Referencia jocosa a la cultura pop

¡Qué bien te veo!

20/07/2018

Desde mi más tierna infancia siempre tuve problemas capilares. Nunca me sentí particularmente cómodo con mi cabello, ya fuera por un motivo o por otro. Hace una década lucía un exceso de pelazo que habría despertado las envidias del mismísimo Justin Bieber. En sus buenos tiempos, digo, antes de que mutase inexplicablemente en Miley Cyrus. Pero yo lo odiaba. Así mismo, no había cosa que me diera más pereza en esta vida que tener que ir tantas veces al barbero. Era necesario, no cabía duda, pues el pelo me crecía a una velocidad vertiginosa y a la mínima que me descuidase terminaba sacándome un ojo con mi propio flequillo.

Como era de esperar, los años pasaron y no en balde. A día de hoy sigo teniendo problemas con mi pelo, pero por el motivo diametralmente opuesto: la escasez. Y se manifiesta de la forma más ingrata posible, que es la selectiva. Esto significa que sigue creciendo, con rapidez y en abundancia, pero dejando en mi frente el espacio suficiente como para aparcar una flota entera de autobuses. Sigo viéndome obligado a acudir con asiduidad al barbero, pero este odioso ritual ha adquirido ahora una nueva pátina de tristeza. Y es que antes me lo cortaba para no parecer un cantante de rock, pero ahora me lo corto para no parecer la versión pobre de Donald Trump.

La involución.

 

Cuando se manifestaron las primeras señales, cuando vi que mi otrora lustrosa cabellera rubia tenía fecha de caducidad, tomé una decisión muy seria: en un futuro, yo iba a ser calvo o iba a estar gordo. O una cosa o la otra. Las dos ya no. Las dos ya es vicio. Por tanto, ante la evidencia de que lo primero estaba a punto de hacerse realidad, tuve que tomar cartas en el asunto sobre lo segundo. Aquí es cuando empezó mi tormentosa odisea nacida con el objetivo de no convertirme en un calvo gordo con perilla y camisetas anchas de esos que montan un podcast sobre videojuegos y los graba por Skype con sus amigos imaginarios.

Lo que sí tenía bastante claro era que jamás me iba a comprometer a hacer ejercicio de forma regular. Ni de forma irregular tampoco. Y de que lo más parecido que iba a hacer a ponerme a dieta sería pasarme a la Coca-Cola Zero. Así que eso fue exactamente lo que hice. De un día para otro me convertí en todo aquello a lo que siempre había odiado, transicionando de forma definitiva hacia las bebidas light. Incluso, en mis horas más bajas, confieso que llegué a coquetear con la Coca-Cola Zero Sin Cafeína. Y en latas pequeñas, de esas de 220cl. Porque no se puede ser más hijo de la gran puta.

En diciembre del año pasado contraje unas anginas terroríficas que coincidieron con las cenas de Navidad, por lo que fui el único miembro de mi familia que perdió peso durante aquellas fechas. Una vez recuperado de salud, decidí aprovechar la inercia y dejar de picar entre horas. Cierto es que mi concepto de «picar entre horas» no dejaba de ser un eufemismo de «arrasar con la nevera a altas horas de la madrugada, en deliciosos y catárticos arrebatos de bendita autodestrucción», así que cualquier cambio en ese aspecto iba a ser para bien.


Diciembre de 2017 vs. Junio de 2018

 

¿Y quién me iba a decir —aparte de cualquier persona a quien se lo hubiese preguntado— que la clave estaba en no pegarme atracones y dejar de consumir Coca-Cola en cantidades industriales? Como veis, gracias a estos dos pequeños ajustes en mi alimentación, conseguí perder la friolera de veinte kilos en el último medio año.

El avispado lector podrá comprobar que ambas fotos están recortadas, pero esto no se debe a que haya querido hacer trampa dejándome medio cuerpo fuera ni nada por el estilo. Mi decisión de recortar las imágenes se debe a dos motivos perfectamente razonables:

 

1 – Mi gusto con los calcetines es tan terrible que podría inspirar perfectamente el guión de alguna película de terror psicológico. Una que fuera, a su vez, una metáfora sobre la guerra de los Balcanes y de las atrocidades que allí se cometieron en nombre de la patria.

2 – Cuando me peso, procuro hacerlo yendo completamente desnudo. Al menos de cintura para abajo. Por tanto, es inevitable que se cuele algún trozo de polla en la foto. Nada grave, en realidad, tan sólo un matiz. Un número ínfimo de píxeles. Una información microscópica que, si bien la mayoría de vosotros no detectaríais a simple vista, lo más probable es que sí os jodiera la cabeza de forma subconsciente y no pudierais dormir durante varios meses sin que supierais muy bien el porqué.

 

De todos modos, tengo que confesar que no fue fácil. Los primeros días sufrí lo que no estaba escrito y me costó muchísimo resistir la tentación. Menos mal que contaba con la ayuda de mi querido amigo Mateu, quien no escatimó en mandarme mensajes de apoyo moral mientras yo le iba haciendo un seguimiento semanal de mis avances con la báscula.


Siempre me ha conmovido su plena confianza en mí

 

Pero ahora el reto ya está superado y los resultados no han tardado en hacerse notar: ahora ya puedo volver a intentar autofelarme y que al fracasar el problema sea mi falta de flexibilidad y no la barriga obstruyéndome el paso. Antes no me podría haber rozado ni media punta aunque me hubieran quitado las costillas. Ahora ya estamos unos cuantos pasos más cerca de cumplir el sueño.

Lo malo viene —y aquí soy plenamente consciente de que me estoy quejando de vicio— cuando percibo que las reacciones por parte de mi entorno empiezan a ser demasiado entusiastas. Frases como «¡Qué bien te veo!», «Estás mucho mejor ahora» o «Vaya cambio» se agradecen de primeras. No dejan de ser halagos, al fin y al cabo. Pero son halagos con trampa. Llegados a cierto punto, uno no puede evitar pensar en el tiempo que toda esta gente ha estado muriéndose de asco ante mi presencia sin atreverse a decirlo abiertamente hasta ese preciso instante.

La ironía es que el único momento en el que esperaba una reacción de estas características era en la reunión de ex-alumnos que se celebró hace unos meses en mi instituto. Porque está claro que a estos eventos uno va para molar y demostrar que ha dejado de ser el parguela de quien todos se reían en sus años mozos. El problema es que yo empecé a ponerme tocino de verdad justo al terminar las clases. En consecuencia, al haber perdido ahora todo el peso que había ganado en estos años, nadie se percató de la proeza que había realizado. No notaron diferencia alguna, más allá de que ahora estaba más calvo.

El único testigo real de mi cambio fue un señor con el que siempre había guardado ciertos paralelismos. Era un tipo con el que compartía centro educativo, pero no generación. Él era unos cuantos años mayor que yo, aunque estaba claro que éramos equivalentes el uno del otro: los dos éramos frikis, gordos y los marginados de nuestra promoción. Siempre nos observábamos durante las horas del recreo, resultando muy obvio que nos usábamos de consuelo mutuo.

Cuando yo estaba de bajón, me alegraba un poco echarle un vistazo a lo lejos y comprobar que a él le iba peor que a mí. Y viceversa, claro, que el muy cabrón también se animaba cuando veía que me había salido acné o que mis compañeros de clase me escupían en la cara. Al vivir en el mismo barrio, esta bella tradición siguió manteniéndose con los años. Nos teníamos ya fichados. Cada vez que nos cruzábamos por la calle, el que creía dar menos asco de los dos en ese momento esbozaba una pequeña sonrisa. Huelga decir que el día de la reunión él apenas era capaz de ocultar la ira en su rostro.

Pero si hay algún colectivo que ha salido damnificado de verdad ha sido el de mis ex-novias. La mayoría ni siquiera se creían el cambio hasta que pudieron verlo con sus propios ojos. De hecho, al enviarles las fotografías de la báscula me llegaron a preguntar si me había amputado una pierna o algo por el estilo. Luego, al comprobar que seguía estando de una pieza, más de una —aparte de cagarse en mis muertos— me echó en cara que estando con ella no sólo no fuera capaz de perder ni un solo kilo sino que además no vacilase ni medio segundo antes de jalarme entero un cubo del Kentucky Fried Chicken sin pestañear.


Entiendo la frustración. ¿Quién podría resistirse a un pedacito de esto?

 

Y lo peor de todo esto es que ya no hay vuelta atrás. Bajar el listón ya no es una posibilidad viable. En cuanto note que la gente deja ya de alegrarse por mi estado físico, cuando vuelvan a guardar silencio al verme aparecer, no me quedará otra opción que asumir que les estoy volviendo a dar repeluco. Porque antes era algo que me podía imaginar, pero que no sabía a ciencia a cierta. Era una simple sospecha. Ahora, en cambio, ya no cabe lugar para la duda. No sé cómo voy a sobrellevarlo cuando esto ocurra, de forma inevitable, en algún futuro. Pero de momento me aventuraré a decir que era mucho más feliz en mi ignorancia.

Como agravante final, llevo unas cuantas semanas viviendo solo en un país extranjero. Será sólo durante unos meses y por motivos estrictamente laborales. El caso es que me estoy viendo por primera vez en la vida ante la tesitura de tener que autogestionar al 100% mi alimentación sin depender de mi familia. Esto es bueno, porque no tengo a mi abuela intentando cebarme noche tras noche, pero que no haya nadie vigilando la nevera también tiene sus riesgos. Aun así, en este tiempo que llevo a solas he sido capaz de mantener mi peso y seguir llevando una alimentación equilibrada y saludable. El único problema real es que…

Me.
Muero.
Por.
Comerme.
Un.
Kebab.

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A mi me gustabas de todas formas jajjajajajaj

DEBORA

Menuo gordo cabron (es broma, eres un pivon, gordo o no gordo)

Silvia

Con más kilos o menos kilos estabas fetén.
Lo importante es que tú estes a gusto contigo mismo.
(Yo dando consejos que luego no me aplico)
Y esos calcetines de Spider-Man son chachi pistachis 😉

Eh, qué bueno es leerte publicando en tu blog.
Yo sí me alegro de tu cambio y lo fácil que bajaste de peso. Y va a sonar repetitivo: pero luces muy bien.
Yo la tengo más complicada, porque a pesar de que no como ni bebo alimentos chatarra, bajo de peso mucho más lento 😥
Pero bueno, somos jóvenes. Siempre podemos mejorar.
Espero leerte pronto en otra publicación.
Saludos desde México.

Valeria Paula Signori

Juanca,sigo estando orgullosa de ser tu ex (suegra,claro está).Eres el puto amo del humor!!!! No te preocupes por el pelo,si lo que te queda te lo dejas largo,aún puedes peinarte estilo emo como en la foto número 3 y problema solucionado.Te quiero para siempre.

La Fan Girl con rabo

Enserio era el único que te decía lo gordo que estabas cuando lo estabas? Que vuelva el Juanki 20.0

Hay TANTAS cosas en la última foto que me perturban.

Tutyeison

Yo desde que vi de la peli de Ladrón a Policía que me he apropiado la frase, “más colchón para el achuchón”. Se lo suelto a mi Manolo y no hago dieta….😏

elPresidente de los EEUU

Este es un post para que Pijus haga un comentario homo de mal gusto. ¿Dónde está cuando se le necesita de verdad?

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