Como derviches tourneurs que giran sobre la espina dorsal

‘Cuines’: mis abuelos descubriendo el hate-watching

07/06/2018

Por una serie de diversos motivos en los que no voy a entrar hoy, pero que podrían resumirse en «soy un fracaso de persona» y «a este paso no me voy a emancipar hasta los cincuenta», me he visto obligado a vivir con mis abuelos durante la mayor parte de mi (cada vez menos) corta existencia. Y en todo este tiempo que llevo compartiendo mi vida y hogar con familiares de la tercera edad he aprendido una valiosa lección que procedo a compartir con vosotros: no os dejéis engañar por su tierna y afable apariencia, porque los yayos son gente muy chunga.

No estoy seguro de hasta qué punto es cuestión de la edad. Supongo que la maldad tiene que venir ya intrínseca en la personalidad de cada uno, pero lo que sí tengo claro es que la vejez tiende a potenciar las peores cualidades del individuo. Y es normal. Necesitas un empujón extra cuando ves que el sexo deja de ser una opción, tu matrimonio tiene la misma pasión que el de Pepa y Avelino, descubres que en Netflix no ponen películas de Paco Martínez Soria y no sabes muy bien cómo funciona Snapchat. ¿Y a qué te dedicas entonces? Pues, por supuesto, a toda clase de business turbios.

En el caso de mis abuelos, se han dedicado a lo que mejor saben hacer: cotillear.

Ya os conté hará una década —en uno de esos posts que tanto me avergüenzan y que son el motivo principal por el cual este blog ya no tiene buscador— que en nuestro bloque de pisos tenemos pinchada la cámara del interfono a la antena de televisión. Era más barato que comprar telefonillos modernos con pantalla y para mis abuelos se convirtió en el mejor reality show posible para echar la tarde. Y la mañana. Y la noche, también.

Al principio sólo recurrían a la cámara de vez en cuando y más que nada para reírse de las caras de nuestros vecinos, a quienes también obsequian con diversos (y frecuentemente incomprensibles) motes de la talla de La Pija, El Fraile, El Chiki-Chiki, La Estirada, El Hobbit o Los Indignados (que era como llamaban a los Podemitas antes de que se pusiera de moda meterse con ellos). Pero ha llovido mucho desde entonces. Esos eran los buenos tiempos. Los tiempos sanos. Ahora la tienen puesta prácticamente las 24 horas del día.

Poco a poco fueron sofisticando su modus operandi hasta integrar la cámara del interfono en su operativo de espionaje particular, convirtiéndola en una de sus herramientas principales: la utilizan para saber exactamente a qué hora entra y sale cada persona del edificio, se aprenden los horarios de los vecinos y tienen calculado a la perfección el lag de la transmisión para saber cuánto va a tardar en subir a su piso alguien a quien acaban de ver entrando en el portal. Si coincide con que esta persona habita en nuestra misma planta, se coordinan para quedarse uno mirando al televisor mientras el otro se asoma a la mirilla para propiciar algún encuentro fingidamente fortuito y de naturaleza inquisitiva.

They’re watching you

 

Al igual que las entrañables Florence y Katherine Lyman —las dos únicas gemelas del mundo con Síndrome de Savant— dedicaban sus días a ver el programa de Dick Clark registrando cualquier mínimo cambio en su apariencia, memorizando sus prendas de ropa y alterándose sobremanera si algún día por lo que fuera no emitían el show; mis abuelos reaccionan de la misma forma cada vez que un vecino se sale de sus rutinas habituales. Por lo general sólo teorizan durante horas sobre por qué el marido de La Pija ha salido más tarde de casa o por qué el hijo de Los Indignados no ha ido al colegio ese día. Pero también los he visto pasar a la acción de formas más directas, rastreras y siniestras.

Jamás olvidaré aquella terrorífica mañana.

Mi abuela se plantó frente a la puerta de casa, abierta de par en par. Fingía estar fregando, pero en realidad estaba al acecho. Teniendo memorizadas las rutinas de los habitantes del bloque, sabía que Los Indignados se habían saltado la suya y que no habían abandonado su domicilio en el orden y horario de siempre. Por tanto, tocaba hacer una inspección rutinaria. Ella intuía que iban a salir del piso de un momento a otro. Y así ocurrió. El primero en hacerlo fue el hijo pequeño de la pareja, de unos tres o cuatro años, que siempre tiene por costumbre adelantarse a sus padres para ir llamando al ascensor mientras estos terminan de prepararse.

—¿Qué? ¿Vais a dar una vuelta? —preguntó ella.

Esta pregunta, aparentemente inofensiva, estaba formulada con una precisión milimétrica. La intención era que el chiquillo lo negase, claro está, ¿quién sale a dar una vuelta con su hijo un lunes en horario escolar? Pero, al ser un niño, la cosa no iba a quedarse en una simple negativa. Y mi abuela lo sabía, de ahí que le sometiera a una manipulación digna del mejor interrogatorio policial. Para cuando los padres se asomaron por la puerta, el crío ya había contado absolutamente todo el drama familiar que propició la disrupción de sus actividades ordinarias.

Ante la atónita mirada de Los Indignados y apenas pudiendo contener la enorme felicidad que le provocaba el valioso material que acababa de obtener, las únicas palabras que salieron de la boca de mi abuela fueron:

—Ay, es que estos niños no pueden esconder nada, ¿eh? Todo lo cuentan, je je…

Eso sí, el premio gordo llega cada vez que el cartero trae correspondencia para alguien que no esté en su casa en ese momento. Porque ellos son los primeros en ofrecerse, al estilo buitre, a entregar la carta a su destinatario en cuanto lleguen. El objetivo real, obviamente, es dilucidar cuál puede ser su contenido basándose en el remitente, el peso y tacto del sobre. Una vez llegan a una conclusión aproximada sobre qué debe de ser, utilizan esa elucubración para criticar y/o ridiculizar al receptor durante horas. O días.

La situación empezó a adquirir unos tintes verdaderamente tenebrosos cuando descubrí que mi abuelo se había comprado unos prismáticos dignos del pedófilo más apañado y que iban a ser empleados para cubrir más terreno en el caso de que la operación del día requiriese asomarse a la ventana. A partir de ahí yo ya tenía asumido que el siguiente paso natural sería que se hicieran con unos walkie-talkies o unas gafas de visión nocturna. Por suerte, la única concesión que han hecho de cara a las tecnologías más sofisticadas ha sido abrirse una cuenta en Facebook.

Si hay algo que se parezca un poco a la vejez, en el sentido de ser capaz de desatar los instintos más bajos del ser humano, son las redes sociales. Por separado ya son conceptos peligrosos, pero si los juntamos el resultado puede ser fatal. He visto a mi hermana de 16 años darle un uso enfermizo a Facebook y aun así os garantizo que es mil veces menos tóxico que el que le dan mis familiares septuagenarios.

Cada fotografía, cada texto y cada estado con el que sus contactos actualizan sus perfiles es sometido a un exhaustivo análisis en busca de pruebas de todo tipo: «¿Esos muebles que se ven de fondo en la última foto de la Rosarito serán nuevos? ¿Cómo se los puede pagar si no tiene ni un duro?», «Hoy es el cumpleaños de la Mari Puri, pero su hermana no le ha dado a ‘Me Gusta’, eso es que están enfadadas», «¿La Julita ha puesto una foto de una paella? Seguro que es para darnos envidia. Pues ahora ponemos otra foto de alguna paella nuestra, aunque no sea de hoy da igual…».

Y así cada día.

Parecen comentarios inocuos, pero van cargados de veneno y pasivoagresividad

 

Como ya veis, este nivel de bilis acumulada en ellos resultaba cada vez más insostenible. Por momentos, hasta rozaba peligrosamente la ilegalidad. Sólo un milagro podía salvarlos de acabar en la cárcel si esta escalada de violencia psicológica continuaba en aumento. Afortunadamente, la televisión acudió a su rescate una vez más.

Mis lectores catalanes seguramente estén familiarizados con un programa de TV3 llamado ‘Cuines’ (‘Cocinas’). Su primera etapa no tenía mucho misterio: era el típico espacio de cocina normal y corriente, al estilo del de Karlos Arguiñano. La única particularidad que tenía era que en lugar de contar con un presentador fijo, cada semana ponían a un chef distinto para que promocionase los mejores platos de su restaurante.

‘Cuines’ se caracterizaba principalmente por ser un puto coñazo y aburrir hasta la agonía a cualquier espectador que no se encontrase en plena senectud. Llegados a este punto, no os tengo que decir que mis abuelos eran fans acérrimos. El idilio duró bastantes años, hasta que la cadena decidió que quizá sería buena idea refrescar un poco el formato de cara a mejorar los índices de audiencia.

En 2016 el programa se reinventó, esta vez dándole todo el protagonismo a un presentador fijo: Marc Ribas, un chef de Terrassa más cercano al hijo de puta que te vende los Frappuccinos (e insiste en que te refieras a él como barista) que a los cocineros desgarbados y sin ritmo televisivo que solían desfilar cada semana en la etapa anterior. Este movimiento, nacido con la voluntad de atraer al público hipster, chocó por completo con toda la estructura de valores y creencias que comparten los yayos.

Porque, a ver. Los hipsters otra cosa no sé, pero yayo-friendly no son.

Esa gente independentista que no quiere renunciar a la comida ecológica

 

Contrariamente a lo que pude prever en su día, este cambio repentino de target no consiguió alejar a mis abuelos ni lo más mínimo. De hecho, ahora lo siguen más que nunca. No se pierden ni una sola emisión, jamás fallan a su cita diaria. Lo curioso es que pasó de ser su programa favorito a convertirse en un perfecto catalizador de odio. A estas alturas de la vida acaban de descubrir lo que es el hate-watching y disfrutan como gorrinos practicándolo.

Cada vez que el cocinero hace alguna deconstrucción agridulce de la crema catalana, ellos lo viven como si fueran un grupo de twitteros comentando en directo la última peli de Sharknado. No pueden faltar los mordaces e irónicos chascarrillos al estilo de «ahora que ya lo ha cocinado, ya puede tirarlo a la basura» o «siempre dice que está todo muy bueno, nunca dirá que es una mierda, no…». Nos creíamos aquí los millennials que éramos la hostia, los más graciosos y alternativos. Que lo petábamos con nuestros hashtags y mierdas tróspidas. Pero no. Han tenido que venir unos putos yayos para bajarnos los humos y recordarnos quién manda realmente aquí.

La parte positiva de todo esto es que ahora mis sufridos vecinos tienen una media hora de tregua al día. Treinta minutos de descanso en los que pueden hacer lo que les dé la gana y con la tranquilidad de que no van a estar los Big Grandparents vigilándolos. Que sí, que ya sé que se trata de un lapso de tiempo efímero y que analizando la situación fríamente concluiríamos en que no existe motivo alguno de celebración. Todo esto es completamente cierto.

Pero, ¿acaso la vida no consiste también en aprovechar y disfrutar de esos pequeños momentos de calma que preceden a la tempestad viejuna?

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Ena

Brilliant!

Chúpame la polla.

DEBORA

A mi tambien, two pamela!

LA TIA

Jajajjaja yo no digo nada que a lo mejor pillo

Silvia

1-Brillante (otra vez)
2-Voy en el bus descojonandome
3-Creía que mi abuela era chunga. Pero no.

Gracias por tanto.

Voy a hablar con el del Movistar + porque quiero ese canal. Mucho mejor que Fama24h

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