Sería una buena esposa para ti

 

Pues eso.

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Recuperándome aún del exitazo sin precedentes de Cáncer de Sida (se han vendido ya casi treinta ejemplares, ¡estoy on fire!), y dado que mi hiperactiva mente creativa no puede tomarse un respiro en ningún momento, os comunico que he decidido poner al fin en marcha mi carrera como compositor musical. Bueno, ‘o algo’.

La coña empezó hace un mesecillo, cuando Evey, una queridísima amiga de voz angelical, me animó a que escribiera una letra para una canción que ella misma cantaría. Yo, como soy la peor persona del mundo, le dije que sí. E inspirándome en la peor Ana Torroja, escribí la letra más nauseabunda y ofensiva que se me ocurrió, con la única esperanza de que la muchacha no se atreviera a cantarla jamás. No sólo se atrevió a hacerlo, sino que lo hizo bien. Superó ampliamente mis expectativas.

Y así, de la nada, surgió Tampón: un nuevo grupo de tontipop formado por Evey y un servidor. Lo que vamos a ofrecer es musicalmente un cruce entre La Casa Azul’ y ‘Los Punsetes, como si estos dos grupos decidieran juntarse de repente para grabar un disco en el infierno.

De momento, me complace poder presentar en primicia aquí en este humilde blog nuestra primera canción:‘Manos de Topo’ están bien (El Holocausto fue un montaje). Un huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno.
 


 
Y la letra:

El holocausto fue un montaje,
votar a Rajoy no fue un ultraje,
y Manos de Topo molan un huevo.

Mi serie favorita es Skins,
la compagino con Misfits,
y pese a todo os juro que no soy bollera.

Tengo quince años, lo sé todo del mundo,
Twitter, Instagram y mi Tumblr profundo…

Ayer fui a un concierto de MUSE,
y no veáis que contenta me puse,
y para celebrarlo quemé a un mendigo.

Me tomé una Coca-Cola Cherry,
le hice una foto con la Blackberry,
si quieres te la mando luego en un WhatsApp.

Tengo quince años, lo sé todo del mundo,
Twitter, Instagram y mi Tumblr profundo…

Siempre leo Cuanto Cabrón,
cada noche en mi habitación,
y cada día que pasa me hace más risa.

Cuando pido un Frapuccino Venti,
le hago fotos y las subo a Tuenti,
porque han escrito mi nombre en el vaso.

Tengo quince años, lo sé todo del mundo,
Twitter, Instagram y mi Tumblr profundo…

Y Manos de Topo están bien,
y Manos de Topo están bien,
y Manos de Topo están bien…

 

Como os habéis dado cuenta, este repugnante a la par que delicioso tema ha sido creado con el único objetivo de hacer amigos (¡Hola, fans de Manos de Topo!) y de que su melodía se apodere de vuestros cerebros y no haya tiempo muerto en el que podáis evitar tararearla. Está todo muy estudiado. Es imposible escapar. Espero que os haya gustado, porque a partir de ahora no os lo podréis quitar de la cabeza.

También lo tenéis en Spotify, por si queréis compartir el asco con vuestros conocidos en dicha plataforma. La mala noticia es que seguramente habrá más canciones en un futuro a corto-medio plazo, por lo que os iré spammeando vilmente poniendo al corriente por aquí de vez en cuando.

A partir de ahora ya sabéis: si queréis escuchar buena música os vais a tener que poner ‘Tampón.

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Cáncer de Sida

12/11/2012

Saludos, mis bienqueridos lectores. Me llena de orgullo y satisfacción poder, al fin, sacar a la luz aquello a lo que he estado dedicando este último año aparte de a rascarme los huevos y actualizar más bien escasamente este blog.

‘Cáncer de Sida’ es el nombre de mi nuevo proyecto literario. Así es, he escrito un nuevo libro. No tuve suficiente con el primero, he querido repetir la jugada y esta vez por todo lo alto.

 

Bueno, o no tanto. ‘Cáncer de Sida’ es un libro más corto y pequeño que el anterior. A cambio, es un producto mucho más pulido, elegante, ameno, baratito, quiero creer que divertido y 100% 90% original (el anterior fue una especie de antología de posts de este blog, pero en esta ocasión el material es nuevo). Y, joder, sólo tenéis que mirar la portada, ¿de verdad no queréis tener esto en vuestras manos? ¡Chelo García-Cortés sujetándome en brazos románticamente!

Pero, sin más preámbulos, ¿de qué va exactamente ‘Cáncer de Sida’? Pues dejad que cite directamente su contraportada:

 

Si tuvieras una enfermedad que estuviera a punto de acabar con tu vida, ¿qué harías?

¿Pasar los últimos días de tu vida con tus seres queridos? Mariconadas.

Aquí proponemos más de cincuenta métodos de suicidio espectaculares para que la gente te recuerde por algo más que por el mediocre que eras.

¡Conviértete en el nuevo Premio Darwin!

¡Logra que tu muerte rellene horas y horas en el telediario!

¡Convierte tu cadáver en Trending Topic!

 

Exacto. Para los que tenéis algo de memoria, este libro está basado en aquel post que publiqué hace algo más de un año. Sólo que en aquella ocasión escribí tres formas de suicidarse y ahora son más de cincuenta.

Como ya os podéis imaginar, el libro está plagadito de humor negro y no está aconsejado para las mentes más sensibles y fácilmente impresionables. Pero bueno, no creo que nadie que frecuente esta página vaya a tener problemas para leerlo tranquilamente. De todas maneras, yo aviso. Aunque creo que el resultado final ha sido bastante simpático.

El libro cuenta con dos colaboraciones muy especiales. La primera, un prólogo del ilustrísimo Javi Bóinez (artífice del blog Reflexiones de un tipo con boina), que pese a ser un completo imbécil se ha comportado y ha escrito un texto de presentación la mar de hilarante. Además, esto no deja de ser una inversión, ahora a este hombre no lo conoce nadie (salvo por el post de Juan Muñoz), pero estoy seguro de que dentro de un tiempo lo va a petar que te cagas, y entonces podré presumir.

La segunda colaboración se trata ni más ni menos de una idea y un dibujo exclusivos del maestro Miguel Noguera. No, no me lo preguntéis, aún no sé cómo pudo acceder tan célebre personaje a colaborar con un individuo de tres al cuarto como yo. No tuve que insistir demasiado, y eso es lo que más me sorprende. Cómo no, su aportación resulta ser lo mejor del libro (por desgracia para mí).

Y ahora procedo a responder a ciertas preguntas que quizá os estaréis haciendo:

 

¿Dónde lo puedo comprar?

Pues, al igual que el primero, de momento el libro sólo puede adquirirse desde Lulu.com (de momento). Eso sí, atendiendo a muchas de vuestras peticiones, ‘Cáncer de Sida’ está disponible tanto en formato físico como en formato digital (ePub).

¿Cuánto me va a costar la broma?

La edición física la tenéis por 6,99€ (+ Gastos de envío), y en ePub os lo podéis agenciar por sólo 1,99€ y además completamente libre de DRM y polladas varias.

De todas maneras, recomiendo tenerlo en formato físico porque me ha salido una auténtica monada, da gustico tenerlo en las manos, y al ser libro de bolsillo es la mar de cómodo. Un caramelo para cualquier fetichista del papel. A cambio, yo me comprometo a invitar a un café y firmarle el ejemplar a cualquier lector que se pase por Barcelona.

¿Por qué sale Chelo García-Cortés en la portada?

Dos motivos. El primero, que me juré a mí mismo que si escribía otro libro tenía que salir esa mujer en la portada. El segundo, está justificado por motivos argumentales. Tendréis que leerlo para descubrirlo, no os lo quiero destripar.

¿No es un poco una mezcla entre ‘Ultraviolencia‘ y el ‘Libro de los Conejitos Suicidas‘?

Bueno, ¿y tú por qué no te pegas un tiro en la jodida boca y te mueres? ¿Nunca has pensado en eso? ¿Eh, puto listo DE LOS COJONES?

 

Así que ya sabéis, el mejor regalo de estas navidades es ‘Cáncer de Sida’. Humor negro, sucio y retorcido para toda la familia. Adquiridlo, no os arrepentiréis.

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Ante mis frustradísimos intentos de ponerme en forma, me he dado cuenta de algo tremendamente agridulce: No voy a estar bueno jamás. Eso es un hecho. Estoy condenado a desperdiciar una materia prima interesante con cierto potencial (rubio y de ojos azules) y acabar siendo un gordaco calvo muy chungo. Poco a poco voy asumiéndolo, cada vez me va doliendo menos.

De todas maneras, creo que la gente le da mucha importancia al físico, y eso está feo. Yo no soy tan exigente, el físico no me parece una prioridad. He llegado a la conclusión de que para sobrevivir en este mundo necesito encontrar a una mujer como Reneé Kline. Os acordáis de la historia, ¿no? Aquella mujer que se casó con su novio pese a que quedó completamente desfigurado a causa de un ataque suicida cuando estuvo destinado en Iraq.

A esa mujer se la traía al pairo que su marido pareciera el póster de ‘Bad Taste, a ella sólo le importaba el interior. En palabras suyas: “yo me enamoré de su corazón, y eso no se lo han quitado”. Vale que al año se divorciaron, pero en su momento fue bonito de cojones.

Es curioso, porque fue un suceso que armó bastante revuelo. A todo el mundo le conmovió la historia. Esa chica se convirtió en una heroína porque LE DABA IGUAL que su marido estuviera desfigurado. Pero… Qué coño. ¿Y si le gustara más así? Pongamos que, yo qué sé, la chica tenía un fetiche muy jodido con los desfigurados, que le ponen los tullidos, que le excita el muñón. Tenía dudas sobre si casarse con su novio o no, pero entonces éste se destrozó la cara y le vio un morbo añadido a la relación. Entonces ya no molaría tanto, ¿no? De heroína a puta desequilibrada, y sin que apenas cambie demasiado la historia.

Pasa un poco lo mismo con la película ‘Yo también’. La película, si no la habéis visto, trata sobre la historia de amor entre un hombre con Síndrome de Down y una compañera suya de trabajo sin discapacidad alguna. Lo bonito de la película es que a la chica NO LE IMPORTA que tenga Down, se ha enamorado de la persona. Es una historia la mar de cute porque viene a decirnos que el amor puede con todo.

Pero vuelve a ser un poco lo de antes, ¿y si lo que pasa es que a la tía le molan los downies? Imaginad que corta con él pero luego se va con otro que tenga la misma discapacidad. ¿Entonces qué? La cosa ya está mal, ¿no? Si lo pasa por alto está bien, si lo ve como un aliciente es una enferma.

Pero en estos casos tendemos a pensar siempre bien, a quedarnos con lo bonito. Y creo que esto pasa porque en ambos casos el que tiene la discapacidad es el hombre. Si viésemos por la calle a una pareja de novios formada por una chica sin discapacidad aparente y un chico con Síndrome de Down, pensaríamos: “Joder, qué mona”.

Ahora, imaginad la misma escena protagonizada por mí: Yo, por la calle, sonriendo, empujando a mi novia downie en silla de ruedas.


Ya no mola, ¿no? Cabronazos…

Aquí no vais a pensar que estoy con ella porque he sabido ver más allá de su enfermedad. No vais a montar en vuestra cabeza una bella y conmovedora historia de amor con banda sonora de Guille Milkyway, no. En el mejor de los casos pensaréis que voy con ella porque es la que menos se me ha resistido. En el peor, añadiríais que la estoy forzando sexualmente (que mientras la voy llevando voy diciéndole cosas a lo: “bueno, ya sabes lo que toca hoy…”). Y lo más chungo es que seguro que asumís que lo hago por morbo, sin contemplar otras posibilidades.

Vamos, que la cosa está muy clara: Si eres mujer te puedes tirar a un downie con total impunidad. Nadie te mirará mal, eso sí, procura no dar nunca a entender que te gusta más de la cuenta o pasarás de chica mona altruista y no-superficial a ser el diablo en persona en cuestión de segundos.

PD: A todo esto, me acabo de marcar un post cojonudo para ganar los Premios Bitácoras. Cualquiera que entre a raíz de ahí y lea esto simpatizará inmediatamente conmigo y me votará. ¿Cómo? ¿Que vosotros no me habéis votado aún? ¡¿Pero a qué esperáis?!

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Dieciocho

07/10/2012

 
Muchas personas adultas a las que conozco afirman que el día en que cumplieron los dieciocho fue uno de los mejores de su vida. Que celebraron por todo lo alto su mayoría de edad. Que montaron una fiesta inolvidable, alegrándose de su reciente libertad. No voy a ser un aguafiestas en esta ocasión, no quiero dar la nota discordante otra vez. Puedo decir que la fiesta de mi dieciocho cumpleaños fue especial e inolvidable. No obstante, creo que lo fue por motivos distintos (no necesariamente peores) a los habituales. Procedo.

Para empezar, algo que pintaba muy mal es que el organizador de mi fiesta se trataba de mi (inexplicablemente) querido amigo Mateu. Él no se lo planteó en ningún momento como algo bonito para mí. Él no quería verme disfrutar. Él estaba totalmente decidido a hacerme pasar por varias situaciones violentas. Pero no quería soltar prenda. Mantuvo el secreto durante días, semanas, meses, hasta que el día llegó. Ya no había vuelta atrás.

Quedé con Mateu y Lolo. Lamentablemente, Guillem no pudo asistir, la versión oficial es que no estaba en Barcelona, pero personalmente creo que no vino a sabiendas de lo jodido del plan. Teníamos que presentarnos a las doce del mediodía en una plaza muy cercana a mi casa. Lolo llegó con diez minutos de retraso, pero Mateu con treinta. Y eso no era una buena señal.

Mateu se aproximó a mí con una bolsa en la mano de la que sacó un Verbatim en el que ponía (escrito en rotulador): “Clerks 2. No pirata.”. Por lo visto, se trataba de una copia que le hice yo mismo de esa película, hará ya seis años. Me lo entregó argumentándome que era mi regalo. Medio cabreado por su gilipollez, opté por dar un viaje rápido a mi casa (estábamos al lado y por lo visto nos venía de camino) para dejar ahí el DVD y así no tener que cargar con la bolsa todo el día.

Al llegar a mi calle, ellos se pararon y empezaron a reír. Me giré para preguntarles de qué se estaban riendo y dijeron que no podían decir nada, que tenía que darme cuenta yo solo. Inmediatamente, al echar un ojo a mi alrededor, descubrí varios carteles con mi cara pegados en las paredes. Carteles que procuré arrancar y destruir en su totalidad, mientras me cagaba en todos y cada uno de los muertos de Mateu (por otra parte, eso explicó su retraso).
 

(Clic para ampliar)

 

(Clic para ampliar)
 

Más tarde, me invitaron a comer. Concretamente, a un McDonald’s. A una hamburguesa de 1€. Todo esto, en realidad, tiene cierto valor sentimental. Hará ya cinco años celebré mi cumpleaños invitando al cine a varios compañeros de clase (pagando yo), pero calculé mal el dinero y me quedé sin nada para comer, a lo que ellos reaccionaron invitándome a una hamburguesa de 1€ en el McDonald’s más cercano. Y esto pretendía ser un momento remember.

Afortunadamente, esta vez se lo curraron un poco más. Me trajeron la hamburguesa pinchada en una bengala (porque no encontraron velas) de éstas en forma de letra, para que pongas la inicial del cumpleañero. Si hubieran comprado una ‘J’ en lugar de una ‘R’ incluso me habría conmovido. Hijos de la gran puta. Antes de que pudiera reaccionar, Mateu ya la había encendido y me la había plantado en la cara pidiéndome que soplase. Una puta bengala, recordemos. Luego me persiguió intentando metérmela por el culo. No hay día en que deje de preguntarme por qué sigo hablando con él.

 

I’m loving it.

Pero para que no me enfadara demasiado, decidieron que ese era el momento de entregarme los regalos que me habían comprado. Un caramelo-chupete en forma de polla y un dispensador de pastillas con sabor a plátano, también con forma de verga cada una de ellas. No os lo puedo negar, son un vicio. No hay día en el que me despierte sin querer meterme una de esas deliciosas pollas en la boca.

 

 No bromeo, estaban realmente deliciosas.

Después de hacer tiempo durante unas horas, en las que rechazamos la invitación de dos rubias a una fiesta en un barco en pos de la que me habían preparado ellos, nos fuimos a merendar a un Dinopán a beber granizado de limón en un vaso de porexpán. También concebido como un momento remember de la anécdota que ya conocéis, truncado por la ausencia de granizado, viéndonos obligados a sustituirlo por un vaso de horchata. He de decir que Mateu me obligó a comerme el chupete-pene delante de él y mojándolo en el vaso, afirmando estar en condiciones de exigírmelo, puesto que había pagado para eso.

Y hasta aquí lo menos bochornoso del día. Ahora viene lo jodido de verdad.

 Fue triste no ligar aquel día, pero al menos había granizado.

Después de marear la perdiz durante varias horas, se aproximaba el momento de la verdad. El plato fuerte. El gran final. Sin tener muy claro mi destino, me subieron a un Metro con destinación a Hospitalet de Llobregat. Durante el trayecto se nos acercó una persona con una clara discapacidad cognitiva, que nos dio la mano (blanda), preguntó nuestros nombres y posteriormente comenzó a golpearse la cabeza contra las puertas del vagón, brindándonos unos deliciosos y dilatados momentos de absoluta incomodidad durante unas cuantas paradas.

Llegados a Hospitalet y después de una más que considerable pateada en la que Lolo empezaba a mostrar signos de arrepentimiento por lo que se me venía encima, mientras que el entusiasmo de Mateu crecía por momentos, nos plantamos enfrente de un edificio, al parecer de oficinas. Pero yo seguía sin saber exactamente qué era lo que me estaban proponiendo.

Como habían hecho unas horas atrás, me instaron a descubrir por mí mismo en qué consistía la siguiente fase del plan. Al observar muy detenidamente el edificio, enseguida me di cuenta de qué era lo que estaba pasando. En un cartel vi el logo de 25tv. Di media vuelta, golpeé mi cabeza varias veces contra una pared. Estaba jodido. Realmente jodido.

‘25tv’ es una televisión local cuya programación consta de tres elementos básicos:

1º- Tarot
2º- Porno.
3º- ‘Toni Rovira y Tú’.

Y, precisamente, el plan de Mateu era llevarme de público a Toni Rovira y Tú’. Para los no iniciados, ‘Toni Rovira y Tú’ es una extraña mezcla entre un talk-show y un cabaret. Pero no de los limpios. Para que os hagáis una idea, una de sus colaboradoras habituales es Carmen de Mairena. Pero cualquier cosa que pueda explicar del programa se quedaría corta. Es algo indescriptible. Jamás os haríais a la idea de lo mugriento que puede llegar a ser. Lo mejor es dejaros con este vídeo para que comprendáis la verdadera gravedad de la situación.
 


Mateu confirmándose como puto genio del mal.
 

Entramos en el edificio. Un edificio prácticamente desierto. Muy silencioso, muy tétrico, muy Silent Hill. Avanzábamos lentamente, pues el temor se apoderó de nosotros ante la posibilidad de cruzarnos con Carmen de Mairena al girar por algún pasillo. Finalmente, llegamos a una sala de espera donde nos atendió una pelirroja muy buenorra que nos hizo firmar unos contratos en los que, básicamente, le vendíamos nuestra alma a Toni Rovira (la encarnación humana del mismísimo diablo) a cambio de asistir a su programa.

 

Vendiendo nuestras almas.

Al entrar en el plató, que es mil veces más pequeño de lo que puede parecer (y que comparte paredes con el del tarot), nosotros tres destacábamos sobremanera. Puesto que el target habitual del programa son las señoras mayores, los asientos del público estaban plagados de yayas. La presencia de tres chavales sin canas en los huevos se hacía notar. Quiero recalcar lo de la abrumadora presencia de viejas en el plató. Todas parecían muy experimentadas, todas habían estado en el programa más de una vez, todas eran habituales. Esas ancianas arreglándose cada noche, metiéndole prisa al marido, para asistir al show de Toni Rovira. Esa imagen tan trágica.

De repente, una vez sentados, se nos acerca el mismísimo Toni Rovira (reflejándose en sus ojos el fuego del Mal) y tuvimos con él este diálogo:

Toni: Bueno. ¿Vosotros qué? ¿Os gusta el baloncesto?
Yo: No.
Toni: ¿Entonces para qué venís?
Mateu: No, venimos de público.
Toni: Ya, ¿pero de parte de quién? Vosotros veníais porque os gusta el baloncesto, ¿no?
Yo: No, no, venimos porque sí.
Toni: Bueno. Ya veremos cómo lo hacemos.

Enigmáticas palabras que en aquel momento no llegamos a comprender, pero que rápidamente quedaron eclipsadas ante la presencia de otro pintoresco personaje que se sentó al lado de Mateu. Un tal Perrocker, por lo visto una mezcla entre ‘perruquer’ (‘peluquero’ en catalán) y ‘rockero’, que se dirigía a las viejas del público diciéndoles que “por favor, hay que ir más a la ‘Perrockia (peluquería que él mismo regenta), y que “luego quedamos para ‘hacer un vermut’.

 

Así estaba la situación. Así de jodida. 

Después del toque de atención a las señoras, nos habló a nosotros, preguntándonos si era nuestro primer día y diciéndonos que hoy nos lo íbamos a pasar muy bien. Quería salir de ahí cagando hostias, pero ya era tarde, estábamos en directo.

Empezó el programa y todo el público tuvo que ponerse en pie para bailar. Al estilo ‘Sálvame’ pero multiplicando por diez la caspa y el cutrerío. Toni Rovira se acercó a mí, cogiéndome de la mano y levantándome del asiento, al grito de “¡Todos arriba! ¡Este programa es una fiesta! ¡Esto es un cabaret!” mientras sonaba una música muy jodida con trompetas, las viejas daban palmas y el Perrocker bailaba aflamencadamente delante de la cámara. Mateu sonreía. Nunca antes lo había visto tan feliz. Lágrimas de felicidad en sus ojos. Yo, por mi parte, no hacía más que sudar frío, a la par que crecían mis ansias por abandonar el lugar.

Pronto nos reubicaron a Mateu y a mí, sentándonos lejos de Lolo, que se quedó solo entre dos señoras que venían sin acompañante e intentaron ligar con él desde el minuto uno. No corrimos mejor suerte que él. Pese a que nos sentaron detrás de una rubia despampanante (la única hembra joven que había en ese plató), a nuestro lado teníamos a una especie de desequilibrado que se tomaba el programa demasiado en serio. Un fan muy loco de Toni Rovira. Alguien con serios problemas mentales que se cabreaba cuando alguna señora se reía fuerte o que nos echaba la bronca si hablábamos en voz baja. Detrás teníamos a un colaborador del programa disfrazado de mago, que se limitaba a estar de pie haciendo cabriolas y equilibrios raros. Una tensión muy rara e innecesaria, el cámara no lo enfocó en ningún momento, pero era muy tétrico.

 

 Foto movida (cortesía de Mateu) en la que podemos ver a

Lolo (el de rosa) a punto de montar en triciclo.

Por suerte (o no), Carmen de Mairena no pudo asistir a ese programa por problemas de salud. De invitados tuvimos que aguantar la insufrible presencia de un cantante olvidado de las primeras ediciones de ‘Operación Triunfo’ que vino a cantar cuatro canciones de su nuevo disco y luego permaneció en silencio durante el resto del programa, aún sentado en el escenario, sin moverse, como un maniquí, y a Audie Norris, que venía a hablar de un campus de baloncesto donde él entrenaba a chavales (de ahí las preguntas de Toni, supongo).
 


Se nos puede ver detrás de la rubia jamelga.
 

Supimos que teníamos que irnos de ahí en cuanto, al volver de una pausa publicitaria, dejaron el escenario prácticamente sin luz, iluminando sólo a Toni mientras éste se marcaba un monólogo muy serio, enérgico y pretencioso sobre la vida: “Nacemos, crecemos, y algunos creen que morimos, ¡Pero no! ¡Se equivocan! Los que vivimos el día a día… ¡Sobrevivimos!”, con la música de ‘El Caballero Oscuro’ de fondo.

Lolo nos hacía varias señales desde lejos, cada vez más cabreado, diciendo que nos piráramos de ahí. Pero ninguno de nosotros tenía los santos cojones de decirle nada a Toni Rovira, que apenas unos minutos antes puso a parir a una vieja que había salido a fumar durante una publicidad.

Finalmente, nos armamos de valor. Nos levantamos sigilosamente y, aprovechando un descuido de Toni, salimos escopetados del plató. Sin exagerar un ápice, al cerrarse la puerta echamos a correr por todo el edificio hasta llegar a la calle, y desde ahí, a un paso violentamente veloz, hasta la parada de Metro.

El viaje de vuelta fue tranquilo y nos dio tiempo a reflexionar sobre lo ocurrido. Ese día no dejó de ser una metáfora muy chunga de lo que suele ser mi vida año tras año: Un conjunto de esperpénticas situaciones bizarras que, pese a resultar muy jodidas en en su momento, terminan convirtiéndose en una valiosa anécdota que siempre sirve de comodín en cualquier cena familiar. Y no me quejo. Espero que continúe así.

Si no fuera por la mierda que me ocurre día tras día, mi vida no tendría ni la mitad de gracia. Si no fuera por Lolo, si no fuera por Mateu, si no fuera por Guillem, mi vida no tendría ni la mitad de sentido. Si no fuera por Toni Rovira, mi dieciocho cumpleaños habría caído en el olvido, como tantos otros.

A todo esto, cuando volví a mi casa y entré en mi habitación, me topé con este detalle:

 

Valiente hijo de la gran puta.

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Los que me seguís en Twitter (y los que no, ¡hacedlo, sucias alimañas!) sabréis que últimamente estoy hablando menos de las pajas que me hago y/o del tamaño de los excrementos que deposito diariamente y que, en lugar de eso, comento de vez en cuando que salgo a correr.

Pues, lejos de tratarse de otro eufemismo masturbatorio (no, no salgo a la calle semidesnudo a pelármela, rociando de lefa a todo transeúnte que se me cruce), sino que realmente me dedico a hacer footing durante media hora un par de veces a la semana. Os juro que es cierto. El fin del mundo ha llegado: estoy haciendo ejercicio por mi cuenta.

Os podría decir que lo hago para llevar un estilo de vida más saludable, que lo hago por placer, para descargar adrenalina, liberar endorfinas, para no quedarme todo el día en casa rascándome las pelotas… Pero os estaría mintiendo. El único motivo de peso que me mueve a salir a correr (aparte de la, por otra parte lógica, insistencia de mi madre) es el de perder algunos kilos de más. Kilos que, hasta la fecha, he exhibido alegremente por todas partes pero que he decidido que va siendo hora de decirles adiós. Veréis, últimamente se me está ensanchando la espalda a lo bestia (sin llegar a ser el puto Bane, pero algo), y me da miedo acabar pareciéndome al modernillo de ‘The Cleveland Show’.

Y mucha gente me había vendido que lo de salir a correr, realmente, no es algo tan malo; que en el fondo acabas disfrutando y agradeciéndolo. Algunos hasta me han hablado no sé qué mierdas de la hormona de la felicidad y tal. Después de un mes intentándolo, puedo hacer público mi veredicto: Por los cojones.

No es sólo por el esfuerzo físico del momento, el hecho de que me ahogue (soy asmático) o las consecuencias posteriores (dolores de cabeza, mareos, agujetas, vértigos, dolores en las piernas al caminar, que llegase a joderme el pie derecho bien jodido durante un par de días), sino lo jodidamente ridículo y humillante del proceso. Pocas veces he tenido tantas ganas de acabar con mi vida como durante esos 25-30 minutos corriendo por Montjuïc.

Es sencillamente humillante. Voy trotando como puedo mientras el sudor cubre mis ojos y empaña mis gafas, mi pelo se despeina a la vez que se va mezclando y fijando con el sudor (apartando mi larga cabellera y dejando a la luz mi futura alopecia), mi cara adquiere un hilarante tono rojizo y mis manboobs botan sugerentemente a cada uno de mis pasos mientras mi respiración cada vez se torna más irregular. Vamos, como cuando follo pero más sucio y con público.

Porque esa es otra. Por la calle hay gente. Es de cajón. Y no hay nada más terrible que lucir tan ridículo espantoso ante todas esas chicas preciosas con las que siempre me cruzo; esas chicas a las que jamás me podré tirar precisamente por tener que verme en una situación así. Sus novios me miran. Sonríen. Saben que me las quiero chingar. Pero son ellos los que lo hacen. Es una especie de tortura psicológica muy jodida. Intento pasar desapercibido, que no me mire mucha gente. No suelo dar tanto asco en otras situaciones, pero ahí es sencillamente mortal.

Luego llego a casa, empapado en sudor, chorreando ácido úrico a mansalva, como recién salido de una lluvia dorada. Me meto en la ducha, mareado, aguantándome las náuseas como puedo y evitando a toda costa la pérdida de conciencia y el posterior desmayo. Me seco, me visto, me tumbo en la cama.

Y, no os lo puedo negar, ahí sí que recupero mi felicidad. Pero a qué jodido precio.

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Hace un par de semanas, por unos temas, me vi obligado a tomar un Ferrocarril de la Generalitat de Catalunya (FGC) desde Barcelona hasta Rubí. Así como ya sabéis que me encanta ir en Metro, en tren, en autobús o en cualquier otro transporte público, subirme a este ferrocarril se me antoja insufrible. No es la primera vez que he tenido que utilizarlo, y no tengo grandes recuerdos de él. De hecho, me veo obligado a comunicarle a todos mis lectores catalanes que dicho ferrocarril debe de ser el mismo que utilizan para desplazarse en el infierno. Nunca me mareo en ningún tipo de transporte, pero éste es demoníaco: O te sientas recto mirando al infinito o te puedes dar por jodido.

Y ahí estaba yo, de pie, sin posibilidad de sentarme, intentando mantener el equilibrio sin marearme, pero la concentración era imposible ya que, por desgracia, iba a compañado y dicha compañía era incapaz de mantener la boca cerrada aún viendo los terribles sufrimientos por los que estaba pasando. Salí de mi casa sonriente, recién duchado, peinado, perfumado, acicalado; a los diez minutos de trayecto estaba cabreado, rojo, sudando como un pollo, maloliente, pegajoso y a punto de vomitar. Parecía un actor porno gordaco de estos que chorrean sudor sobre su partenaire, un carnicero muy gordo haciendo footing, un Torbe cualquiera. Pero no he venido a hablar de eso, sino de un suceso bastante curioso que tuvo lugar durante el viaje.

En nuestro vagón había una señora un poco jodida pero que iba acompañada de un pequeño perro la mar de simpático. Un adorable can que supo ganarse de primeras el amor de todos y cada uno de los pasajeros.

Más o menos al final del primer tercio de trayecto, entró el típico mendigo intentando endosarnos algún mechero. El pobre señor, la verdad, nos vendió muy bien su historia, hablándonos de sus hijos e intentando conmover al personal a toda costa para que le compráramos alguno de esos mecheros que nos ofrecía por tan sólo un mísero euro. Y todo iba bien, la jugada le habría salido bastante bien, hasta que se dispuso a dar el paseo rutinario por el vagón (ya sabéis, ese momento tan jodidamente tenso en el que se pasea por el centro del vagón y los pasajeros sentados miran a la ventana haciéndose los locos).

Al dar el primer paso, ese pobre diablo tuvo la mala suerte de pisarle la cola al perro de la señora, un terrible accidente que le costó la credibilidad de todo el vagón. El perro gritó desconsoladamente. Desde ese fatídico quejido canino, ese grito desgarrador que propició el pobre animal, nadie, absolutamente NADIE, estaba dispuesto a dar un duro por ese mendigo: No queremos indigencia en este ferrocarril, si tus hijos tienen hambre pueden venir aquí a comernos las pelotas si quieren, te has metido con el chucho equivocado, ¡Valiente hijo de la gran puta!.

El hombre pidió disculpas a la señora y se fue. No vendió ni un maldito mechero. Se lo tiene merecido. Qué cabronazo el tío, vaya huevos que tenía.

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marica.
m. desp. Usuario habitual de Instagram, irónicamente o no.

 
Escribo este post -llámalo post, llámalo pataleta- aprovechando un poco que Instagram, esa aplicación para el móvil que hace fotos con un filtro vintage (aka. aviejunado), ha llegado recientemente a Android. Bueno, digo recientemente porque el borrador de éste como tantos otros posts data de varias semanas antes de su publicación, atribuyámoselo al desorbitado tamaño de mis cojones a la hora de escribir.

Digamos que con la llegada de Instagram a Android he pasado de tener el timeline de mi Twitter plagado de repugnantes pijos modernos pretenciosos subiendo fotos de ceniceros maquilladas con un filtro retro a tener el timeline de Twitter plagado de repugnantes personas de clase media pretenciosas subiendo fotos de ceniceros maquilladas con un filtro retro. Primero la burguesía, luego la plebe, ¿qué será lo próximo, Blackberry?

Pero en realidad no me estoy quejando de Instagram en sí mismo, que en realidad puede tener su punto en algún momento, aunque no deje de ser la Game Boy Camera de nuestra década, el nuevo (y accesible) comprarse una Reflex para hacer fotos de papeleras. No, de lo que me estoy quejando es de lo que eso implica. Cuando hace unos días se me sincronizaron vía iCloud las fotos del móvil de mi madre a mi ordenador y pude ver toda una ráfaga de fotos suyas frente al espejo del baño hechas desde arriba y pasadas por Instagram se me cayó el alma a los pies. ¿Qué demonios estaba pasando aquí?

Amigos, estamos jodidos, ser friki está de moda. Ahora mola llevar esas horribles gafas de pasta gigantes (en serio, ¿qué os ha dado a todos por pareceros a Luis Piedrahíta?) aunque no las necesitéis. Ahora lo que se lleva son las camisetas de Space Invaders, tener Twitter es guay y Tumblr ni te cuento (eso sí, nada de subir contenido propio, ¡pardiez!), ahora está bien visto gritar “LOL” en lugar de reírte (os juro que no vacilaría en volarle la cabeza a cualquier persona de las que hace eso), ahora la gente dice “FU…” cuando está a punto de correrse (y de lo que hablo), los memes son pura crema (eso sí, los de Cuánto Cabrón). Mañana es el Día del Orgullo Friki, una de las gilipolleces más grandes que se han inventado nunca, y yo no podría estar menos orgulloso de serlo.


La cama de Mateu. ¡Todo queda mejor con Instagram!

Veréis, lo que me molesta no es que se hayan puesto de moda todas estas cosas, sino que esa misma gente que luce esas horribles y desproporcionadas gafas eran las mismas que hace unos años me crucificaban y se reían de mí por ser el cuatro-ojos de turno. Lo que me molesta es esa hipocresía. Supe que algo estaba fallando cuando hace unos días me hizo un retweet una chica que durante el instituto me hizo la vida imposible. ¿Cómo se pueden tener los huevos tan gordos sin romperse la columna? No es un hecho aislado, hasta la xd me favoritea tweets de vez en cuando.

Dicho de otra manera: Me jode que la gente guay vea The Big Bang Theory y luego The IT Crowd les suene a chino, me joden esas personas que se compran una camiseta de Dragon Ball en el Bershka sin haber visto un puto capítulo en su vida, me joden esas personas que presumen de haberse pasado el Portal 2 y luego no tienen cojones de acercarse al Braid, esa gente que ahora llena los teatros en los nuevos Ultrashows de Miguel Noguera y se ríen forzadamente a cada palabra que dice (como si de un capítulo de Aída se tratase), esa gente que me manda memes gastadísimos de Cuánto Cabrón y luego no tienen ni idea de lo que es 4chan , esa gente que va a conciertos de La Casa Azul sin saberse una sola canción. Pero me jodería mucho menos si no hubieran estado marginándome todos estos años por hacer esas cosas que ahora se esfuerzan por imitar. No os confundáis, esto no es la pataleta hipster del ‘ahora que hacer estas cosas es mainstream ha dejado de molar porque ya no soy diferente haciéndolas’, ni mucho menos.

Porque lo que más me toca los cojones de todo esto es que no es más que una moda (ya pasó hace tiempo con los skaters de pegatina cuyo skate no se despegaba nunca de su sobaco, y seguirá pasando con lo que venga) y que, para esa gente, los que ya éramos frikis antes seguimos siéndolo ahora. Siguen mirándonos por encima del hombro y siguen creyéndose mejores que ese miope piojoso. De mientras, pues nada, sigamos alimentando esa moda con el Día del Orgullo Friki (lorelei, lorelei…), sigamos creando normas para ser friki, adelante. Alimentemos más esta mierda.


No os confundáis, el gag de verdad nunca está en la referencia friki en sí, sino en la posterior cara de circunstancias acompañada de un silencio de la rubia.

Sin embargo, aunque todo esto esté peligrosamente cerca de reventarme la huevada de lo mucho que me la está hinchando, yo voy a seguir haciendo lo que hacía hasta ahora. Voy a seguir disfrutando de lo que me gusta. No voy a dejar de ver The Big Bang Theory porque ahora esté de moda (quizá lo haré porque desde la segunda temporada es floja y repetitiva de cojones, pero ese es otro tema). Ni voy a dejar de hacer lo que a mí me venga en gana a cada momento. Afortunadamente, aún no dependo de lo que es o no trending topic.

Aun así, como modo de venganza y como hizo South Park en su día proponiendo un nuevo significado para la palabra ‘fag‘, yo propongo que se cambie el significado original de la palabra ‘marica‘, sustituyendo el despecho al homosexual por el despecho al nuevo modernillo. Porque lo de hipster es demasiado bonito para lo mucho que me hinchan la lomera de los huevos.

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Hace poco más de cinco años, más o menos cuando empecé a escribir en este blog, yo era un doceañero de lo más exhibicionista. Ahora conservo parte de ello, pero soy mucho menos propenso a enseñar la chorra como años ha.

Y la verdad es que por aquella época éramos todos bastante iguales. Recuerdo los números que solíamos montar mis compañeros y yo en los vestuarios de mi instituto, una especie de guerra de penes en la que sólo nos faltaba usarlas de sable láser y simular una batalla Jedi. También había gente mucho más tímida y reservada, sí, pero estos eran los que coreaban una y otra vez que les hiciera el numerito de la polla automática.

Pero recuerdo perfectamente lo que me pasó una vez.

Yo estaba haciendo canelo por primera vez delante de mis (relativamente) nuevos compañeros de clase en los vestuarios del instituto (para variar), y recuerdo que acabé haciendo una especie de bailecito que culminó en enseñar la picha y hacer el ventilador. Con lo que no contaba era con que, por aquel entonces, los móviles con cámara ya empezaban a rular entre los chavales de mi edad. Y mi querido amigo Guillem, grabó todo el numerito.

Apenas unas horas después medio colegio me había visto la picha. Cosa que, insisto, no me molestaba ya que normalmente la veían los chicos de mi clase un par de veces por semana; el problema es que cuando Guillem grabó hacía frío, y mi rabo no estaba lo suficientemente decente en ese vídeo como para usarlo de carta de presentación. Mi verga no estaba lista en ese momento para lanzarse al público mainstream. Y me cabreé.

Cuando vino la chica que me acosaba a decirme que la tenía pequeña, se me cayó el mundo encima. Ese fue el detonante. Esto no podía ser. No podía permitirlo. Bajo ningún concepto. Por lo que tuve que pasar a la acción.

Usé la cámara de mi recién comprado Samsung Z230 y grabé una serie de vídeos donde mi sonrojado samurai cíclope adquiría total protagonismo, llevando todo el peso de la trama, revelándose como un actor polifacético que no sólo podía interpretar cualquier papel (normalmente llevando puestas las gafas de mi madre encima) sino que además no necesitaba especialista en las escenas de acción (donde, en esencia, me limitaba a golpear un armario o darle un pollazo a un CD que ponía encima de una lata de Coca-Cola y ver hasta dónde salía disparado) y demostraba un carisma totalmente impropio de un cipote que realmente conectaba con el público.

No hablo yo, hablan los hechos: esos vídeos se convirtieron en un hit instantáneo. Eso sí, no permití que se convirtiera en algo viral, pues nunca salieron de mi móvil y se los enseñaba sólo a un círculo limitado de gente. Preferí que fuera algo pequeño, que quedaran como fenómeno de culto.

Esos vídeos los llegó a ver una compañera de clase con la que no me llevaba especialmente bien. No es que nos cayéramos mal, es que de entrada ella iba a la defensiva y yo intentaba ser de lo más prudente (sí, me vais a creer ahora por los cojones, yo ya he perdido la credibilidad hace cinco párrafos, pero soy consciente de ello). Y lo jodido es que no se los creyó. No la culpo. En el primer vídeo que vio, el asunto no pasaba de percebe anecdótico, pero lo que vio después ya era otra cosa muy diferente. Ahí hablábamos ya de un miembro importante. Ni muy grande ni muy largo, tampoco os quiero engañar, pero por aquel entonces lo suficientemente digno y gordo como para destacar entre los micropenes de mis compañeros de clase (pronto se equilibró la balanza).

La chica estuvo insistiendo durante días y semanas en que le enseñara la picha. No sé si realmente quería comprobar que lo que tenía entre las piernas era lo mismo que lucía alegremente en los vídeos o si en realidad sólo quería mandanga. Realmente llegó a ponerse pesada, y no sólo ella, sus amigas. Llegamos a un punto crítico en el que salía al patio del recreo y me abordaba una muchedumbre de treceañeras ansiosas por que les enseñara el rabo. Eran como unas paparazzi de las pollas. Una vez llegaron a encerrarme en el baño de las chicas: yo acorralado contra la pared del retrete con siete u ocho niñatas dentro forzándome a que me bajara los pantalones. Pero rápidamente llegó nuestro profesor de Educación Física (la única vez en la vida que ese hombre me resultó útil) y nos echó de ahí.

No quiero ni pensar en si hubiera sido al revés, y fuéramos un grupo de tíos acosando a una chica para que nos enseñara el chumino.

Al final yo mismo me acabé picando e intenté mostrarle mis atributos alguna que otra vez a la muchacha, pero volvíamos a las mismas: No había ningún sitio donde tener cierta intimidad, y en la calle hace frío. Pero un día lo conseguí.

Íbamos Mateu y yo por la calle y esa chica nos siguió. Tendría alguna movida con Mateu y estaban hablando de sus cosas. De repente tuve una revelación, un espasmo, un algo. Y conseguí empalmarme muy fuerte. Lo siguiente que hice fue sacarme el miembro en plena calle, reluciente y vigoroso, darle un toquecito en el hombro a la chica, y cuando se giró la conversación fue corta pero intensa:

Ella: ¿Qué quieres?
Yo: Mira abajo.
Ella: ¿Qué?
Yo: Que mires abajo.

Cuando miró abajo, se puso roja como un tomate y salió corriendo despavorida. No volvió a preguntar, no volvió a sacar el tema y, de hecho, no volvió a dirigirme la palabra en su puta vida. No puedo negar que, en cierto modo, lo entiendo. Pero se lo buscó. Se lo buscó fuerte. Eso sí, me dio mucha rabia que, después de todo el espectáculo, ni siquiera se dignase a hacer una review de mi pene. Me habría gustado recibir un poco de feedback, pero bueno, ya os he dicho que era un poco rancia.

Y me gustaría decir que ésta fue la única experiencia del estilo que tuve. Pero no fue así.

Cuando mi verga dejó de captar la atención mediática y el ambiente se calmó ya casi por completo, tuve la desgracia de que me castigaron (supongo que por acumulación de retrasos a primera hora) y me obligaron a ir un miércoles por la tarde al colegio. Normalmente se quedaban los alumnos más conflictivos, distribuidos entre varias aulas en grupos no superiores a tres chavales, donde hacían los deberes del día siguiente o les ponían a estudiar cualquier cosa. Los profesores ni siquiera estaban en dichas aulas, iban haciendo guardia dando vueltas por los pasillos, entrando de vez en cuando para comprobar si nos tocábamos mucho los huevos o no, y frecuentando la máquina de café.

Me dejaron solo en un aula con una compañera de clase que, en realidad, me caía bastante bien y nos habíamos llevado más o menos con normalidad. No éramos amigos pero las pocas veces que nos habíamos relacionado (sobre todo en las convivencias de primaria y cosas así) había buen feeling entre nosotros. A priori no tenía nada que temer.

Hasta que me pidió que le enseñara la polla.

Mientras yo intentaba hacer unos ejercicios de inglés en el workbook, ella insistía una y otra vez en que se la enseñara. Preguntándome por qué no quería hacerlo, intentando picarme diciendo que seguro que no se la enseñaba porque la tenía pequeña, incluso ofreciéndose a desnudarse un poco para ponerme a tono, o tirándome unos kleenex a la cabeza para que me masturbara y así poder enseñársela en todo su esplendor, me ofrecía dinero incluso (aunque me lo daría mañana porque tenía que coger el Metro). Cada vez insistía con más violencia: me insultaba, gritaba, tiraba del pelo, golpeaba el hombro… Pensaba que lo de sentirme violado sería mucho más divertido, pero luego descubrí que no lo es tanto. Bueno, qué coño, en realidad sí.

Al final, no recuerdo por qué, terminé cediendo. Lo único que me frenaba era la posibilidad de que llegara mi profesora en aquel momento, eso habría sido lo realmente jodido.

Me la acabé sacando, aún sentado en la mesa, y cuando me la vio recuerdo perfectamente la expresión de su cara: sus pupilas se dilataron y se mantuvo boquiabierta un par de segundos hasta que exclamó (y os juro que no me estoy tirando al carro para nada):

“¡Qué cacho polla!”

Se pasó, y no exagero, diez minutos alabando a mi falo. Repitiéndome una y otra vez lo grande que la tenía, confesándome que le encantaría tener un novio que la tuviera así (a mí me descartaba, claro, era demasiado margi en aquel momento), incluso se levantó y cogió una regla que había en la estantería sólo para medírmela. Fue una situación violenta y embarazosa, pero tampoco puedo negar que llegué a mi casa con la autoestima tocando techo. Después de todo fue la primera vez que una chica me tocó la viruerga. Para mí fue una victoria clara.

Y después de cinco años no puedo evitar echar la vista atrás y recordar esto con cierta nostalgia, pensar en lo tremendamente enfermo que estaba (aunque bueno, era un niño), reflexionar y darme cuenta de que, en realidad, no he cambiado tanto, sólo que ahora soy más grande y quizá algo más prudente en estos aspectos, pero tampoco demasiado.

Y además ahora la tengo mucho más grande.

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Estabilidad

08/04/2012

 
Estaba en un vagón de Metro medio vacío. Eran las diez de la noche y estaba volviendo a casa. Me encanta viajar en Metro, además iba escuchando música, por lo que se podía decir que permanecía en un estado de calma total.

A tres paradas de llegar a mi casa, entra en el vagón una chica preciosa que llevaba un gorro en la cabeza y un abrigo negro a botones. A simple vista parecía un atuendo de lo más hipster, pero al no llevar esas características gafas de pasta al estilo Piedrahíta se ganó mi simpatía al instante.

Se sentó no muy lejos de mí, y tal y como nos habíamos sentado estábamos orientados el uno al otro formando una línea diagonal. Como me gustó bastante, me la quedé mirando unos segundos y me di cuenta de que ella también estaba mirándome a mí. Inmediatamente bajé la mirada, soy un tipo vergonzoso y no me apetece que me tomen por un stalker. Segundos después volví a mirarla, y ella seguía mirándome. Sonrió tímidamente. Le devolví la sonrisa.

Me hice el loco mirando hacia otro sitio, pero al volver la mirada vi cómo seguía clavando sus ojos en mí. Ella me gustaba, y sé que yo le gustaba a ella (o por lo menos había llamado su atención). No dejaba de sonreírme. Y no parecía estar riéndose de mí, era una sonrisa dulce, una empatía total, una extraña conexión, algo que no me había pasado nunca. Aunque igual sólo me estaba montando yo la película.

Ya que no sabía qué hacer, alcé la mirada para ver cuántas paradas me quedaban. Sólo una, pero el trayecto era lo suficientemente largo como para darme unos cuatro minutos de maniobra. Al volver mi mirada hacia ella, ella ya no me estaba mirando. Se había quedado muy prendada de otro tipo: un gafapasta que rondaría la veintena y que estaba haciendo el capullo con su smartphone de turno. El prototipo de twittero imbécil. En ese momento me puse extremadamente celoso. No soy una persona celosa, pero qué demonios, hirieron mi orgullo. Me dio un arrebato de quinceañera muy fuerte.

La chica se giró de nuevo, volvió a mirarme, me sonrió otra vez pero sin esa dulzura que la caracterizaba dos minutos antes. Se había aburrido de mí. Yo hice una extraña mueca y le retiré la mirada. Apenas veinte segundos después, se levantó y se fue. Ni siquiera habíamos parado en la estación aún, simplemente se alejó del vagón hasta que mi terrible miopía (tengo que volver a graduarme las gafas) la convirtió en una mancha borrosa que se desvaneció.

Joder, y que siempre tenga que acabar así…

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