Nadie supo pararme a tiempo

Gravità

27/11/2014

 
Sé lo que estáis pensando. Sacar un vídeo para celebrar el aniversario de un blog que apenas actualiza es el equivalente cibernético a tener un hijo para salvar un matrimonio. Pero qué se le va a hacer. Soy un ser imperfecto que, en lugar de emplear su tiempo libre en escribir posts, se dedica un año entero a grabar un vídeo. Por los viejos tiempos, supongo.

Pero el hecho es que ya son ocho años —y un día; gracias, Youtube— en los que esta página web ha formado parte de mi vida, por lo que supongo que se merecía algo grande. Literalmente.


Gravità

Sí, dura una puta hora. Sí, no lo vais a ver.

Y quizá, precisamente por eso, sabiendo a ciencia cierta que nadie se aventuraría a tragarse una hora entera de autofelación descarada, este vídeo probablemente se trate de la locura más enorme que he creado jamás. Asumo que el hecho de saber de antemano que nadie lo va a ver me ha liberado de ciertas tensiones que podría estar sufriendo ahora mismo.

Y por eso ‘Gravità’, como si fuera miInterstellar particular, aúna y potencia fuertemente tanto lo mejor como lo peor de toda mi carrera. Tiene momentos chapuceros, estrepitosamente chuscos y repugnantes tanto a nivel de guión, como de estructura, como de rodaje y edición. Pero cuando algo sale bien, sale demasiado bien. Y eso se lo debo a mis generadores de carcajadas con patas que son mis colaboradores. Colaboradores a los que ya conoceréis de mis vídeos anteriores, y que aquí han decidido volver a rodar conmigo porque sencillamente son más majos que las pesetas. Eso sí, las nuevas incorporaciones no se quedan atrás. Y este vídeo está plagado de ellas. Hasta aquí puedo leer.

A lo mejor este mediometraje puede ser (y es) un desastre a muchos niveles (guión, dirección, montaje…), pero lo bien que me lo he pasado rodándolo no me lo va a quitar nadie. Este ha sido mi patio de recreo particular. A la par que mi propio infierno personal.

Así que disfrutadlo mientras podáis, los que os atreváis a echarle un vistazo. Enumerad los cameos, criticad los frecuentes fallos técnicos y descargad este temazo desde vuestra plataforma musical favorita.

No me cabe duda de que ésta es la obra más irregular de toda mi carrera audiovisual, y un manual sobre todo lo que no hay que hacer a la hora de abordar un proyecto de estas características, pero espero que se note todo el cariño y el amor que he intentado que impregnase todos y cada uno de sus fotogramas.

Hasta el próximo aniversario.

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A ver cómo os lo explico yo ahora…

Sí, he escrito otro libro. No, por favor, no saquéis todavía las antorchas y los tridentes. Es cierto que he vuelto a dejar de lado las publicaciones en este blog en pos de la redacción del libro, pero esta vez es diferente. Más o menos. Ahora os cuento.

Después de la antología de posts de ‘Ensayo sobre la propiedad de los medios de reproducción: Las miserias de tener un pene como un autocar londinense’ y la preciosa apología al suicidio que supuso el noguerilCáncer de Sida’, me llena de orgullo y satisfacción presentar en relativa primicia mi tercera obra: ‘Perdona si no te llamo, amor…’.

 

Portada

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«¿Y de qué va ‘Perdona si no te llamo, amor…’?» Os estaréis preguntando. Pues detrás de este homenaje en el título a los pedazos de mierda celebérrimos libros de Federico Moccia se esconde la que podría ser la historia de amor más triste del mundo. No, no me refiero a triste en el sentido de que sea una historia trágica, sino triste en el sentido de pocha. Pero para qué me voy a poner pesado, mejor os pongo la sinopsis y acabamos antes:

 

Ser un adolescente no es fácil. Ser un adolescente ligeramente inadaptado es complicado. Ser un adolescente medio gordo, feo, friki, con gafas y marginado socialmente es jodido de cojones.

La vida de Juan Carlos nunca fue precisamente un camino de rosas: Se metían con él en el colegio, su mejor amigo aprovechaba la más mínima ocasión para hundirle la vida y la chica de la cual estaba secretamente enamorado prefería enrollarse con el cani de turno antes que plantearse siquiera tener una relación con él que fuera más allá del mero pagafantismo.

Pero las cosas, a veces, pueden cambiar.

Y otras veces no.

Así que esta es la historia de un niño friki ligándose casi sin querer a la amiga fea de la chica que le gustaba. Y de cómo sale jodidamente mal parado de ello.

 

En este libro cuento la historia de mi primera ex novia. Es una historia comprendida, aproximadamente, entre verano de 2006 y principios de 2010 y que llevo prácticamente 7 años muriéndome de ganas de contar, pero que nunca me llegué a atrever a publicar.

Principalmente porque las heridas aún estaban abiertas y mi intención no era ni por asomo la de hacer daño a nadie que estuviera implicado en la historia. Eso y la cobardía ante la más que posible posibilidad de que me partieran la boca. Pero creo que a estas alturas ya ha pasado el tiempo prudencial, ya es una historia de la que nos podemos reír.

Así que este libro lo disfrutarán especialmente mis seguidores más veteranos, esos que leían diariamente las desventuras de un treceañero casi tan marginado y pringado como engreído y vanidoso, al cual la desgracia se le echaba encima constantemente a modo de tragicómica justicia kármica. Esto es un back to basics en toda regla.

Y ahora, siguiendo la tradición, procedo a responder a las posibles preguntas que os estaréis haciendo:

 

¿Otro libro, hijo de puta? ¡Pero si nadie te ha comprado uno en toda tu vida!

Ya, joder, ya lo sé. Bueno, qué quiere que le diga, oiga, vale que el primero fue una tomadura de pelo, pero ‘Cáncer de Sida’ se vendió muy dignamente.

¿Y por qué tendríamos que leernos éste?

Porque es el libro con el que mejor me lo he pasado a la hora de escribirlo. Por momentos he creído estar ante la obra más divertida de toda mi carrera. También es la mejor escrita. Es lo más parecido a una novela escrita por mí que podréis leer. Son unas 170 páginas muy entretenidas y amenas que se leen prácticamente con la chorra.

Acabemos cuanto antes. ¿Dónde puedo conseguirlo?

¡Ahí viene lo bonito! Si queréis leerlo, lo único que tenéis que hacer es descargarlo aquí mismo. Sí, la edición digital es completamente gratuita, para que la gocéis sin preocupaciones.

¿Que luego, después de leerlo, os ha parecido una obra maestra y sentís el irrefrenable deseo de lucirlo en vuestra estantería? No hay problema. También podéis comprar la edición física, como siempre, aquí mismo. Por sólo 7,99€ (más la horrible clavada que os puedan pegar en los gastos de envío). De momento sólo está disponible en Lulu, pero en unas semanas debería poderse adquirir también desde Amazon.

¿Quién ha diseñado esa maravillosa portada? ¿Qué celebridad prologa el libro en esta ocasión?

La portada corre a cargo del señor Miguel Morales. Ya sabéis, cualquier mierda que queráis diseñar se la encargáis a él, que os quedará súper fetén.

El prólogo es obra del gran Randy Meeks, artífice del delicioso El Blog de Randy y del ruidoso podcast Normas de Equivocación. Formando parte de la tradición habitual, su prólogo puede que sea lo más gracioso y destacable de las 170 páginas de ‘Perdona si no te llamo, amor…’.

 

Así que ya sabéis, si no tenéis nada mejor que hacer esta tarde aquí tenéis una oportunidad perfecta de perder el tiempo. No me queda más que desear que paséis un buen rato leyéndolo y que os echéis unas cuantas risas a mi costa.

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Vosotros, la nueva sangre, la chavalería de hoy en día, la simiente del país —aquí estoy presuponiendo que mi target a día de hoy siguen siendo los treceañeros de turno, creyéndome todavía en la onda, negándome a resignarme a asumir que ya hace años que luzco una larga y abundante pelambrera testicular— supongo que estaréis al tanto de lo que son los memes de Internet.

Para los neófitos, explicándolo rápido y mal: un meme es básicamente una idea (presentada en cualquier formato: vídeo, imágenes, texto, audio…) que se propaga por Internet. Si queréis una explicación mejor y/o menos perezosa, tenéis el artículo de la Wikipedia (aquí, citando medios de un rigor incuestionable).

Últimamente —y aquí estamos hablando de los últimos dos o tres años, porque ya sabéis que éste es un blog que siempre trata temas de rabiosa actualidad— se han puesto de moda los llamados vlogs o videologs (ya expresé mi cariño hacia ellos hace tiempo), y cada vez es más común ver a un montón de jovenzuelos plantándose delante de una cámara y contando sus vivencias, inquietudes u opiniones; como si las tristes vidas de los adolescentes tuvieran interés o supieran comunicar sus ideas con atisbo alguno de gracejo (por favor, suscribíos a mi canal de Youtube).

Juntando los dos conceptos comentados anteriormente, entre los vloggers es natural que surjan también diversos memes adaptados al medio. Y hoy he venido a hablar de los llamados Challenges (Retos), que son la versión 2.0 del «¿a que no tienes cojones de…?», en los que miles de vloggers se retan entre sí para ver si son capaces de conseguir proezas varias. Véase, por ejemplo, el famoso caso del Cinnamon Challenge (Reto de la Canela), donde internautas de alrededor del planeta se grababan a sí mismos tratando de engullir una cucharada de canela sin terminar expulsándola abruptamente por todos los orificios posibles.

 

En el fondo este vídeo es sexy, pero a mí me pone más este otro.

 

Y así, la red poco a poco ha ido plagándose de retos del mismo estilo. Cosas que a muchos os resultarán familiares (y a muchos otros les sonará a chino), como el Chubby Bunny Challenge (consistente en llenarse la boca de malvaviscos y tratar de decir Chubby Bunny repetidamente sin morirse en el intento), el Salt & Ice Challenge (en esencia, rociar con sal alguna parte del cuerpo y luego aplicar hielo para provocarse unas deliciosas quemaduras), el Banana Sprite Challenge (comerse dos plátanos y beber un litro de Sprite consiguiendo no vomitar inmediatamente después).

Es curioso cómo, pese a ser fenómenos mayormente asociados con los adolescentes (es difícil ser así de absurdamente gilipollas en cualquier otra etapa de la vida), no parece haber límite de edad para hacer esta clase de retos. No es raro encontrar vídeos con yayas haciendo el reto de la canela, así como tampoco es difícil encontrar a un montón de chicas jóvenes haciendo el Knee High Sock Challenge.

¿Qué? ¿Por qué me miráis así? ¿Qué pasa? El Knee High Sock Challenge. ¿No lo conocéis o qué? Sí, coño, el reto éste tan popular en el que hay que ponerse unos calcetines altos e intentar quitárselos tumbado bocabajo sin usar las manos. ¿No? ¿Nunca lo habéis visto? ¡Venga ya! Pero si, por lo que he llegado a ver, de todos los retos estos son los más visitas acumulan. Por narices tienen que ser los más famosos. Debe de ser el meme más conocido que existe. ¡¿De verdad que no os suena?! Bueno, en ese caso os pongo uno, para que veais de qué va el asunto. Mirad, mirad…

 

Más de 30.000 visitas, ¡si esto no es un viral, ¿qué lo es?!

 

Aunque debo reconocer que cuántas más veces veo este vídeo, más cuenta me doy de que quizá pueda ser inapropiado que una chica tan joven como ella suba esa clase de contenido. No me malinterpretéis, no lo considero un vídeo ofensivo o con dobles intenciones, pero sí que creo que cabe la posibilidad de que haya ciertas personas que puedan ver en este vídeo algo distinto a lo que la pobre chica pretendía en su momento. Bueno, en realidad tampoco creo que vivamos en un mundo tan malo. No creo que tenga que darle más vueltas al asunto. Después de todo, la gente tampoco está realmente tan jodida como para…
 

Captura de pantalla 2014-03-14 a la(s) 17.39.23

Me cago en mi puta vida.

 

Ésta es la situación. Llevo bastante tiempo cruzándome con esta clase de vídeos. Y pecaría de ingenuo si no tuviera ligeras sospechas acerca de la legitimidad del tipo que alguna vez propuso este reto en primera instancia. Llamadme paranoico, pero tengo la corazonada de que anda suelta una numerosa banda de pedófilos fetichistas de los pies que, hilando muy pero que muy fino, han conseguido que haya cientos de chicas de entre 8 y 16 años produciendo —involuntariamente, quiero creer— PORNARRO en masa y a diario. Una banda de aprendices de Patrice Wilson que, a base de requests (peticiones/sugerencias que se hacen en los comentarios de los vídeos) consiguen que un montón de pobres niñas satisfagan sus más oscuras fantasías sexuales.

Porque aparte de los retos, la mayoría muy relacionados con ver a chicas menores de edad descalzas, también hay otra clase de vídeos basados en… chicas menores de edad descalzas. No hay más que darse una vuelta por los vídeos relacionados del anteriormente expuesto. Existen, por ejemplo, los llamados Best Friend Tags, donde dos mejores amigas hacen tests dignos de la peor Super Pop donde ponen a prueba su amistad. Todos, extrañamente, cortados por el mismo patrón: petardería (pre)adolescente a punta pala, pies descalzos en primer plano y una cantidad muy desproporcionada de visitas.

 

Y sí, a la gorda me la hacía.

 

Luego hay otro tipo de vídeo mucho más intimista, y donde las chicas dejan de lado el rollo vlogger para dar rienda suelta a su vena más artística. En vídeos que suelen llevar por nombre cosas como My Morning Routine o similares, las niñas experimentan con las cortinillas que les proporcionan los programas de edición de vídeo, y entre canciones de sus ídolos del pop favoritos muestran gráficamente cómo suelen ser sus rutinas mañaneras diarias. Cómo no, aunque el envoltorio sea relativamente diferente, nos acabamos encontrando con los elementos de siempre: los My Morning Routine consisten en múltiples planos de niñas de corta edad caminando por sus casas descalzas en pantalón corto, maquillándose, duchándose y quitándose y poniéndose ropa.

 

Que por cierto, no se ducha.

 

Por supuesto, no todo van a ser niñas frívolas y superficiales dedicando horas de su vida a enseñarles al mundo cómo se aplican cacao de labios, sino que en este submundo también hay lugar para el altruismo. También hay niñas ansiosas de compartir sus conocimientos con el resto del planeta. Y de ahí surgen diversos tutoriales tan curiosos como el de pintarse las uñas de los pies, el de depilarse las piernas o éste tan bienintencionado en el que una simpática niña nos cuenta todo lo que ha aprendido en su primera clase de gimnasia.

 

El millón de visitas proviene de gente plenamente interesada en la gimnasia.

 

Tutoriales hay para todos los gustos y colores. Algo a lo que contribuyen, precisamente, las peticiones de los comentaristas. Y de eso quería hablar yo. Todo este post no es más que una lamentable, vil y ruin excusa para mostraros lo bajo que pueden caer los comentaristas de este tipo de vídeos. Es bastante común ver cómo las niñas terminan deshabilitando los comentarios de sus vídeos, y francamente no cuesta mucho imaginarse el porqué.

Los hay más elaborados, los hay más sencillos. Los hay más sutiles, los hay más directos. Los hay más románticos y los hay más viscerales. Pero lo que está claro es que estos hilos si de algo están plagados es de pajilleros indeseables que no hacen otra cosa que no sea tirarles la caña constantemente a las chavalas. De vez en cuando surge alguna voz cuerda por ahí, que pone de manifiesto con suma indignación las intenciones (no demasiado) ocultas del resto de comentaristas, pero por desgracia estas denuncias son rápidamente ignoradas; y además, por algún motivo oscuro que no llego a comprender, no puedo evitar imaginármelos sacándose la chorra justo después de quejarse, exclamando un «…bueno, ¡al lío!».

Y como soy una persona horrible, repugnante y frívola, no he podido evitar caer en la tentación de recopilar y traducir aquí los mejores comentarios que me he encontrado durante mi pequeña investigación. Algunos de ellos, sin desperdicio alguno. Todos completamente reales. Pura tragicomedia.

«Lol hey lauren love your accent haha»
(«Lol, hey, Lauren, amo tu acento, jaja»)

«Do you take requests? If so, I have a really fun one in mind! Please message me! Thank you 🙂 such a great video!»
(«¿Aceptáis sugerencias? Si es que sí, ¡tengo una realmente divertida en la cabeza! Muchas gracias 🙂 ¡Gran vídeo!»)

«u girls should see who can wiggle there toes the longest in the next vid. that be funny lol»
(«Chicas, para el próximo vídeo deberíais probar a ver quién puede mover más los dedos de los pies. Eso sería divertido, lol.»)

«te mamo el cliptoris»

«what kind of a challenge is this you could have done it with a dildo»
(«¿Qué clase de reto es éste? Deberías haberlo hecho con un consolador.»)

«Your sunburn relief video was deleted for some reason…can you please upload it to youtube again please? Thanks much 🙂»
(«Tu vídeo de la crema de protección solar fue borrado POR ALGUNA RAZÓN, ¿podrías subirlo a Youtube otra vez? Muchas gracias :)»)

«You are super patient to teach this. This has helped so much, thank you. Keep up the good work.»
(«Eres súper paciente al enseñarnos cómo hacer esto. Ha servido de gran ayuda, gracias. Sigue trabajando así de bien.)

«You are too funny!!! I can see you as a comedienne 🙂»
(«¡Eres muy divertida! A ti te veo como humorista :)»)

«I would cut off my left nut just to hear her fart through a walkie talkie»
(«Me cortaría el huevo izquierdo con tal de oírla cuescarse por walkie-talkie»)

Eso es compromiso, por cierto.

«Do the leg cross challenge — it’s fun!»
(«Haz el reto de las piernas cruzadas, ¡es divertido!»)

«You do realize that you got almost 3000 views for this video right? Maybe you should do more feet videos and might even get more views.»
(«Te has dado cuenta de que tienes casi 3000 visitas en este vídeo, ¿verdad? Quizá deberías hacer más vídeos de pies, y así quizá conseguirías incluso más visitas»)

Y de todos ellos, aquí viene mi favorito. La obra cumbre de la vileza. Lo ruin en estado puro. Horror y humor se entremezclan elegantemente en una intensa píldora de poco más de 160 caracteres:

«You have gorgeous feet and a cute face and a great attitude I think you will do alright in life. Please show your feet in flip flops and different colour nail polish.»
(«Tienes unos pies preciosos, una carita muy mona y una gran actitud. Creo que las cosas te van a ir muy bien en la vida. Por favor, enséñanos tus pies en chanclas y con otro esmalte de uñas.»)

 

Con todo esto, y pese a que no me cueste echarme unas risas a costa del morro que pueda tener la gente como ésta, hay que tener muy presente lo peligrosas que pueden ser ciertas personas. He escrito este post para invitar a la reflexión. Para que tengamos más cuidado a la hora de educar a nuestros hijos. Para que les enseñemos no sólo los beneficios, sino también los peligros de las nuevas tecnologías.

No se trata de prohibirle al crío que navegue por Internet, ni siquiera de espiarle mientras navega, se trata de hacerles comprender lo que está bien y lo que está mal. Se trata, en esencia, de no apartar la mirada cuando vemos a nuestra hija de ocho años tumbada en el suelo en ropa interior, hablándole a la webcam mientras practica ejercicios gimnásticos. Y sobre todo, lo más importante con diferencia: alentarlas a que se pinten las uñas de los pies con esmalte negro, que es el que da más morbo.

Haha, lol.

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Cabecera

Finalmente ha llegado. Muchos estaban pidiéndolo a gritos. Muchos otros desearían que esta sección siguiera muerta y enterrada. Pero lo cierto es que no he podido evitarlo. La carne es débil.

Este año, en lugar del típico vídeo de felicitación (que luego no ve nadie) o del típico texto kilométrico dando las gracias a los seguidores de siempre (que luego no lee nadie) he tomado la decisión de resucitar aquello que años atrás me hizo alcanzar la gloria: Sí, amigos, el Lunes Bizarro, la sección que inventó el Tumblr, ha vuelto para un especial navideño. Podéis considerarlo mi regalo de Reyes. El peor que os han hecho jamás.

Para los no iniciados, el Lunes Bizarro es una sección antigua de este blog en la que me limitaba a colgar las imágenes más jodidas que me encontrara por Internet (o que me mandaran los lectores) y las acompañaba de un pie de foto jocoso —para los sí iniciados, sería una tomadura de pelo no recordar que era sólo una burda copia del Miércoles Bizarro de Alexliam—.

La putada es que desde aquella movida que tuve con Google las imágenes de éstos se esfumaron por completo, salvándose sólo una edición especial hecha a posteriori. Desde aquel incidente no pude recuperar prácticamente ninguna imagen, por lo que a día de hoy son imposibles de ver. Son un poco como los episodios perdidos de Doctor Who. Sólo que mucho mejores. Pero quién sabe, quizá en el fondo sea mejor así.

Sin embargo, no me resistía a dejarlo morir. Este humilde blog siempre ha tenido una vocación muy trash que no me gustaría que se perdiera por nada del mundo. Así que, sin más dilación, disfrutad del especial después del salto. Espero que hayáis pasado unas felices fiestas y que tengáis un 2014 fetén.

(más…)

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Hola. Buenos días. ¿Qué tal? Sí, he vuelto.

Probablemente éste haya sido el periodo de tiempo más largo que he pasado sin escribir nada en este blog, pero eso no significa que tengamos que darlo por muerto. Muerto lleva desde 2009. Cuanto antes lo asumamos todos, mejor.

De todos modos, he estado haciendo algunas cosillas de las que pronto recibiréis noticias (no quiero abrir la boca de momento para no gafarlo, que ya me conocéis). También os alegrará saber (o no) que he renovado el dominio durante un año más. Y no os mentiré, el desembolse de los 10$ anuales ha sido el único un motivo de peso para escribir este post. Que ya que he pagado por una temporada más, qué menos que amortizarla dándole un poco de vidilla a esto.

Además, que algunas personas ya me han dicho que actualizara porque lo de Pedro ya huele. Aunque eso, a mi entender, creo que es un tema que mejor lo deberíais tratar con su madre. No es cosa mía.

Hoy he venido a hablar de vídeos virales de Internet (sí, como si fuera el puto gordo de En el aire). Supongo que los que estéis un poquito al corriente sobre el tema sabréis cuál es el vídeo viral que más lo ha ido petando últimamente, el que más atención mediática ha recibido. No, coño, el de la canción del zorrito no. Me refiero a ‘Chinese Food’, el temazo de Alison Gold que rivaliza con ‘Súper Disco Chino’ por el título de la canción más sorprendentemente racista a la par que pegadiza de la historia.

¡¿Cómo?! ¿Que no la habéis escuchado? Echadle un ojo, echádselo, que no tiene desperdicio alguno. ¿Eh? ¿Que estáis leyendo este post desde el móvil o la tablet? Bueno, no pasa nada, yo me espero a que lleguéis a casa y os lo veáis desde el ordenador. ¿Que no tenéis ordenador? Os podéis ir metiendo la era post-pc por el mismísimo ortogonal.

 

Get me broccoli while I play Monopoly…

Desde la primera vez que lo vi, me confieso absolutamente incapaz de quedarme con una sola cosa. Todo el vídeo al completo me parece fascinante en sí mismo: las rimas dignas de la más nauseabunda Ana Torroja (o del mejor Tampón), el delicioso racismo que impregna cada uno de los fotogramas (destacando especialmente la escena de las geishas japonesas en un restaurante chino), los subtítulos con Google Translator, la extrañamente festiva apología pedófila que propone (nunca creí que una niña pudiera ponerme tan cachondo pronunciando la palabra ‘noodles’)

 

Hansen

Why don’t you have a seat right over there…?

Aunque ese Pedobear negro (debo autofelicitarme por lo fino que he hilado con este chiste) me sonaba de algo. Algo me decía que no era la primera vez que veía a ese hombre que se escondía bajo el disfraz de entrañable puercoespín. Aquel señor que parecía estar pidiendo a gritos una charla en el salón con Chris Hansen ya había llamado mi atención en alguna otra ocasión. La cuestión era dónde. No tardé en hallar la respuesta: Era el mítico rapero negro de ‘Friday’.

 

R-B, Rebecca Black…

Después de ejercer una exhaustiva labor detectivesca (consistente en una búsqueda en Google y Wikipedia, más una ojeada rápida a los comentarios en Youtube) descubrí finalmente quién era ese individuo y qué era lo que le llevaba exactamente a retozar en céspedes con preadolescentes en provocativos shorts llevando puesto un disfraz de oso y fardar de ello en Internet.

Patrice Wilson es su nombre. El rey del autotune, el co-fundador de la discográfica ARK Music Factory y del infame sello Pato Music World. Sello dedicado única y exclusivamente a sacarle el dinero de la forma más ruin a las madres ricachonas que quieren darle a sus hijas el capricho de producirles un single. Así, enriqueciéndose a costa de la ilusión unas pobres niñas cuya hipotética (aunque improbable) carrera musical se verá totalmente destruida en el proceso, Patrice compone las canciones, escribe las letras e incluso se reserva un cameo de honor en los videoclips.

Esto último, en ocasiones, a traición. A última hora, sin consentimiento alguno de la niña o los padres. Notable fue el mosqueo que se llevó Rebecca Black al ver el absurdo rap sobre adelantar autobuses escolares que se marcó el muy gañán.

Salmorejo

La regla es el nuevo salmorejo

Al ver cómo se ganaba la vida resquebrajando la reputación de posibles jóvenes promesas —tampoco es que parecieran tener mucho futuro por delante, pero démosles el beneficio de la duda— mientras alimentaba su ego y de algún modo se las arreglaba para estar siempre rodeado de jailbaits, poco tardó en destronar a Terry Crews convirtiéndose de cabeza en mi nuevo negro favorito.

Lo irónico del asunto es que, gracias a él y al single ‘Friday’, Rebecca Black tiene ahora una notoriedad en Internet que habría sido completamente inviable sin él. Así, la jovenzuela a día de hoy se ha convertido en una vloggerporque Dios sabe que no hay suficientes— (que aprovecha a la mínima para echar pestes sobre Patrice) y sigue sacando canciones que, pese a seguir siendo mojones, cuentan con algo más de respaldo por parte de la crítica. Y es que ‘Friday’ ha sido, en el fondo, un regalo para ella. Rebecca sabe que, haga lo que haga a partir de ahora, nada va a ser peor que aquello. Es un colchón de seguridad como la copa de un pino.

Pero Patrice sigue consolidándose como puto amo, como podemos ver en su canción ‘H.A.P.P.Y.’, vendida como una secuela oficial de ‘Friday’, en la que no sólo se defendía de las críticas con cierto sentido del humor, sino que además aprovechaba la ocasión para bailar con jóvenes gimnastas y comprar tartas a niños pequeños. Nunca antes la felicidad había sido tan peligrosa. Nunca antes había tenido una certeza tan absoluta de que un artista ha sodomizado a todos y cada uno de los extras de su videoclip.

 

‘Fat Usher’

Y es que si algo hay que reconocerle es que, aparte de ser una sanguijuela timadora, un depredador sexual y un horrible compositor; lo que es, es un cachondo. Tanto que resultó prácticamente inevitable que no llamara la atención de humoristas de la talla de Jimmy Kimmel (que, para que os hagáis una idea, es una especie de Andreu Buenafuente cuando no hacía programas basados en poner cosas de Internet), el cual precisó de su ayuda a la hora de producir una canción para su programa. Una canción que, personalmente —y esto va sin ironía—, me tocó por completo la fibra sensible. Me sentí totalmente identificado con ella. Es el himno que cualquier grupo de colegas debería tener. Una auténtica obra maestra.

 

Eating sausages and hanging out…

Mientras tanto, Rebecca Black sigue guardándole un rencor enorme a Patrice. En el fondo no es para menos, teniendo en cuenta que por su culpa ostenta el honor de haber publicado la considerada peor canción de la historia. Pero, por mucho que intente huir del tipo que la hizo millonaria, no puede evitar caer en la tentación de intentar repetir el éxito que éste le otorgó. Pero esos intentos siempre son en vano. Aquí tenemos el más reciente y lamentable de todos ellos, en el que por muchas críticas veladas que haya hacia el bueno de Patrice (tan sutiles como un ladrillazo en la frente, todo hay que decirlo) no hace más que poner en evidencia que sin el negro pedófilo de sonrisa inquietante esto no vale ni para hacer caldo.

 

No Patrice, no party

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Todo aquel que me siga en Twitter estará al corriente de que durante estas tres últimas semanas he estado ejerciendo de babysitter. Concretamente, el niño en cuestión fue Pedro, mi primo pequeño de apenas 2 años. No es ningún misterio que los niños pequeños no son precisamente santo de mi devoción, pero como mis abuelos se han ido todo el mes de vacaciones y mi tía no tenía a nadie más a quien endosárselo mientras iba a trabajar, me ofrecí voluntariamente a ello porque quería comprarme un iPhone 5 para que la pobre no tuviera que gastarse un dineral con un canguro de verdad.

Cuidar de los críos de mi familia no era algo ajeno para mí. Ya tenía cierta experiencia en ello, gracias a los dos últimos veranos cuidando de mi otro primo. Pero éste es bastante mayor que Pedro y más fácil de cuidar. Pedro representa algo más que un reto para mí. Por muchos motivos. Para empezar, hay que cogerle cariño. Cosa que no era tarea fácil: El niño es feo. Pero feo de cojones. Ha salido al culo de su padre. Hay mucha gente que afirma que todos los bebés o niños pequeños son guapos. Toda esa gente puede ir ya cogiendo número para comerme los huevos.

Así, de primeras cuesta bastante empatizar con él. No exagero si os digo que he visto mandrágoras que me provocan bastante más ternura que él. No parece un niño de 2 años, parece un personaje al que interpretaría Andy Serkis mediante captura de movimiento. No penséis que me estoy aquí cebando gratuitamente con el pobre crío, lo único que digo es que una vez le hice una foto con Instagram para ver si mejoraba y que ni por esas. Y si Instagram falla, yo ya no sé en qué creer. No obstante, está claro que (al contrario de lo que pasó conmigo) conforme vaya creciendo será mucho más guapo que ahora. A peor no puede ir, y eso ya es un consuelo. Y afortunadamente es un niño graciosete y simpático. Más le vale aferrarse a ello como a un clavo ardiendo, pues es lo único que tiene.

 

Foto del día 06-07-13 a la(s) 11.55

Disfrutando de su compañía

 

Dejando a un lado la empatía que pueda provocar y/o lo difícil de ver que sea, otro de los motivos por los cuales representa un reto para cuidar de él es la facilidad que tiene para ponerse constantemente en peligro de muerte. Todos sabemos que resulta bastante complicado encontrar a un crío de 2 años con un instinto de supervivencia que no deje mucho que desear, pero con Pedro estamos hablando de que es prácticamente imposible para él pasar más de cinco segundos sin dirigirse hacia una muerte segura. Tiene muy poco amor propio.

Recuerdo verle hace unos días, buscando nuevas técnicas de subsistencia, experimentando con la retroalimentación, tratando ingerir su propia mano. Supongo que le habría picado el gusanillo, así como de repente, y no se le ocurrió otra cosa que pegarle un muerdo a su extremidad más cercana. El procedimiento consistía en morderse la mano, emitir un fuerte quejido, quedarse unos segundos mirando su mano en silencio, volvérsela a morder y volverse a quejar. Se mantuvo así, ese bucle, durante quince minutos. Se le pueden achacar muchas cosas, pero es innegable que tiene voluntad y perseverancia como para parar un tren.

Ya os he comentado que la mayor baza de Pedro para ganarse el cariño de la gente que le rodea es la de su simpatía. Y es que la mayor parte del tiempo se trata de un niño gracioso y simpaticote, sonriente, muy salado. El problema viene cuando deja de serlo y se convierte en un hijo de perra desconsiderado. Cuando se revela como un capullo que lo único que sabe es hablar de sí mismo en tercera persona y de lo que quiere comer. Cuando te pide una cosa, en su idioma ininteligible, y te suelta un grito irritante si no se la das al instante (complicado, puesto que lo habitual es no entender una sola palabra suya) y en la cantidad y soporte que él crea conveniente.

 

2013-07-13 14.13.29

Es como si no quisiera que le quiera…

 

Con especial odio recuerdo aquella vez cuando, largos minutos de ensayo/error mediante, descubrí que lo que estaba pidiéndome entre berreos se trataba de agua proveniente de la garrafa (que no de la botella de 1,5L de la que también disponemos) y servida en un vaso de plástico (que no en la botella de 500cl donde nos la suele pedir a veces) que debía de estar lleno hasta arriba y que no podíamos suministrárselo bajo ninguna clase de asistencia, sino que quería sostenerlo él solo y bebérselo por su cuenta. Me recuerdo a mí sujetando el vaso con fuerza, justo en el momento en el que descubrí que pretendía sostenerlo él y que no iba a permitir ayuda alguna, mientras él cargado de rabia intentaba arrebatármelo de las manos. Lo cual provocaría un inevitable charco de agua en el suelo si se me ocurría ceder.

Durante aquel forcejeo, en el que sucumbí ante una tremenda impotencia, lo único que me consolaba momentáneamente era fantasear con la idea de asesinar a aquel mocoso desconsiderado con cualquiera de los objetos que se hallaban entre las cuatro paredes que nos rodeaban. Apaciguaba mi ira parándome a pensar en lo extremadamente sencillo que sería acabar con su vida. Me alegraba pensar en la fragilidad de su existencia. Fragilidad pese a la cual él seguía jugando muy duro, cargado de mala hostia y tirando fuertemente de ese vaso. «Cabrón, aún no te quiero lo suficiente como para que me importe que sigas respirando, ¿de verdad crees que lo más sensato es seguir poniéndome a prueba?».

 

2013-07-13 16.19.01

Hasta al quedarse dormido demuestra poco aprecio por su vida, el gilipollas…

 

No tardé demasiado en descubrir que el truco más sencillo para calmar a la bestia consistía en ponerle la tele. Normalmente solía bastar con dejarle puesto Clan TV para que me dejara en paz durante unos minutos y que, de paso, no intentara morir otra vez. Pero no os creáis, que el muy desgraciado también me daba por culo con ese tema. Todo iba bien siempre y cuando estuvieran emitiendo la mierda que a él le gustara, pero en cuanto la programación dejaba de ser de su agrado, ni corto ni perezoso, se dirigía cargado de arrogancia hacia el televisor y lo apagaba. No, no preguntaba antes, no se paraba a pensar que quizá la televisión no fuera sólo para él. Ni siquiera nos pedía que cambiáramos de canal. Simplemente se levantaba y pulsaba el botón de apagado al grito de «¡No gusta!». No, por favor, no lo leáis con una voz mona. Leedlo con la voz de capullo que le corresponde.

Y entonces fue cuando hallé la luz: DVDs. Benditos DVDs. Poniéndole una película que le gustara, lo tendría entretenido durante no menos de 70 minutos y sin correr el riesgo de que se levantara a apagar la tele. Como vi que respondía bien ante Bob Esponja, busqué por la estantería alguna película de éste y finalmente la encontré. Se la puse. Cometí un grave error. El crío se quedó totalmente embobado mirando fijamente a la pantalla. Con una seriedad y frialdad impasible. He dicho ‘embobado’, pero creo que el término más adecuado es el de ‘petrificado’. Me hizo un José Bretón. Durante el tiempo que permaneció en ese estado, creí haber roto su psique por completo. Le había jodido el Sistema Operativo. Por suerte, en algún momento recuperó la consciencia y pude dejar de preocuparme, pero el susto no me lo quitó nadie.

Como sabía que era complicado que la gente creyese mis palabras, me tomé la libertad de tomarle unas cuantas fotografías desde diferentes ángulos, y os juro por lo más sagrado que su posición no varió ni un milímetro durante mi improvisada sesión fotográfica. Es más, me aventuraría a decir que ni siquiera advirtió mi presencia:

 

Ángulos

Primómano

¡PAPÁ, AGUA!

 

Sustos jodidos aparte, si de algo me han servido estos días como canguro doy por seguro que no ha sido para aprender a tratar mejor con los infantes. Sin embargo, sí me han servido para percatarme de lo realmente venida a menos que está hoy en día la programación televisiva dirigida hacia ellos. Quitando excepciones como Phineas y Ferb, Jelly Jamm o —qué cojones— incluso Dora, la exploradora, el resto es una jodienda muy venida a menos (al primero que diga Hora de Aventuras le rompo una barra de pan en la cabeza). Y me gustaría profundizar en un programa que, a mí personalmente, me rompió muchísimo por dentro. Jamás volví a ser la misma persona después de verlo. Me dejó el ojete totalmente torcido.

Dino Trenes el programa en cuestión. A simple vista parece una serie cutre CGI como cualquier otra. Sí, de estas que dan tanta grima. En serio, productores de televisión infantil, si no podéis hacer una serie CGI sin que parezca que seguimos viviendo en 1999, no hace ni puta que os pongáis a ello. Dejad que avance la tecnología, de momento nos conformamos con los dibujos animados normales de toda la vida. En serio. De verdad. De deporte. Que si no, así nos salen luego los niños de apollardados, que tratan de usar sus extremidades para picar entre horas. De todos modos, esta serie no parecía destacar para mal demasiado. Tenía pinta de ser la típica basurilla educativa inofensiva. O eso pensaba hasta que me dio por prestar atención a uno de sus múltiples episodios. Como sé que, escriba lo que escriba, no le puede hacer justicia, prefiero que lo veáis vosotros con vuestros propios ojos:
 


¡No los agitéis demasiado!

No tengo mucho más que decir. Aclarado esto, voy a refrescarme con mi rabo puntiagudo.

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Bueno. Señoras, señores, el temido momento ha llegado: Me estoy haciendo viejo.

Al menos, anímicamente. Sí, sé que quizá resulte algo precipitado emitir dicho veredicto tan pronto, pero lo cierto es que estoy bastante seguro de haber llegado a mi límite. ¿Que por qué digo eso? Porque me he dado cuenta, así como de repente, de que lo que vendría siendo la tecnología ‘de ahora’ me está empezando a tocar un poco la lomera de los huevos.

En realidad no ha sido tan de repente. Llevo en este estado desde que me vi obligado, progresivamente (y prácticamente a la fuerza), a dejar de utilizar Messenger para pasarme al incomodísimo chat de Facebook, debido a que el 90% de mis conocidos ya sólo frecuentaban dicha red social y si les mencionabas Gtalk lo más posible es que les sonara a chino. En aquel momento eso ya me mosqueó, pero le resté importancia e instalé Adium en el Mac para no tener que lidiar directamente con ese horrible y diminuto chat o con la página principal de Facebook cargada de fotos canis e información irrelevante para mí cada vez que quería dirigirle la palabra a alguien.

Las redes sociales complicaron y pervirtieron nuestras vidas hasta límites inimaginables, pero no es eso de lo que voy a hablar ya que no es lo que verdaderamente me preocupa. Además, para hacer crítica social de baratillo al respecto ya tenemos ‘Black Mirror’, que lo saben hacer bastante mejor que yo y con un 15% más de zoofilia.

Una cerdada de serie

¡Garantía genial!

Con la llegada de los smartphones, que es un término precioso utilizado generalmente para referirse a esos móviles que son como los iPhones pero en mal, la cosa empezó a resultar cada vez menos cómoda para mí. Y ya cuando se empezaron a comercializar las tablets (cuya utilidad aún a día de hoy me resulta cuestionable) a saco, fue cuando me empecé a preocupar fuerte. Y no por el atontamiento de la sociedad, que eso es algo que asumí desde hace bastante tiempo, sino por lo realmente incómodos y poco prácticos que son estos aparatos y por lo mucho que me iba a tocar las pelotas el hecho de tener que familiarizarme con las horribles interfaces de sus programas más populares. Lo habéis adivinado, voy a hablar de WhatsApp.

WhatsApp es una aplicación de mensajería instantánea para los móviles de última generación. Representa el sustituto perfecto de los SMS, y hay que reconocerle no sólo su utilidad, sino la gran cantidad de dinero en mensajes o llamadas cortas que nos hemos ahorrado gracias a él. Hasta ahí muy bien. El problema viene cuando dejamos de utilizarlo fuera de casa y pasamos a darle uso dentro del hogar. ¿Por qué es eso un problema? Porque al ser un programa dirigido hacia plataformas móviles, está bastante limitado y tiene montones de carencias sobre las cuales sólo nos percatamos cuando le damos más uso del que le deberíamos dar.

Dicho de otra manera y dejándonos de eufemismos: No, si estás en tu puta casa y yo estoy en la mía, no pienso hablarte por WhatsApp teniendo mi ordenador delante. Me niego a escribir desde la incómoda pantalla táctil de mi móvil cuando tengo delante un jodido MacBook Pro con Pantalla Retina de 1700€ cuyo coste quiero amortizar. No voy a destrozarme el cuello y la espalda pasándome las horas tumbado en la cama ligeramente encogido y encorvado hablando contigo desde WhatsApp sólo porque a tus pesados y sudorosos huevos les da pereza encender el portátil.

Uso real del iPad

Así que para eso servía el iPad…

Pero más me jode esa gente que se conecta a Facebook desde el móvil, porque es imposible mantener una conversación con ellos. Se puede intentar a ratos, pero tarde o temprano acabarán diciendo que no pueden hablar, ya sea porque están ocupados o porque se encuentran en un contexto poco apropiado para mantener una conversación, pero reaccionan poniendo siempre la misma excusa: «Ahora no puedo hablar, estoy desde el móvil». Bueno, en ese caso, si sois de ese tipo de personas os voy a dar un consejo gratis, para que veáis que mi blog también puede ser útil e instructivo.

Si estáis desde el móvil y no podéis hablar, no os conectéis a FacebookPedazo de subnormales.

Hace unos meses, cuando me enteré de que WhatsApp iba a empezar a cobrar una cuota anual de 89 céntimos, me cabreé como pocas veces lo había hecho. Y no porque me pareciera injusto o porque fuera a impactar directamente en mi economía (pues los usuarios de iPhone, en principio, no tienen que volver a pasar por caja), sino por la cantidad de necios que rápidamente decidieron pasarse a Line sólo para no tener que gastar un sólo centavo en un programa que, de todos modos, ya les había ahorrado unos cuantos.

Si ella lo usa

Si ella lo usa, ¿qué posibilidades hay de que el usuario medio de esto
no sea retrasado mental?

Por suerte el asunto se calmó un poco, porque no estaba en absoluto dispuesto a dar el salto a Line para hablar con mis conocidos. Y es que, sintiéndolo mucho, Line es una mierda. Un zurullo de proporciones bíblicas. Es feo, incómodo, está plagado de un montón de chorradas sin interés para cualquier persona que tenga más de cinco años, lleva publicidad y su cliente de escritorio (el único aliciente que podría tener para mí) no tiene soporte para mi flamante Pantalla Retina. Ergo por mis cojones que esta vez no pensaba pasar por el aro.

Hace también unos días se presentó la nueva Xbox One, que junto a la ya anunciada Playstation 4 compiten por el trono de ser la videoconsola menos focalizada en los videojuegos de la nueva generación. Que si centro multimedia, que si consola social, que si herramienta creadora, que si poder grabar mi partida en cualquier momento y subirla en la nube para que los contactos de mis redes sociales la vean… Un montón de morralla que en mi cerebro se traduce como: «Vas a pasarte el 60% del tiempo que quieras emplear jugando a videojuegos en cerrar ventanitas de notificaciones». Y es algo que me desanima. Me desanima bastante.

Gayy U

Mandará huevos si esta mariconada acaba siendo la mejor opción…

Así que, por desgracia, a mis casi diecinueve años de edad, tengo que verme obligado a decir esa frase de mierda de que en mis tiempos las cosas molaban más. Y en el fondo sé que eso es una chorrada, y que no todo lo nuevo es negativo ni mucho menos. Pero sin embargo noto cómo mis cojones se van hinchando cada vez más frecuentemente, y temo que un día de estos me vayan a reventar. De todos modos, mantengo la esperanza de que la situación no llegue a esos extremos.

Seguiremos informando, ‘o algo’.

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Gentleman

19/04/2013

 
Si no recuerdo mal, fue el verano pasado cuando mi querido amigo Mateu prácticamente me forzó a abrirme una cuenta en Badoo. Se pasaba todos los días hablándome de ello y pidiéndome una y otra vez que me registrara, argumentando que era la polla y que me iba a encantar.

No es que tuviera yo demasiado interés por intentar hincar porra en la que se ha ganado por méritos propios ser considerada la mejor página web dedicada al apareamiento cani del mundo, pero ya que estas cosas siempre tienden a garantizar risas mil, acabé cediendo por mera inercia y abriéndome la cuenta. Huelga decir que el mismo día que me registré Mateu empezó a echar pestes del sitio, diciendo que se iba a borrar la cuenta porque era una mierda que no servía para nada. Sigo dirigiéndole la palabra, por algún motivo que definitivamente escapa a mi entendimiento.

Pero decidí darle un mínimo de crédito a la página y ver qué era exactamente lo que podía ofrecerme, y la verdad es que no me decepcionó en absoluto: En cuestión de unas horas ya habían intentado ligar conmigo cuatro chonis y un travesti. Bueno, debo matizar que creo que una de esas chonis era en realidad un par de niñas de siete años cachondas y aburridas en una fiesta de pijama. Y, aquí es cuando tengo que ser totalmente sincero con vosotros, el travesti no tenía la menor intención de ligar conmigo, sólo quería hacer publicidad de un salón de masajes con final feliz cercano a mi barrio.

Y aunque no le presté mayor atención a dicha plataforma ya pasados unos días, las propuestas de las sirenas (aka. mujeres con cola) no cesaron ni lo más mínimo. Y el problema es que no hacían más que hundir mi ya de por sí difunta autoestima, pues no sólo no se conformaban con tener unos penes que me dejarían en evidencia a mí y al 45% de las razas equinas, sino que además sólo pretendían contactar conmigo con el objetivo de ofrecerme prostitución. No quieren ligar conmigo y por si fuera poco me ven cara de putero. Y de putero gay.

Captura de pantalla 2012-08-09 a la(s) 21.31.45

Creo que es mucha mujer para mí…

Finalmente acabé borrándome la cuenta, aunque debo reconocer que tardé bastante más de lo aconsejable. Quizá debido a que en el fondo me causó más carcajadas de las que tenía previstas, quizá debido a lo mucho que me puede el morbo, pero llegó un punto en el que ya no daba abasto, viéndome abrumado ante semejante jauría de rabo perfumado.

Y es que me he dado cuenta de que soy una especie de imán de shemales. El otro día, sin ir más lejos, estaba haciendo mi inspección rutinaria por las páginas pornográficas que suelo frecuentar, recopilando en pestañas un surtido de vídeos en streaming para mi inminente goce personal junto a mi sonrojado samurai cíclope, cuando de repente me encontré con un vídeo que por la miniatura parecía bastante apetecible. De hecho, pintaba tan bien que me lo guardé para el final, para que fuera el plato fuerte.

Una vez en plena faena, cuando me paré a verlo me di cuenta de que el nombre de dicho vídeo era «Massively Hung Shemale». Lo cual es curioso, porque de entre todos los equívocos que podría tener en este tipo de situaciones, me tuvo que tocar precisamente el más embarazoso de todos ellos. No tendría la suerte de que el vídeo, por algún casual, se llamase «A Little Bit Hung Shemale». ¡No, no! Tenía que ser «MASSIVELY». Por sus cojones, me tuve que topar con el travelo con la polla más gorda de todo Internet.

Y yo creo que todo esto debe de tener algún sentido. Si nos paramos a pensarlo, todo son indicios que me llevan a creer que el universo está tratando de decirme algo. Demasiadas señales desde todas partes, no puede ser casualidad. No puedo seguir fingiendo que no pasa nada, no quiero seguir ignorando las señales como si la cosa no fuera conmigo. Se acabó hacer oídos sordos. ¿Quién soy yo para luchar contra el destino?

Así que, si me lo permitís, me tengo que ir ausentando ya, que me acabo de alquilar una habitación para esta tarde en el Perla Negra. Por un tema. Ya si eso os voy contando luego.

Deseadme suerte ‘o algo’.

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Chica del Metro

24/02/2013

 
Esto que os voy a contar ocurrió hace unas cuantas semanas ya. La historia, para variar, empieza conmigo, como cada tarde, volviendo a mi casa en mi rutinario viaje de Metro.

Estaba yo tan tranquilo con mis cosas, escuchando música, pero pronto me di cuenta de que estaba compartiendo vagón con una preciosa chica pelirroja, que no aparentaba más de diecisiete años, y de la que si bien no capté demasiado su atención, en el fondo eso me aliviaba de sobremanera. Pues ya os he comentado alguna vez que yo, es subirme en el Metro y mutar en un repugnante ser que inspira de todo menos confianza.

Y os juro que no lo digo por exagerar. Como últimamente hace un frío de cojones, me veo obligado a llevar un abrigo gigantesco que, si bien me protege del frío durante mi trayecto por la calle, al llegar al Metro me entra el bajón repentino y el sudor empieza a rodear y empapar todo mi cuerpo, a pegarse por todo mi pelo. Mi pelo, que ya es un hijo de la gran puta de por sí, en cuanto se moja un poco parece que lleve un comb over en toda regla.

El abrigo me hace aparentar 10 kilos de más, el peinado Anasagasti que se me forma me aviejuna, y el sudor directamente desintegra por completo cualquier diferencia que pudiera tener físicamente mi cuerpo con el de Philip Seymour Hoffman en ‘Happiness. Bueno, y en la vida real también.

Como me daba vergüenza que una chica tan mona me viera con el look de violador en serie, y pese a tener la certeza de que jamás la volvería a ver, rápidamente me dirigí hacia la puerta del vagón justo cuando el Metro se aproximaba a mi parada. Yo ya tenía el dedo puesto sobre el botón de la puerta, para abrirla en cuanto llegara. Ya sabéis, esos momentos de tensión extrema en los que estás esperando a que se pare el Metro y se ilumine la lucecita verde que rodea el botón, esos Quick Time Events del Mundo Real™.

Pero para mi sorpresa, veo que la chica también se baja en esa misma parada. Y me cago un poco en la puta, porque me percato de que ya me ha echado el ojo. Y me dirigió una mirada no precisamente agradable. Puso una cara d’ensumar merda que acojonaría a cualquiera. Por lo tanto, huí lo más rápido que pude por el largo pasillo de la estación. Como tengo que hacer un transbordo, me fui corriendo hacia la otra línea donde tengo que coger el siguiente Metro. Bajé las escaleras muy deprisa, como una exhalación, sólo para llenarme de frustración al ver que la chica me iba detrás y se subía exactamente en el mismo vagón que yo. Otra vez.

Ahí es más o menos cuando todo empieza a importarme una mierda. Asumo que ya me ha visto, que ya tiene plena constancia de que soy un despojo humano, así que decido dejar a un lado toda esa mierda y seguir con mi vida como si nada hubiera pasado. Pero lo más jodido aún estaba por llegar.
 


Dramatización: La imagen que doy en el Metro.

 
En cuanto llego a mi parada y salgo por la puerta, veo que la chica también se baja. Es más, en esta ocasión toma la iniciativa y se me adelanta ella, subiendo las escaleras a toda prisa. No contenta con bajarse por segunda vez consecutiva en la misma parada que yo, descubro que al salir al exterior se pone a subir exactamente por la misma calle por la que tengo que subir yo a diario. Y es una calle cuya cuesta arriba puede durar más de siete minutos.

Siete minutos que se tornan agonizantes. Ella camina rápido, pero yo también. Da totalmente la impresión de que la estoy siguiendo. No quiero ralentizar mi ritmo, pero no por ella, sino porque tengo prisa. Intento adelantarla, es peor, acorto la distancia con ella y nos quedamos a apenas unos centímetros el uno del otro. Es muy tétrico. Soy muy tétrico. Sólo quiero llegar a mi casa y acabar con esto de una vez. Al final, la chica me dio esquinazo desviándose por una dirección contraria a la mía, y todo terminó.

O al menos así habría sido si esta situación no se hubiera repetido una y otra vez desde ese día en adelante. Y cada vez noto que se percata antes de mi presencia, y cada día me mira peor, desconfía sistemáticamente de mí. No la culpo, tengo la palabra ‘violador’ escrita en la frente.

Sí, sé que hay posibles formas de solucionar esto. Por supuesto que puedo cambiar de calle, por ejemplo, pero yo a esas horas tengo prisa por llegar a casa y en su momento diseñé el camino más óptimo para llegar cuanto antes. El problema es que ella piensa igual que yo: En la primera estación, nos esperamos justo en el centro del andén, que es donde más cerca nos queda del pasillo que nos lleva a la otra línea; en la segunda estación nos ponemos en el último vagón que nos deja delante de la salida; subimos por la calle que nos lleva más directos a nuestros respectivos hogares. Ergo estamos condenados, por nuestra extrema cabezonería y meticulosidad, a coincidir sí o sí.

Pero cada vez resulta más incómodo. A cada día que pasa tengo la impresión de parecer más un yonki, un mendigo o un violador. Y como la situación se me antoja insostenible por todas partes, lo único que se me ha ocurrido para suavizar la tensión entre ambos es dedicarle este vídeo para hacer las paces, y que sea lo que Dios quiera:
 


Esto va por ti, chica del Metro.

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Como ya he manifestado en muchas otras ocasiones, soy una persona extremadamente fetichista. Y uno de los fetiches que he tenido toda mi vida han sido las gafas. Últimamente esto está jodiéndose un poco a raíz de que se pusieran de moda las gafas gigantes de puta moderna, por culpa de las cuales está desapareciendo poco a poco mi adorado cliché de chica mona de gafitas y está sustituyéndose por el de zorra hipster indeseable. Eso en ningún momento ha impedido que sigan encantándome, pero tengo muchas más reservas que antaño.

Llevo usando gafas desde que tenía ocho años, y en ningún momento eso representó una desgracia para mí, más bien al contrario, siempre había envidiado a la gente que las llevaba. Si bien no di con mi modelo adecuado hasta verano de 2007, cuando encontré mi montura definitiva. Montura que fui comprando año tras año conforme me la iba cargando (por suerte me la reventaban siempre en el instituto, me solían destrozar las gafas de un pelotazo en la cara en las fatídicas clases de Educación Física, y me la pagaba el seguro del centro).

 

El SWAG era esto.
 

Eran maravillosas. Tenían el punto medio ideal entre pasta y metal. No eran demasiado grandes ni demasiado pequeñas. No llamaban mucho la atención, pero tenían ese rollete carismático y desenfadado que mi triste careto necesita desesperadamente para no parecer un depredador sexual. Por eso me resistí muchísimo a desprenderme de ellas, haciéndome con el mismo modelo año tras año.

Pero la mierda ocurre, los años pasan, las monturas dejan de fabricarse… Y tras dos años sin graduarme la vista, ésta se me jode y la montura también. Al final, la situación era insostenible y yo necesitaba con cierta urgencia unas gafas nuevas. Y esta vez tenían que ser nuevas de verdad.

Si bien no llegué a encontrar nada parecido a la montura de la que estaba tan enamorado años ha, terminé haciéndome con unas que no estaban nada mal. Tenían un rollo más maduro que, después de todo, no me iba a ir del todo mal ahora que soy una persona adulta. ¿El problema? Como dije, también me graduaron la vista.

 

Están bien, pero no tienen tanto flow.
 

Y en ese momento en el que estoy en la óptica, me entregan mis gafas nuevas ya graduadas, me las pongo y puedo ver por fin mi cara en el espejo, y es entonces cuando años y años de haber conseguido cierta seguridad en mí mismo se van al garete, cuando todos esos complejos ya enterrados desde el fin de mi preadolescencia afloran de nuevo, cuando de repente tengo que afrontar en apenas unas décimas de segundo que era en ESO en lo que me había convertido todo este tiempo y que no me había percatado de ello hasta ahora.

Es ahí cuando caigo en lo feliz que era con mi desenfoque gaussiano permanente. Ahora que veo la realidad en Blu-Ray, que tengo que volver a asumir el verme en HD delante del espejo, es cuando me doy cuenta del bajón que he pegado durante estos años. Impacta todavía más por culpa del espejo de la óptica, que tiene muy mala leche. Yo ya sabía que no estaba bien, era algo que más o menos podía intuir, pero no llegaba a darme cuenta de cuán jodida estaba la situación hasta que me la encontré delante de mis narices.

Ya mencioné hace tiempo que mi familia suele echarme en cara lo guapo que era de pequeño y lo mucho que me he venido a menos con el paso de los años. Mi tía suele referirse a ese fenómeno como a ‘La Metamorfosis de Juanca’. Sí, en cualquier otro contexto sería cojonudo que mi tía citara a Kafka, lo jodido es cuando lo hace para llamarme cucaracha. De todas maneras, a día de hoy puedo corroborar más que nunca que tenía razón. Algo demoníaco ha ocurrido con mi cara.

 

Así están las cosas. Así de mal.

Y como darme cuenta a estas alturas de la vida de lo mucho que me parezco a Haley Joel Osment (pero no en El Sexto Sentido, no, me refiero a él a día de hoy) no es bonito, así a bote pronto he decidido dejar la Coca-Cola, apuntarme a un gimnasio, no picar entre horas y no volver a pisar un McDonald’s en todo lo que me queda de vida.

Ya que lo más seguro es que tarde menos de cinco minutos después de haber publicado este post en incumplir una de estas decisiones que acabo de tomar, no me quedará otra que añorar este año y medio en el que he estado viviendo en la deliciosa ignorancia, en este maravilloso espejismo que me había hecho olvidar por un segundo lo jodidamente MAL que luzco. Esto no está bien. No está nada bien. Quiero volver a vivir en Matrix.

 

Uno más en el club…

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