acuerdo, por el susto que me llevé, es de que al verla en persona aparentaba una edad (todavía) menor que en sus fotos de su perfil. No exagero si os digo que parecía acabar de cumplir los doce años. Mal rollo.

Cuando le pregunté por lo de su número de teléfono inexistente, se excusó diciendo que invirtió por error el orden de los dos últimos dígitos al dármelo. ¡Qué cabeza la suya! Reescribió ella misma el número de nuevo en mi agenda y fue entonces cuando me sorprendí a mí mismo siendo lo suficientemente rastrero como para efectuar una llamada delante de ella para comprobar que esta vez sí lo había escrito correctamente.

Como no teníamos ningún plan preestablecido y el sitio nos pillaba cerca, decidimos ir nada más y nada menos que —lo estáis adivinando— al Starbucks de Universitat. ¿Qué podía salir mal? Charla distendida, sofás y Frapuccinos de vainilla.

Al hablar con ella y hacerle las preguntas típicas sobre, en fin, cómo demonios una niña que aparentaba cursar 6º de Primaria había encontrado mi blog, por qué le gustaba y el motivo por el cual decidió contactar conmigo, no tardé en darme cuenta por la vagueza de sus respuestas de que realmente no parecía ser realmente una fan de esta página, sino más bien alguien que acababa de leerse en diagonal un par de escritos míos.

Pero eso no era lo único que me escamaba, cuando nos sentamos en los sofás y empezamos a charlar, ella parecía bastante fría y distante. Desconozco si fue culpa mía, aunque traté de ser lo más gentil que pude con ella —y, ante lo sospechoso de su físico, abandoné cualquier intención de mojar el churro que tuviera hasta el momento— y procuré que se sintiera cómoda, haciendo pequeñas bromas que ni siquiera conseguían arrancar en ella un mísero ápice de sonrisa que pareciera legítima y no para quedar bien.

Por si eso fuera poco, me interrumpía constantemente para llamar por teléfono desde un móvil que, además, parecía un modelo recién sacado del año 2005. Me contaba que sus padres eran extremadamente controladores y sobreprotectores (no puedo decir que no los entienda: su hija doceañera estaba quedando con un chico de Internet, literalmente, tras una sola conversación, sin conocerlo de nada y teniendo éste un blog con posts sobre follar con downies como única carta de presentación; es como si su hija estuviera pidiendo a gritos terminar muerta en una cuneta) y que tenía que llamarlos para que no se enfadaran con ella.

Interrumpió unas 4 veces nuestra conversación para llamar. No habría sido nada alarmante si nuestra cita hubiera durado algo más que los 50 minutos que finalmente duró y de no ser porque después de cada llamada, su hora de irse cada vez se recortaba un poquito más, y con una excusas cada vez más absurdas. La chica quería salir de allí por todos los medios. No se lo impedí, faltaría más.

La acompañé a la parada de Metro, como el buen caballero que intenté ser pese a las hórridas circunstancias que me rodeaban y me despedí de ella con un abrazo de cortesía que a ella ni siquiera pareció hacerle especial gracia, pero que accedió a darme antes de irse.

Tras una escuetísima conversación por Facebook esa misma tarde, en la cual debatimos sobre la posibilidad de volver a quedar (de acuerdo, viéndolo con cierta perspectiva, quizá pequé de poco avispado al no pillar del todo las sutiles indirectas que me dirigieron en aquella primera cita), Agnés no volvió a hablarme durante el resto del día y terminó desapareciendo por completo a la mañana siguiente. Bloqueo en Facebook y móvil apagado. Maravilloso.

Llamadme optimista, pero antes de sentirme rechazado, me sentí preocupado. Temí, sencillamente lo peor: que sus padres —recordemos, sobreprotectores y controladores como ella dijo— hubieran leído nuestra conversación del día anterior y a la pobre cría le cayese una bronca de campeonato y la hubieran obligado a borrarme de todas partes. O, sencillamente, que le hubiera pasado algo malo. En un primer momento no sentí como si ella me hubiera querido borrar del mapa sin motivo alguno. No digo que yo no sea lo suficientemente repugnante como para que una chica no quiera volver a quedar conmigo, ni que aquella cita presagiara una bonita historia de amor entre los dos, pero después de todo si nos ateníamos a los hechos…
 

Ella ya me había visto. No sólo en fotos, sino también en vídeo. Y también me había leído. Por lo tanto, pudo formarse una imagen mental bastante precisa de qué pinta tengo, de qué hablo y de cómo lo hablo.

No meé fuera de tiesto en ningún momento en toda la velada: la traté con respeto y procuré que se sintiera cómoda todo el rato. El único momento chungo fue el del abrazo, y después de todo ni siquiera la toqué hasta que ella se me acercó, tan sólo le tendí los brazos abiertos y ella terminó accediendo. No hubo ningún contacto físico no consentido.

En 50 minutos con 4 (largas) interrupciones telefónicas, a uno no le da tiempo material para cagarla lo suficiente y conseguir que una chica no quiera volver a saber nada de él.

 
Y, además, en el caso de que hubiera decidido borrarme por completo de su vida, lo único que tenía que hacer era decírmelo y me habría ido sin dejar rastro y sin problema alguno, más allá de llevarme otro revés en mi ya de por sí podrida autoestima, pero la verdad es que por uno más tampoco me iba a morir a esas alturas.

De hecho, creo que a cualquier persona a la que vayan a largar prefiere que se lo digan directamente. Primero, por lo malos que somos algunos con las indirectas (tendremos Asperger, es posible, pero decir «no» no cuesta nada y nos ahorramos todos unos cuantos disgustos), segundo, porque no dejar las cosas claras siempre me ha parecido un gesto más bien cobarde.

Obviamente, no era plan de acosar a la pobre chica si no quería saber nada de mí, pero quería asegurarme de que ese era el caso (optimista, gilipollas y posiblemente stalker que es uno). Pero después de un par de intentos fallidos de contactar con ella por teléfono durante aquella semana (siempre tenía el móvil apagado), finalmente desistí. Si quería huir de mí estaba en su derecho, y si le había pasado algo malo en realidad tampoco había nada que pudiera hacer por ella.

Un par o tres meses más tarde, por pura curiosidad y con el mero propósito de comprobar si seguía viva (pese a todo, seguía estando más preocupado por ella que cualquier otra cosa, el interés por follármela se desvaneció desde el primer momento en el que la vi, pero sí que me cayó lo suficientemente bien como para no descartar una posible amistad), se me ocurrió llamarla desde otro teléfono. Hice una llamada a su móvil desde el fijo de mi casa. Esta vez sí que lo cogió. La conversación, no obstante, no fue del todo satisfactoria.
 

—¿Hola?
—¿Agnés?
—Sí, ¿quién eres?
—…soy Juan Carlos.

 
Y colgó.

Tampoco sé qué respuesta esperaba obtener, realmente. En realidad me habría bastado con una escueta explicación, pero ni eso. Afortunadamente, no tardó en enviarme un SMS unos minutos más tarde. Lo comparto con vosotros, porque no tiene desperdicio alguno.

Captura de pantalla 2015-10-03 a las 7.15.01

Me encanta por el tono extremadamente ofensivo que emplea para algo que, en el fondo, es bastante blando
 

Estuve meditándolo durante un largo tiempo, y finalmente llegué a tres posibilidades sobre qué había podido pasar realmente aquí:
 

Esa chica no me conocía de nada, me agregó por puro aburrimiento y se hizo pasar por fangirl para caerme bien. Al verme en persona y encontrarse con el pedazo de feto que soy, se rajó a base de bien y huyó despavoridamente. Y encima yo fui tan gilipollas que la llamé tres veces como si fuera un puto loco obseso, por lo que la acojoné aún más sin proponérmelo.

Siguiendo mi teoría de que sus padres leyeron la conversación ñoñitórrida que tuvimos aquella noche, seguramente tomaron unas represalias contra ella bastante jodidas y estrictas, por lo que cuando la llamé intentó alejarme lo máximo posible para que no la volvieran a castigar. En realidad, esta opción no contradice realmente a la primera, son complementarias.

Me estaba investigando la policía.

 
No, en serio, pensadlo bien. Todo encaja. Creo, genuinamente, que la policía estaba investigándome. Esa chica no era más que un cebo para pedófilos. Es la explicación más creíble de todas las que se me ocurren.

Si os lo paráis a pensar, yo podría ser perfectamente un señor de 47 años haciéndome pasar por un chavalín más joven que, pese a ser un nerdy de mierda, quizá podría resultar medianamente atractivo para alguien (situemos esto en contexto: aún no había publicado Gravità, la gente aún se me podía querer follar). Y qué forma más fácil de conseguir a una vagina menor de edad que gracias a su página de fans de Facebook.

Por lo tanto, creo que la tal Agnés no era más que una pobre niña acojonada a la que pusieron de cebo para ver si yo intentaba zumbármela aunque pesara menos que un pollo. Y de ahí el engaño con los números falsos, el móvil anticuado y las constantes llamadas durante la cita.

Al ver que no me propasé con la chica, la operación se dio por concluida al comprobar que yo no era un violador peligroso, sino un imbécil con muchas esperanzas. Sólo lamento haber puesto en peligro mi inocencia cuando decidí llamarla nuevamente pasados unos meses. Por suerte, después de su SMS lo último que recibió de mí fue un mensaje en el que me disculpé por haberla llamado y manifesté mi intención de dejarla en paz hasta el fin de los días.

Con lo cual, asumo que la policía pudo cerrar de nuevo el caso y que no hubo mayor problema.

Aunque, en honor a la verdad, hace unos pocos meses me la crucé en el Metro (donde toda clase de jodienda ocurre)pero me aparté de su camino a una velocidad de vértigo. Tuve suerte. No me vio. Todo salió relativamente bien, más allá del susto.

Hay muchas moralejas que puedo intentar sacar de esta historia. La primera es que, por muchas esperanzas que tengas, la ausencia de un «no» nunca tiende a equivaler a un «sí». La segunda es que, de todas maneras, un «no» a tiempo siempre sale a cuenta (el problema vendría si dicho «no» fuese ignorado, en cuyo caso animaría a emprender acciones legales inmediatamente). La tercera, que llamar por teléfono a alguien que te ha bloqueado de todas partes sin decirte nada quizá no sea tan buena idea como podrías pensar que es, aunque te atormente la falta de explicaciones es mejor dejarlo estar.

Pero creo que moraleja definitiva, lo que más en claro se puede sacar de todo lo expuesto en este texto es que, hagáis lo que hagáis, por favor: nunca, jamás, en vuestra puta vida… se os ocurra llevar a una chica al Starbucks de Universitat.

Y menos si ésta aparenta doce años.

13 Comentarios. ¡Que viva el flame!

  1. Judit dijo:

    No eres un violador peligroso, sólo un imbécil con muchas esperanzas.
    Segregas Hamor en cada párrafo.

  2. Chris Hansen dijo:

    Why don’t you take a seat over there?

  3. Doctora Clítoris dijo:

    Para mi que la hembra en cuestión estaba muy enchurrada para la edad que tiene y los padres la tienen enfilada.

  4. M dijo:

    Y lo bonito que es volver a leer posts en este blog, con toda la juankiesencia de siempre, qué, eh.

  5. Bóinez dijo:

    Es usted una persona HORRIBLE.

    Pero lo cuenta con gracia.

  6. Alex B dijo:

    Chúpame la polla.

  7. Alvaro Zárate Carrió dijo:

    Con respecto a la niña del Starbucks, llegué a la misma conclusión que vos pero dos renglones antes. Te paso un dato para confirmar que las niñas son un señuelo, si miras bien, unos veinte metros mas atrás de ellas suele venir Mercedes Milá con un camarógrafo.

  8. Agus dijo:

    Yo descartaría la opción 2. Si sus padres le hubieran visto la conversación, y le hubieran prohibido ir, ¿por qué actúa tan raro? ¿cómo diablos consiguió llegar a la cita? No lo veo compatible. Si no quisiera ir, no hubiera ido.

    Mi teoría es: te usó como cebo porque su ex (o alguien que le gusta) había quedado también en el Starbucks de Universitat, y quería darle celos. Pero éste no se presentó, por lo tanto, no tenía excusa alguna para permanecer allí.

  9. Juan Carlos dijo:

    @Judit: Muchísimas gracias, pero eso díselo al juez, a ver qué opina.

    @Chris Hansen: I’m making a mistake.

    @Doctora Clítoris: Estoy casi seguro de que los padres han tenido algo que ver con esta historia. Pero también puede ser que no, que yo dé asco y ya está.

    @M: ¿La juankiesencia es cuando me empeño en escribir posts en los que parezco un psicópata?

    @Bóinez: Oiga, que EN EL FONDO tampoco he hecho nada TAN malo, ¿no? ¿NO?

    @Alex B: Se te echaba de menos. Hijo de la gran puta.

    @Alvaro Zárate Carrió: Corre la leyenda urbana de que si dices tres veces «Mercedes Milá» delante del espejo se te aparece y te detiene por machirulo opresor.

    @Agus: Yo creo que la conversación la vieron después de (o durante) la cita. Pero eso no explica que llegara tan tarde y me diera mal su número. Tampoco explica su comportamiento frío y distante, aunque eso se lo atribuyo a la opción 1.

    Intentar darle celos a alguien conmigo es maquiavélico. Y un acto de sadismo importante.

  10. Debo dijo:

    Yo creo las y los de 12 no tienen el cerebro muy formado todavía y claro…luego pasa lo que pasa

    PD: Y no folleis con juanki q tiene sida

  11. Sacsco dijo:

    Vives al limite tío. Es que gran parte de tu humor es como para que la policía se ralle contigo y tengas algún problema. Yo me parto el culo pero dar mala apariencia lo es casi todo. Quiero decir, que ole tus gónadas, pero te informo. Y yo conforme estaba leyendo tenia ganas de largarme de ahí. Mal rollito.
    En fin, llevaba un año sin leerte después de mi estancia en.. el polo norte y ahora que he visto Gravità me ha vuelto todo el sentimiento fan.

    Pues a ver que nuevos asuntos te traes…

  12. Christian dijo:

    A ver, JC, no le tuviste que dar tantas vueltas, ¿eh? Es mujer. Partiendo de ahí, nada va a ser sencillo de comprender. Lo que me sorprende es que existan los hombres heterosexuales. De paso, era una niña. Todavía no sabe ni qué es una polla. Quizá ni siquiera quiera saberlo, cosa que tampoco importa. Eres libre. Plantéate lo de pasarte a la acera de enfrente si detrás de esto se esconde la idea de tener cierta vida sexual. Es un consejo más amable que el de “yo me parto el culo pero dar mala apariencia lo es casi todo”, frase que me ha dado ganas de vomitar.

    Lo dicho: entre los de tu género tendrías mucho más éxito. Y no hace falta que pongas el culo: ¡puedes escoger! Think about it.

    Arrojaré un dato extra súper disturbing: yo conozco a uno de los camareros de ese Starbucks y me acosté con él. Y es un tipo que emana una negatividad que asusta, así que todo lo que te pasó fue porque en ese local, efectivamente, hay muy malas vibraciones.

  13. Sil dijo:

    Es tan sencillo como cambiar de sitio.
    Tengo entendido que en el ZenZoo de cerca de las Ramblas,
    esas cosas no ocurren…. sino todo lo contrario.
    Actualiza más a menudo, que tus fans estamos deseosas de
    leer tus nuevas aventuras 😉

    P.D: Tu groupie número uno, Sara Montiel

¡¿Que ha dicho qué?! ¡Será cabrón! ¡Vamos a trollearle!