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Defendiendo el derecho fundamental de haber sido subnormal

21/11/2018

Nadie nace aprendido.

O mejor dicho: nadie nace sin ser idiota.

Partiendo de la base de que nos pasamos los primeros años de nuestra existencia babeando y cagándonos encima, cualquiera diría que tendríamos más asumido el hecho de que la gente tiende a cambiar. Algunos evolucionan, otros involucionan. Los hay que dan vueltas en círculos y también existen las personas palíndromas. Pero lo raro es no variar ni un ápice. Por supuesto, están aquellos que empezaron siendo imbéciles y siguieron siéndolo durante toda su vida, pero incluso en esos casos dicha imbecilidad va adquiriendo nuevos matices con el paso del tiempo.

Como es lógico, esto no se limita sólo al individuo, porque la sociedad también cambia con él. Esto significa que hay corrientes de pensamiento, formas de actuar o conceptos que durante una época son considerados como perfectamente razonables, pero que apenas un par de años después serán percibidos como una auténtica salvajada. Gente que tiempo atrás fue tomada como ejemplo paradigmático del progresismo, quizá hoy sería vista como la personificación del facherío más rancio. Siendo exactamente la misma persona y exhibiendo los mismos comportamientos.

No es algo malo. Todo lo contrario. Significa que, colectivamente, los habitantes de este planeta hemos adquirido conciencia de nuestros malos hábitos e intentamos corregir el rumbo, siempre con el objetivo de mejorar como especie. Y eso siempre está bien. De verdad que sí.

Sin embargo, todo esto tiene un pequeño problema: Internet.

Resulta que —quién lo iba a decir— las redes sociales que llevamos usando alegremente durante la última década tienen un impacto negativo en nuestras vidas que no habíamos previsto. Actualmente, casi cualquier persona que las utilice con asiduidad está expuesta a que su yo del pasado vuelva para follarle la cara muy fuerte, sin que se pueda hacer gran cosa para evitarlo.

Hagamos un pequeño ejercicio de imaginación. Pongamos que tú, querido lector, eres un director de cine a quien hace ocho años no conocía ni el tato. Pongamos que tus películas se dirigían a un nicho de mercado muy específico y que roza lo marginal. Pongamos que usabas Twitter y que tus únicos seguidores eran los mismos que consumían ávidamente tus grotescos films. Pongamos que allí hacías gala de tu sentido del humor, bastante borrico y negruno, que consistía básicamente en bromear sobre todos los temas tabú que se te pudieran ocurrir en aquel momento. Pongamos que tus followers entendían perfectamente que estabas tratando de hacer comedia, ya que no se alejaba mucho a la que empleabas en tus películas. Y ellos estaban más que familiarizados con tus películas. De lo contrario, ¿por qué demonios te iban a seguir en Twitter?

¿Y qué era Twitter hace ocho años? Esa plataforma que sólo utilizaban los cuatro gatos que se creían especiales por no usar Facebook. Esa barra de bar, como la de Cheers, donde todo el mundo sabe cómo te llamas. Ese lugar para desahogarse. Esa eterna partida online a Cartas contra la Humanidad donde ser edgy no sólo no estaba mal visto sino que se premiaba con viralidad instantánea. A todos nos haría bien recordar que antes de que los tweets pudieran convertirse en titulares de periódico, el servicio era tan poco frecuentado que la gente podía permitirse el lujo de hacer «quedadas de Twitter» en sus respectivas ciudades y que prácticamente cupiesen todos en el sótano de algún bar de la calle Muntaner.

 

Never forget.

 

Pongamos que en 2018, por lo que sea, resulta que te has convertido en un director muy famoso gracias a haberte encargado de dos de las películas más taquilleras de la historia y formar parte de una franquicia cinematográfica multimillonaria sin precedentes. Pongamos que tus tiempos de cineasta salvaje y provocador pasaron a mejor vida. Que ya no tienes que llevar esa careta puesta todo el día, sino que has encontrado un nuevo público gracias a mostrar unas sensibilidades distintas a las que otrora te caracterizaban.

Pongamos que decides aprovechar tu relativamente nueva exposición mediática para criticar públicamente las dudosas prácticas que ejerce el gobierno de tu país. Pongamos que te enzarzas en una discusión en línea con algún simpatizante nazi. Pongamos que ese simpatizante nazi en cuestión decide que sería una brillante idea rebuscar en la basura de tu timeline y reflotar algunos tweets escritos durante tu etapa canallita para desacreditarte. Pongamos que te dio por bromear sobre sinopsis de películas ficticias que, quizá, consistían en árboles mágicos comiéndole la polla a niños.

Estarías jodido.

Pues esto es lo que le pasó al bueno de James Gunn, ahora conocido por ser el director de las dos entregas de Guardianes de la Galaxia, pero cuyas raíces se encuentran en el cine basuresco y transgresor de la Troma. De nada sirvieron las disculpas. Gunn fue despedido fulminantemente por Disney en cuanto Mike Cernovich —ultraderechista chunguísimo, instigador de teorías conspiranoicas tan infames como la del Pizzagate— se dedicó a recopilar y exponer tweets del pasado en los que Gunn empleaba un humor de dudoso gusto. Por supuesto, éste asumió la responsabilidad de sus escritos y entendió la decisión de sus jefes. Poco después fue denigrado a asumir la peor condena con la que se puede castigar a un ser humano: tener que trabajar para DC.

En la secuela de Escuadrón Suicida, ni más ni menos. Putos monstruos.

Si hubiera sido pedófilo de verdad, las consecuencias no habrían sido tan graves.

 

De entrada, ya me parece feo que se castigue algo que en el fondo no deja de ser humor. Sea más o menos acertado, de mejor o peor gusto, pero humor al fin y al cabo. Humor que, además, estaba dirigido hacia un público muy específico y que se publicó mucho antes de que las redes sociales adquiriesen la relevancia que tendrían en un futuro. Humor que fue concebido mucho antes de que nos imaginásemos que podría ser reempaquetado, desprovisto de su contexto original, negándosele la posibilidad de ser visto como el comentario irónico que pretendía ser en un principio y utilizándolo así como arma arrojadiza contra su emisor original.

Que quede muy claro que ni siquiera considero que James Gunn hiciera algo moralmente reprochable, pero puedo estar equivocado y desde luego habrá mucha gente que piense lo contrario a mí. No el equipo de la película, desde luego, que no tardaron en mostrar públicamente su apoyo incondicional. Aun así, imaginando que sus actos hubieran sido en realidad tan horribles, ¿cuál sería la lección que estamos dando aquí?

¿Estamos sugiriendo acaso que no tenemos derecho a haber tenido un pasado? ¿Que nuestros antiguos comportamientos tienen que dictar sí o sí quiénes somos a día de hoy, pese a haberlos corregido con el tiempo? ¿Queremos establecer un estándar absolutamente irreal según el cual todo el mundo no sólo debería ser perfecto, sino que además tiene que haberlo sido desde el principio? ¿Que hay que descartar por completo la posibilidad de cambio y evolución en la forma de pensar de cada uno?

Y de ser así, ¿qué es lo que tendríamos que hacer en estos casos? ¿Deberíamos borrar preventivamente cualquier cosa que hayamos escrito en Internet? ¿Tenemos que deshacernos de cualquier evidencia de que ha habido un proceso de mejoría? Porque entonces, ¿qué mensaje le estamos mandando a los cretinos? ¿Que no pueden dejar de ser lo que son porque, en cualquier caso, les vamos a echar en cara eternamente el hecho de haberlo sido? ¿Que no hay ninguna salida? ¿Que es casi preferible quedarse tal cual antes que cambiar y que alguien te tache de hipócrita por contradecirte a ti mismo?

Todo el mundo sabe que los equívocos forman una parte imprescindible en cualquier tipo de aprendizaje. Si lo único que hacemos es castigar (y esconder) el equívoco en lugar de valorar el cambio, la gente no va a tener incentivo alguno para aprender.

Y joder. Eso está feo.

No os extrañará viniendo de un blog que lleva por título una aberración extraña con mi nombre de pila, pero os aviso de que la cosa se va a poner un poco personal a partir de este párrafo.

Llevo más de doce años escribiendo en esta página. La mitad de mi vida, concretamente. Y ya que no soy, ni he sido, ni seré jamás la mejor persona del planeta, esto significa que yo por aquí he escrito cosas chungas. Pero que muy chungas. Algunas en plena preadolescencia, sí, pero otras ya recién entrado en la mayoría de edad. Cada vez que hago el poco recomendable ejercicio de echar la vista atrás y leer algún escrito mío del pasado acabo echándome las manos a la cabeza. Y no sólo por la cantidad ingente de faltas de ortografía que cometía.

Tampoco pretendo fingir haber mutado, de repente y espontáneamente, en un modelo de conducta ejemplar. No, no me he convertido en un ser de luz gracias a una epifanía celestial que me haya hecho cambiar y replantearme todos los aspectos de mi ser. No. Dejémoslo claro: sigo siendo un gilipollas y sigo cagándola más o menos a diario. Lo único que sí puedo aportar en mi defensa es que hace cinco años era indudablemente peor. No digo que no sea un cretino, sino que lo soy menos que antes.

Lo que pasa es que Internet.

Y claro. Este blog recoge más de mil entradas cuyo contenido dejó de representarme de forma progresiva. Que sí, que también sería justo reconocer que casi todo fue escrito en tono jocoso y sin intención alguna de ser tomado particularmente en serio. No dejaban de ser los vómitos de un niño frustrado y con las hormonas venidas a más, alguien a quien le urgía la necesidad de desahogarse haciendo el borrico. Y ojo, que aquí era donde lo hacía de forma moderada y atendiendo a razones y argumentos. Si removiésemos mi cajón de Twitter, nos encontraríamos con tal abundancia de movidas turbias que si me diera por publicarlas hoy en día lo raro sería que no acabase en la cárcel seis veces.

Los límites del humor.

 

Y no es que me avergüence de mis intenciones pasadas, que en realidad siguen siendo un poco parecidas a las presentes. No pretendo dejar de bromear con temas delicados ni renunciar al humor negro, pero sí que hay un compromiso por mi parte de cara a hacerlo mejor: formándome, sofisticándome, intentando apuntar mejor hacia mis objetivos y madurar mi estilo hasta que mis delirios contribuyan —aunque sea de forma ínfima— a mejorar el planeta en el que vivo. O, por lo menos, a no crear más monstruos que frecuenten Forocoches de manera habitual. Soy consciente de que un escritor no puede pretender responsabilizarse al 100% de cómo va a ser interpretada o utilizada su obra, pero tampoco está de más el tratar de no ponérselo en bandeja a los nazis. Ni gustarles ni darles margen para que te busquen un jaleo.

Pero entonces, volviendo al dilema de antes, ¿qué hacemos con lo viejo?

Si lo borro, me parecería un acto absolutamente deshonesto con mis lectores y conmigo mismo. Si no lo borro, lo más seguro es que algún día acabe en una prisión turca. Y eso sin contar con que tendré que renunciar a cumplir al sueño de mi vida, que como todo el mundo sabe es dirigir una secuela directa a DVD de Los Aristogatos. Al verme en esta situación y no tener ni puñetera idea de si las aguas terminarán calmándose en algún momento y la gente recupere su derecho fundamental a haber sido subnormal, lo único que puedo hacer ahora mismo es seguir el ejemplo de aquellos que se vieron una situación parecida a la mía y actuaron —a mi entender— de forma modélica.

Recordaréis (o no, porque puede que no seáis unos putos nerds pese a estar leyendo esto) que hace unos cuantos años Warner Bros quiso reeditar en DVD los cortos clásicos de los Looney Tunes. Lo malo es que no tardaron en darse cuenta de que esas piezas animadas, pese a tener un indudable valor histórico y artístico para la compañía (y para la animación en general), por lo visto también atufaban a chotuno de lejos. Ni Bugs Bunny ni el Pato Lucas eran capaces de desviar nuestra atención de la innumerable lista de estereotipos racistas de los que hacían gala sin pudor alguno aquellos cortos.

Debatiéndose entre autocensurarse o no, finalmente optaron por distribuirlos tal y como fueron concebidos en primer lugar. Pero no sin antes avisar con la siguiente imagen:

Este aviso, que en posteriores lanzamientos similares vino acompañado de una serie de vídeos protagonizados por Whoopi Golberg, venía a decir que los cortos eran productos de su tiempo y que representaban unos prejuicios raciales bastante comunes de la época en que fueron realizados. También dice que, aunque esos estereotipos estuvieran mal entonces y sigan estando mal ahora, pese a no representar los valores actuales de la compañía no iban a ser modificados. Porque hacerlo sería como fingir que esos prejuicios nunca existieron en primer lugar. Y eso sería peor.

No os voy a mentir. Ardo en deseos de poder hacer mi secuela directa a DVD de Los Aristogatos, así que voy a seguir luchando por ello hasta que me muera. Por tanto, he decidido tomar ejemplo de Whoopi Golberg y armarme de valor para grabar yo mismo un vídeo que ejercerá de disclaimer para delimitar los posts antiguos y los escritos a partir de 2018. Así, quien descubra por primera vez en esta página sabrá que si sigue haciendo scroll se encontrará con una versión definitivamente más chunga de mi persona. Se podrá cagar en mis muertos con todo el derecho del mundo, pero al menos irá sobre aviso.

Sin más dilación, aquí tenéis a un blogger bajándose los pantalones muy fuerte:

 

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Ena

Me he reído y, a la vez, me parece una reflexión muy honesta. No es un tema fácil de tratar y no todo el mundo se atrevería. Y, para variar, disfruto leyéndote. Lástima que no te prodigues más 🙂

Todos evolucionamos, todos aprendemos y el contexto también influye mucho. Y no está de mas recordar que todos somos niñatos alguna vez en la vida. Como siempre, un gusto leerte.

Tutieyson

Muy bien dicho Juanki! Todos hemos sido adolescentes, otros lo seguimos siendo mentalmente para los restos ( lo digo por mi).Y, por mucho que hayas cambiado ….no recomendaría mucho a Disney que dirigieras los Aristogatos, acabarían pareciendose a “La fiesta de las salchichas”. Eres un crack, espero con ganas el resurgir de este blog.

Debo

Juankiii te entendemos perfectamente porque te explicas muy bien y eres super listo. Y no pasa nada por las cosis homo o racis o machis,o lo que sea… En mi opinion es solo humor. Besis 🖖

No te has bajado los pantalones.
Te has cortado la polla, le has pegado un lamentón, y se la has tirado a los cerdos, que se han montado una puta bacanal con tu terso y aterciopelado pene.

Al margen de esto, me ha gustado lo de Rutilófilo. Tiene tirón. Me suscribo.

Sno

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